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LA FUENTE DE AGUA VIVA, por la Lic. Liliana D. González

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Después de cuarenta y cinco minutos de caminata intensa siento desfallecer a causa de la deshidratación. La sed es una sensación desesperante. La garganta se reseca y la lengua se pega al paladar. ¿Y qué me dices del hambre? Cuando nos falta el alimento, una sensación de vacío se extiende por el estómago causando mareos y desvanecimiento.

No puedo menos que pensar en los miles de seres humanos que mueren en regiones como África por falta de agua y comida. Todos estamos familiarizados con las imágenes de niños africanos llenos de moscas, con sus vientres abultados y con la piel pegada a los huesos escarbando la tierra seca. Viene a mi mente la fotografía captada por Kevin Carter en 1994 y que le mereció el premio pulitzer. En la misma se ve a un niño sudanés a punto de morir y a pocos metros un enorme buitre le acecha. Desde la primera vez que vi la imagen me pregunté si al fotógrafo no le tembló el pulso al disparar la instantánea que le mereció un galardón y el aplauso de los hombres.

Es escalofriante considerar que algo tan cotidiano para nosotros, como abrir el refrigerador y hallar una jarra de agua fría para calmar la sed, sea un milagro para otras personas. La Biblia no exagera cuando dice: “La injusticia arrasa con todo” (Proverbios 13:23 NTV).

Así como esos inocentes fallecen por falta de pan y agua, miles de seres humanos agonizan de hambre y sed espiritual. Lo peor es que no se dan cuenta de su raquitismo hasta que pasan un largo periodo de sequía interior. Después de degustar los manjares que ofrece el mundo, descubren que sus corazones rugen de hambre y sus almas mueren de sed.

¿De qué cosas tienes sed? Hay quienes tienen sed de dinero, y cual Judas Iscariote, venderían su alma al diablo por poseerlo. Otros tienen sed de venganza, a cada paso respiran odio y maquinan crueldades. Son almas anestesiadas por la maldad y el placer. Empero, hay una sed que produce gozo y salta a borbollones para vida eterna. En la cuarta bienaventuranza, Jesucristo declaró: “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mateo 5:6 NVI).

Si tu corazón no anhela al Señor, permíteme anunciarte que estás muerto. Cuando tenemos hambre y sed de Dios, lo buscamos persistentemente y deseamos con ansia hacer su voluntad. David decía: “Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser. Tengo sed de Dios, del Dios de la vida” (Salmos 42:1-2 NVI).

Hace más de dos mil años, durante la fiesta de los tabernáculos en Palestina, la fuente de agua viva, Jesús de Nazaret, se puso en pie y dijo a gran voz: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:37-38).

Dios dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan. Ven, acércate, come del Pan de vida, bebe de su agua gratuitamente, porque los que tienen hambre y sed de Jesucristo serán saciados.

ORA LA PALABRA

“Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:36).

¡Alabado sea tu nombre amado Señor y Salvador! “Yo te busco intensamente. Mi alma tiene sed de ti; todo mi ser te anhela, cual tierra seca, extenuada y sedienta” (Salmos 63:1 NVI). Dame de beber de tu manantial inagotable. Lléname más y más de ti, dulce amado mío. Dame un corazón íntegro, puro y santo para hacer tu voluntad y andar irreprensible en tus caminos.

DEJAME ARTE, La Caricatura de Reinaldo

103.5 FM - La Voz Radio

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