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LA TERCERA PERSONA, Por la Lic. Liliana D. González

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Es un privilegio hablarte del gran amor de mi vida. Alguien que no veo con mis ojos, pero palpo perfectamente con mi alma. Cual brisa fresca me despierta durante las madrugadas invitándome a platicar. Una inmensa alegría invade mi alma cuando le canto y lo alabo. Lágrimas bañan mi rostro al verme rodeada de su gloria; no puedo sostenerme en su presencia y caigo de rodillas para adorarle. Sé cuando está contento y también cuando se entristece, porque he obrado a mi manera y no a la suya.

Él es la tercera persona de la trinidad, el Espíritu Santo, nuestro amado Consolador. Un regalo extraordinario que recibimos de Jesucristo cuando arrepentidos de nuestros pecados le damos entrada a nuestras vidas. Vino para no dejarnos huérfanos. ¡Qué amor tan grande nos tiene Dios! Después de que Jesús ascendió a los cielos, envió su Espíritu para acompañarnos, consolarnos, cuidarnos, fortalecernos y ayudarnos en este mundo caído.

En el principio, antes de la fundación del mundo, el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas, se movía como el viento. “El viento sopla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va. Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu” (Juan 3:8 NVI). Aunque no lo podamos ver, Él es tan real como la brisa.

Cuando en nuestra debilidad no sabemos cómo orar, el Espíritu, que conoce la perfecta voluntad del Padre, intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras (Romanos 8:26). Dudo mucho que alguien que tenga comunión con el Espíritu Santo pueda sentirse solo. “[Él] consolará todas [tus] soledades, y cambiará [tu] desierto en paraíso” (Isaías 51:3). Esto es tan cierto que el rey David, arrepentido por sus pecados, suplicó al Señor: “No me eches delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu” (Salmos 51:11). David podía soportar las consecuencias de sus pecados, pero no hubiera resistido vivir un solo día sin la presencia del Espíritu Santo.

Nuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan (Lucas 11:13). Dile a Dios: ¡derrama tu Espíritu sobre mí! Y de lo más profundo de tu ser brotarán ríos de agua viva (Juan 7:38).

El mismo Espíritu que anduvo con Jesús predicando el evangelio, sanando a los enfermos, libertando a los cautivos, echando fuera demonios, el que lo resucitó a Él de entre los muertos, vive dentro de ti y de mí. ¡La presencia y el poder de Dios están con nosotros!

Él es un amigo fiel. Quiere guiarte a toda verdad. Si lo ignoras y no haces esfuerzos por conocerlo, te pierdes la relación de amor y amistad más maravillosa que puedas experimentar jamás. Si menosprecias la Palabra y el sacrificio de Cristo en la cruz, el Espíritu Santo se entristece y se apaga; su fuego deja de arder dentro de ti y pierdes su presencia.

La persona que no tiene comunión con el Espíritu Santo no le conoce. Yo puedo escribir sobre mis experiencias con Él, sin embargo, no vas a entender lo que digo hasta que no lo hayas conocido personalmente. Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres en uno. Si recibes al Hijo, el Padre te recibe, y con ellos, obtienes la mayor recompensa: ¡su Santo Espíritu!


ORA LAPALABRA

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, el cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Juan 14:16-17).

“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).

Gracias, Señor, por el don del Espíritu Santo. Derrama tu Espíritu sobre mí; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová (Isaías 11:2). Precioso Espíritu Santo, enséñame a orar conforme a tu voluntad e intercede por mí con gemidos indecibles ante Dios, nuestro Señor. Muéstrame los engaños del enemigo y guíame a toda verdad para que el mal no pueda tocarme. Te ruego, en el nombre de Jesucristo, me ayudes en mi debilidad para no caer en tentación. Concédeme consuelo en la aflicción y el gozo de tu presencia. Úngeme con tu poder para ir en tu nombre a predicar las buenas nuevas a los abatidos, para vendar a los quebrantados de corazón y para dar libertad a los cautivos. ¡Bendito seas por siempre amado Espíritu Santo!

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