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PERDONADOS POR SU GRACIA, por Lic. Liliana D. González

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Me encantan los regalos. ¿Y a quién no? Al recibirlos nos sentimos amados, porque alguien se tomó el tiempo para pensar, comprar y envolver nuestro obsequio. ¡Esos son los mejores! Hay otros regalos que cuando los recibimos nos damos cuenta de que privó el compromiso y no el cariño. No son de nuestra talla ni de nuestro gusto, son cosas que jamás usaríamos, pues alguien se vio en la penosa “obligación” de darnos algo sin querer hacerlo.

Cuando amamos a una persona nos esmeramos por darle gozo con nuestros obsequios. Mi esposo siempre cuenta que a los diez años soñaba con tener una bicicleta montañera, esas con sobremarcha, neumáticos todo terreno y frenos automáticos. Su madre se gastó el salario de un mes para deleitarse viendo los ojitos de su amado hijo destellando emoción al recibir el regalo de sus sueños.

La Biblia dice que siendo padres imperfectos sabemos darles buenas cosas a nuestros hijos. ¿Cuánto más Dios, el Padre perfecto? Él se tomó el tiempo para pensar y diseñar un hermoso plan de redención en el cual envió a su único Hijo como regalo para la humanidad. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

El que recibe a Cristo recibe la dádiva de Dios: el perdón de los pecados y la vida eterna. No existe regalo más valioso: ¡simplemente, insuperable!

Una Nochebuena, mi esposo y yo fuimos a impartir fe a los quebrantados de corazón y conocimos a una mujer llamada Milagros. Ella parecía un animalito indefenso bajo un recio aguacero. Cuando le hablamos de Cristo escondió el rostro; llorando nos dijo que sentía vergüenza porque fracasaba una y otra vez en sus intentos por obedecerlo. Aquella joven mantenía una lucha constante entre hacer su voluntad y obedecer la voluntad del Señor; parecía no comprender lo que significa descansar en la gracia de Dios.

Vivir en la gracia es saber que Dios siempre tiene dispuesta una vasija de agua para lavarnos los pies, para secar nuestras lágrimas y para darnos otra oportunidad. En su mesa hay permanentemente un lugar aguardando por ti y por mí. Jesús dijo: “Al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera” (Juan 6:37).

Erróneamente, tendemos a pensar que si somos cristianos no sucumbiremos a la tentación. La verdad es que mientras habitemos en estos cuerpos caídos estaremos sometidos a una batalla espiritual en contra de nuestros malos deseos. Pablo dejó escrito en su epístola a los romanos: “Sinceramente, deseo obedecer la ley de Dios, pero no puedo dejar de pecar porque mi cuerpo es débil para obedecerla. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, que me hace pecar y me separa de Dios? ¡Le doy gracias a Dios, porque sé que Jesucristo me ha librado!” (Romanos 7:24 TLA).

El que tiene a Cristo tiene asegurada la salvación de su alma, pero seguirá pecando mientras viva en este mundo roto. Por eso, Dios nos ha dado el Espíritu Santo. Él es quien nos ayuda en nuestra lucha con el pecado. Los creyentes vivimos en completa sumisión a Dios, entendiendo que la transformación que el Señor hace en nosotros nunca termina. Él nos va perfeccionando día tras día hasta que Cristo vuelva. 

Felizmente, si pecamos tenemos a un sumo sacerdote: Jesucristo, quien ha pasado por todas las tentaciones exactamente como nosotros, pero sin sucumbir al pecado. Su naturaleza humana fue sostenida, fortalecida y dirigida por la presencia perenne del Espíritu Santo. “Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos” (Hebreos 4:16).

Milagros fue consolada por Cristo. Ella estaba hambrienta de amor y Él le sirvió un gran banquete. Los que hemos cenado con el Señor y recibido su regalo de salvación, los que hemos sentido los latidos de su corazón junto al nuestro, no abusamos de Su gracia. Hay quienes deleitándose en el pecado “convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo” (Judas 1:4). Simplemente, esas personas nunca han tenido contacto con el dador de la gracia. 

ORA LA PALABRA

“El regalo que Dios da es la vida eterna por medio de Cristo Jesús nuestro Señor” (Romanos 6:23 NTV).

Padre, gracias, porque a pesar de que soy un(a) pecador(a) y merezco el castigo de mis rebeliones, tú me amaste de tal manera que enviaste a tu único Hijo a morir por mí (Juan 3:16). Lavaste mis pecados con tu santísima sangre, y me diste vida eterna junto a ti. Perdóname cuando te fallo. Restáurame y dame la fortaleza de tu Espíritu para no pecar. Arranca de mí toda concupiscencia que intenta atraerme y seducirme a desobedecerte. Hazme crecer cada día a tu imagen y ayúdame a cumplir tu voluntad de ahora y para siempre.


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