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¡HAY ESPERANZA!, por la Lic. Liliana D. González

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Hoy día las naciones del mundo batallan contra la pobreza, el hambre, la corrupción, las guerras, el terrorismo, los desastres naturales, la decadencia moral y un sinnúmero de problemas que las golpean sin piedad. Tal vez, esos pueblos se han preguntado si Dios los ha abandonado. Claro que no. “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8). Sus promesas están tan vigentes ahora como en el pasado. Dios afirma que tiene para cada nación de la tierra planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza (Jer. 29:11).

¡Hay esperanza! Dedica tiempo a la oración y a leer las Sagradas Escrituras. Aprópiate de las promesas de Dios. Él prometió oírnos y ayudarnos. “Me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:12-13).

Un creyente no niega la realidad. Es verdad que estamos viviendo los tiempos apocalípticos que profetizó Jesús: “Y oiréis de guerras y rumores de guerras […]. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares” (Mt. 24:6-7). Sin embargo, los cristianos sabemos que, para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien. Mientras más fuerte sea tu relación con Cristo, más fuerte será tu defensa contra las calamidades. Dios no es indiferente a nuestros problemas.

Ora para que el Señor cumpla su voluntad sobre la tierra. Él controla el curso de los sucesos del mundo; Él quita gobernantes, y pone otros gobernantes; Él da sabiduría a los sabios y conocimiento a los entendidos (Dn. 2:21). Clama para que Dios establezca su reino de poder; pide que se pudra todo yugo de servidumbre que esclaviza a las naciones del mundo. El Señor hizo un pacto con Salomón que se extiende a nosotros a través de Jesucristo: “Y si mi pueblo, el pueblo que lleva mi nombre, se humilla, ora, me busca y deja su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré sus pecados y devolveré la prosperidad a su país” (2 Cr. 7:14). Únete a otros cristianos e intercede ante Dios nuestro Señor para que Jesucristo establezca Su la justicia en los sistemas de gobierno. Muchas veces el Señor permite que los pueblos experimenten calamidades para que se vuelvan a Él. Dios castigó la desobediencia de su amada Israel por ser una nación infiel y corrupta.

Hay naciones que han llegado a ser punta de lanza en el mundo gracias a la oración de los justos. Los profetas de la antigüedad clamaban para que su nación fuese liberada de sus enemigos. David oraba y decía: “Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, el pueblo que él escogió como heredad para sí” (Sal. 33:12). Pon tu país en las manos de Dios y declara la oración de Isaías: “No dejaré de orar por [mi tierra] hasta que su justicia resplandezca como el amanecer y su salvación arda como una antorcha encendida” (Is. 62:1 NTV).


ORA LA PALABRA

“Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes”   (Sal. 27:13).

Bendito seas, Señor, desde siempre y para siempre. Tuyo es todo cuanto hay en el cielo y en la tierra. Tuyo es el reino, y tú estás por encima de todo. Hoy vengo ante tu presencia para interceder por mi país y por todas las naciones de la tierra. Reconozco que hemos sido desobedientes a tus mandamientos, muchas veces soberbios e indiferentes a tu Palabra, y por eso se agravó tu mano sobre nuestros pueblos. Te suplico, mi Dios, por tus misericordias, que perdones nuestros pecados y sanes nuestra tierra. Levanta líderes íntegros, diligentes, con temor de Dios, santos, y entendidos en tus principios, para que establezcan el desarrollo sustentable, la paz y la justicia. Oro para que los líderes del mundo y los poderosos dejen la demagogia, las falsas promesas, la ambición desmedida y se aboquen a ayudar a los pobres y desamparados. Te pido, Señor, que los líderes religiosos abandonen la hipocresía, dejen de manipular los textos sagrados y prediquen el arrepentimiento, la piedad y la misericordia. Oro para que la gente deje de pensar en sí misma y busque primeramente el reino de Dios y su justicia. Precioso Espíritu Santo, tú eres nuestra Roca, nuestro escudo y nuestro libertador. Extiende tu mano, amado Redentor, para que cese la violencia, la impunidad, la muerte, el hambre, la corrupción, la injusticia, las guerras, el terrorismo y todo mal de este siglo. Muéstranos tu favor y concédenos la paz. Te lo pido en el santo nombre de Jesucristo.

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