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EL RETORNO DEL REY, por la Lic. Liliana D. González

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“¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” (Apocalipsis 22:7).

Cristo viene pronto. Sus profecías se están cumpliendo cabalmente. Los noticieros anuncian guerra entre naciones, hambrunas, pestes, terremotos en distintos lugares; y esto es el principio de dolores (Mateo 24:8). “En cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni aún los ángeles del cielo, ni el Hijo. Solamente lo sabe el Padre” (Mateo 24:36 DHH).

La orden de Cristo es la misma que dio a sus discípulos en el Getsemaní el día en que iba a ser entregado para ser crucificado: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mateo 26:41).

Pedro fue uno de los tres discípulos que estuvo con Jesús en esas horas de profunda agonía cuando su alma se desconsolaba por la terrible muerte que le sobrevendría, pero en lugar de velar y orar se quedó profundamente dormido. Su falta de oración le hizo cometer graves errores: lleno de furia ciega, cortó con su espada la oreja del siervo del sumo sacerdote, huyó con los otros discípulos y negó tres veces a su Maestro. Por esa razón, Pedro predicó con insistencia la necesidad que tenemos los cristianos de mantenernos vigilantes en oración para evitar ser dominados por las fuerzas de las tinieblas. En su primera carta, el apóstol declaró: “El fin de todo se acerca. Por lo tanto, pórtense juiciosamente y no dejen de orar” (1 Pedro 4:7 RVC).

Si Cristo apareciera hoy sorpresivamente entre nosotros, hallaría a la gente cargada de obligaciones, sin tiempo ni disposición para orar, indiferentes a las necesidades ajenas, disfrutando de los placeres del mundo, comiendo, bebiendo, emborrachándose, dándose en casamiento, fornicando… Y a su novia, la iglesia, (la que compró con su sangre), la encontraría en disensiones, pleitos y contiendas. Hallaría su cuerpo desmembrado, conformado por religiones o denominaciones humanas, algunas especialmente orientadas al evangelio de la prosperidad financiera y dedicadas a edificar suntuosos templos de ladrillos en lugar de edificar templos del Espíritu Santo. Los cultos de algunas de esas organizaciones se han convertido en shows dirigidos por hombres no aprobados por Dios, amadores de sí mismos, sedientos de dinero, vanagloriosos, que buscan enriquecerse. Muchos hijos de Cristo están subyugados por ciegos guías de ciegos, que ejercen una falsa autoridad a través del control y la manipulación. “Y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo” (Mateo15:14), advirtió Jesús.

Los hijos de Dios debemos velar y orar con pasión por el regreso de Cristo. Jesús no vino a construir ostentosos templos, a fundar religiones, ni a enseñarnos estrategias para acumular riquezas, sino a darnos esperanza de vida eterna. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Los que enseñan el evangelio de la comodidad, la holgura y el lujo hacen que las personas piensen en las cosas que necesitan, en cómo ganar dinero y en cómo disfrutar de esta vida, más que en la urgente necesidad que tienen de arrepentirse de sus pecados para obtener el perdón de Dios y ganar una relación eterna con Jesucristo (Marcos 4:19).

Así como en los tiempos del diluvio nadie le creyó a Noé, en nuestros días hay quienes no creen que la venida de Jesucristo se aproxima, y los que sí creen, suelen pensar neciamente que se tardará en regresar.  

Lo cierto es que estamos viviendo los últimos tiempos. Arrepiéntete de tus pecados y apártate del mal, porque “el mismo Jesús que subió al cielo, vendrá otra vez de la misma manera como se fue” (Hechos 1:11). Procura que te halle con tu lámpara encendida cual novia esperando a su amado, con tus vestiduras limpias, sin manchas, orando y velando, para que lo veas llegar sobre las nubes y junto a sus ángeles asciendas al cielo para adorarle.   

 

ORA LA PALABRA

“Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Lucas 21:36).

 

“Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca” (Santiago 5:8).

 

Amado Señor y Salvador, estoy expectante a tu venida, guardando tus mandamientos y cumpliendo tu Palabra. Afirma mi corazón para que no me amolde a este mundo ni me olvide de ti por los afanes de la vida, el engaño de las riquezas y la codicia de otras cosas. Concédeme paciencia para esperarte sin desfallecer. Dame sabiduría para discernir la verdad de la sutil mentira que confunde el alma. Enséñame a reconocer a los falsos maestros para no caer en el hoyo con ellos. “Júzgame, oh Dios, y defiende mi causa; líbrame de gente impía, y del hombre engañoso e inicuo” (Salmos 43:1). Como atalaya y miembro de tu cuerpo estaré orando sin desmayar para presentarme delante de ti como un(a) siervo(a) digno(a) y aprobado(a).

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