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EL DADOR DE SUEÑOS, por la Lic. Liliana D. González

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Los pensamientos de Dios son mayores que los nuestros. Ninguna mente humana concebirá un sueño más grande que los sueños que Dios da a sus elegidos. A lo largo de la historia hemos visto a cientos de seres humanos dejar huella en el mundo. Albert Einstein, Isaac Newton, Thomas Edison, Leonardo da Vinci, Nelson Mandela, Martin Luther King… revolucionaron al mundo con sus pensamientos e ideas excepcionales. Los grandes inventos científicos, el avance de la medicina, el auge en las telecomunicaciones, son sueños que Dios sembró en el corazón de alguien. Gracias a esos sueños hoy tenemos electricidad, automóviles, aviones, radio, televisión, teléfono, computadoras, Internet, celulares, antibióticos, vacunas… Lo más extraordinario es que Dios no ha detenido su fábrica de sueños.

Muy dentro de ti hay un sueño que el Creador sembró. Pero Él no se limitó a darte sueños, sino que te favoreció con dones, talentos, habilidades y destrezas para que los lleves a cabo. Es lo que se llama potencial; una fuerza o poder que yace dentro de ti y te impulsa a lograr el sueño.

José fue un joven hebreo que desde que tenía 17 años tuvo un sueño en el que se veía reinando sobre una gran nación y sobre sus padres y hermanos. Pero cometió el error de contar su sueño. Narra la Biblia que “cuando se lo contó a sus hermanos, lo odiaron más que nunca” (Génesis 37:5 NTV). La mayoría de las veces, el potencial y los sueños de una persona causan envidia. Tan fuerte eran los celos de los hermanos de José que tramaron un plan para matarlo. Cuando desees alcanzar un sueño no lo cuentes a nadie, pues casi siempre hay alguien que intentará detenerte para evitar que lo logres.

Los hermanos de José finalmente no lo mataron, sino que lo vendieron a unos mercaderes que iban hacia Egipto y éstos a su vez lo vendieron como esclavo a Potifar, el capitán de la guardia del faraón. La vida de José sufrió un cambio radical; pasó de ser el hijo consentido de su padre, Jacob, a ser un prisionero en tierra extranjera. A pesar de su tragedia nunca dejó de recordar el sueño que Dios le había dado. Su deseo de cumplirlo lo mantuvo de pie ante las muchas adversidades que debió afrontar. No te desanimes cuando experimentes injusticias porque es parte del proceso que debemos vencer para consumar un sueño. José siempre mantuvo una actitud positiva. Confiado en que ese sueño le pertenecía descansó en Dios y esperó el momento oportuno en que habría de cumplirlo. Nosotros por naturaleza somos impacientes. Queremos que todo suceda rápido y nos sentimos frustrados cuando no podemos hacer nada para acelerar las cosas. Nadie quiere pasar por momentos dolorosos ni por circunstancias difíciles de sobrellevar, deseamos con el alma que Dios pase esa copa de nosotros. Pero, aunque parezca irracional, el sufrimiento produce muchos beneficios. Nos acerca a Dios, aumente nuestra fe, nos fortalece, nos hace madurar espiritualmente y nos enseña a desarrollar paciencia. “Porque os es necesaria la paciencia, para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa” (Hebreos 10:36). A la edad de 30 años, José consumó su sueño. Se convirtió en gobernador de Egipto y salvó de la hambruna a muchísimas personas, incluyendo a su padre y hermanos. Esta historia nos enseña que los sueños que Dios siembra en el corazón de un ser humano tienen el propósito de bendecir a muchos.

ORA LA PALABRA

“Y soñó José un sueño…” (Génesis 37:5).

Padre, revélate a mi vida de la misma forma en que lo hiciste con José. Dame un corazón sabio y entendido para hacer tu voluntad y avanzar hacia los propósitos que tú has concebido para mí. A partir de ahora olvido el pasado, perdono a los que me han lastimado y me extiendo a lo que está adelante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Filipenses 3:13-14). Dame paciencia para esperar y perseverar en tus promesas.  Dame fuerza en la adversidad y que tu Espíritu siempre me acompañe. Todo esto te lo pido en el nombre de tu Hijo amado Jesucristo. Amén.

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