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El combustible de los milagro, por la Lic. Liliana D. González

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Si has recibido malas noticias dile a Dios con fe: sé que todo lo que te pida me lo darás. Aun ahora, en medio de esta sentencia, tú puedes hacer un milagro (Jn 11:22). ¡¡¡Dios puede revertir lo irreversible!!! No te des por vencido. No bajes los brazos. Persevera en oración.

Y te lo digo yo, que días atrás recibí un mal informe. El médico expresó: “El cateterismo que le hice a tu esposo reveló que tiene la principal arteria coronaria obstruida en un 95%, necesita ser operado de urgencia”.

Por unos segundos no pude levantarme de la silla donde me hallaba sentada. Un frío aterrador me recorrió el cuerpo de tan solo pensar que mi amado esposo podría morir. Definitivamente, no estamos preparados para la muerte y menos cuando nos sorprende.

Mientras intentaba a duras penas reponerme del shock, sentí la presencia apacible y delicada del Espíritu Santo. La declaración del Señor en Isaías 65:24 vino a mi mente: “Y sucederá que antes que ellos clamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo habré oído”.

Dios estaba conmigo en esa hora de angustia. Él también escuchó el desafortunado informe y me dijo: “[Iré] delante de ti; [estaré] contigo, no te [dejaré] ni te [desampararé]; no temas ni te acobardes” (Deut. 31:8). Desde ese instante supe que lo único que yo podía hacer era revestirme con toda armadura de Dios y doblar rodillas para clamar a Aquel que tiene todo el poder para auxiliarnos. Mi esposo, mi suegra, mi madre y un ejército de fieles hermanos oramos día y noche sin cesar.

La respuesta de Dios fue inmediata. Aun cuando no teníamos una dirección clara, el Espíritu Santo ya había tomado el control de la situación; cerró las puertas que no convenían y nos dirigió al grupo médico que realizó con éxito la cirugía a corazón abierto.

En mi clamor, Dios me llevó al pasaje bíblico de Lucas 8:22 en el que Jesús les dice a sus discípulos: “Pasemos al otro lado”. Al leerlo entendí que la enfermedad de mi esposo no era para muerte, sino para que el Hijo de Dios fuese glorificado.

Una gran tempestad se levantó sobre nosotros. Las olas y los vientos contrarios amenazaban con hundirnos, pero Dios alzó su voz para decirnos: “¡Reprendan los vientos y las olas!” Las olas son esas voces de temor que agitan la mente y se oponen a la verdad de Cristo: “Te vas a morir”, “te queda poco tiempo”, “arregla las cosas en tu casa”, “de eso se murió fulano” …

Dios es soberano. Él tiene control absoluto sobre la vida y la muerte. Nadie puede salir del cuerpo a menos que Dios se lo permita. Los hijos e hijas del Dios Altísimos hemos sido elegidos y predestinados con un propósito, y no moriremos hasta cumplirlo (2 Tim. 1:9). En una situación de extrema angustia, el rey David declaró: “El Señor cumplirá su propósito en mí; eterna, oh Señor, es tu misericordia; no abandones las obras de tus manos” (Sal. 138:8).

 La mañana de la cirugía mi esposo entró al quirófano cantando himnos al Señor, el gran poder de Dios entró con él y la perfecta paz que no se puede comprender lo rodeó como un escudo. Ese es el Dios que yo predico, al que exalto y alabo. Un Dios de amor y misericordia. Él es nuestro

pronto auxilio en las tribulaciones. Clama día y noche con fe al Todopoderoso. ¡No te rindas!, porque la oración es el combustible de los milagros.

ORA LA PALABRA

“Cuando Jesús lo oyó, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por medio de ella” (Juan 11:4 LBLA).

Señor, cuando Lázaro estuvo enfermo tú declaraste que esa enfermedad no era para muerte, sino para que el Hijo de Dios fuese glorificado. Ayúdame en mi padecimiento a ver tu gloria y tu gracia sobre mí. No deseches la obra de tus manos. Te doy gracias, Padre, “porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada [me]podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. ¡Amen!

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