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A Marcus Filiberto Ponce sus amigos y compañeros de trabajo los describían como de una personalidad pícnica y no por que le agradaran las actividades al aire libre saboreando sándwiches de lengua acompañados por vasos de pisco o el reputado vino blanco “Votre Sante” que importaba anualmente directamente desde el sur de Francia en cajas de 24 botellas.

Tampoco era un hombre pícnico por ser amigo de irse los domingos por la tarde en bicicleta al parque Elizabeth con su amiguita Tanikalaya para compartir postres delicados como el de zanahoria con crema chantilly y las deleitables “cien hojas” rellenas con el exquisito almíbar de guindas holandesas.

La verdad era que le apodaban el pícnico siguiendo una temprana clasificación del carácter del ser humano basada en la antigua creencia griega de que existen cuatro humores en nuestro soma según aseguraba un filósofo y medico llamado Hipócrates. A este filósofo y científico le preocupaba el comportamiento del homo sapiens en relación a su fisiología. Según Don Hipo, las substancias básicas del cuerpo humano eran la bilis negra, la bilis amarilla, la sangre y la flema que influían en el comportamiento y temperamento del ser humano.

Mas tarde saldría a la pista un alemán llamado Ernest Kertschemer, creador de la biotipología la cual relacionaba a la personalidad con el aspecto físico del individuo afirmando que existe una personalidad pícnica y quienes la poseen se caracterizan por su sociabilidad, instinto gregario, ser amistosos, buenos para dar abrazos y tocar a otras personas. Físicamente, afirmaba Ernest, son más bien redondos, de estatura mediana, muchas veces calvitos, de caras largas con un doble mentor, pecho amplio y desarrollado, espalda redondeada y un vientre cargado a los lipidos.

Esto lo aprendió Marcus en la Universidad del Sacramento Celestial y el día en que un tipo desagradable, estudiante por cierto de ingeniería se atrevió a reírse de él diciéndole que era un pícnico tan redondo como una nalga; estuvieron a punto de trenzarse a bofetadas en el amago febril de un festival de pescozadas que lograría detener antes de que la sangre llegara al rio, un tipo al quien apodaban “cadáver” pues era flaco, de faz angulosa como la de don Abraham Lincoln, con una piel más seca que escupo de momia, aspecto anémico y de escaso peso.

Cadáver, después de este desagradable incidente le había explicado a Marcus la teoría de don Ernest diciéndole que ese apodo le favorecía dada su simpatía y redondez física que atrae a las mujeres, dicen.

En estas bobadas pensaba Marcus Filiberto mientras se comía un cable en su departamento de tres cuartos con vista al parque donde en el pasado regocijaba su vista, caminando al menos una milla diaria, y mirando a las muchachas. Simples satisfacciones de las cuales se le privaba por esto del coronavirus. Este obligatorio encierro al cual los argentinos llaman el “corralito,” le impedía dar rienda suelta a su carácter simpático, afectuoso y cariñoso.Para mayor desgracia su gato Giuliani era flaco, pillo y de mal genio correspondiendo según leyó en el internet a la tipología de los liposomas de personas como su amigo “cadáver,” es decir más bien indiferentes, ensimismado y bueno para dormir.

Marcus esta ahora frustrado porque con el asunto de las mascaritas que mal rayo parta, se le privaba de un 80% de exhibir la expresión externa de su faz y ninguna jeva podía apreciar la armonía de sus músculos risorios y los dos hoyuelos que adornaban sus respectivos cachetes faciales, un imán de atracción que le facilitaba mucho demasiado la conexión con las féminas.

 “La mascara es un elemento inexpresivo sinónimo de falsedad, disimulo, fingimiento y simulación y de este modo nos convertiremos en seres más sosos que una puerta,” escribía en su libreta de pensamientos para publicar en la editorial “Mire compay” con el sugestivo título de “El siniestro año en que no pude confiar en nadie.”

Una noche se despertó exactamente a la una de la madrugada con una idea que como un relámpago poderoso iluminaba las neuronas de su cerebro.

Resultaba que para lidiar con el insomnio que le provocaba la encerrona mala, se había dormido leyendo una tragedia griega llamada “Zorbakatus,” de un dramaturgo llamado Hipotécales nacido 87 años antes del nacimiento de nuestro Señor.

En la susodicha tragedia, Zorbakatus era un monarca a quien un enemigo envidioso y vengativo le había quemado el rostro por haberle hecho el daño a su hija y desde aquel funesto y luctuoso día, Marcus tenía que usar un mascaron de hierro oxidable y tan incomodo como una flecha en el glúteo.

 Era cierto que la incómoda careta le servía para arengar a sus tropas que batallaban en contra de Donaldkreston, un dictador de malas entrañas bueno para mentir que le había endilgado el sobrenombre de Carburo. Pero el monarca Zorbacatus deseaba también comunicar empatía y cordialidad hacia sus concubinas y la careta blindada no le servía para propósitos políticos ni para enamorar a las doncellas jóvenes de su corte.

“El rey me deja la cara llena de rasguños y mis amigas me preguntan si me pelee con el gato,” confidenciaba Necrocia, una de las amantes de Zorbakatus.

Desde ese instante los actores en el teatro griego comenzaron a utilizar mascaras las cuales cumplían dos propósitos, uno era el de mostrar a la audiencia el estado de ánimo del personaje, y el otro para amplificar la voz de los comediantes gracias a un fotuto localizado en el área de la boca llamado Kuletro.

 Inspirado por esa antigua tragedia, Marcus, como alcanzado por un rayo, salta esa noche de su cama, va a su escritorio y dibujo en su diario seis rostros representando los sentimientos básicos que nos permiten comunicarnos con otros humanos. Uno de ellos era el de la alegría, el otro de la ansiedad, la frustración, la incertidumbre, el enojo, y la faz de un enamorado.

Utilizando los antiguos implementos de costura heredados por su hermana quien los dejo a su custodia mientras viajaba a Santa cruz en Bolivia; el pícnico hizo una modelo de mascara semi artesanal con trozos de una sábana fuera de uso de color negro. Así crea la base de su invento, la M-41-FN (Mask 41 Feelings Now).Entusiasmado pensó en bordar con hilos de colores un rostro pícnico y bonachón con una sonrisa de oreja a oreja, pero después de pincharse con las agujas lo dedos mucho demasiado, decidió pintar la sonrisa con los pinceles y colores de una acuarela de sus tiempos de escuela intermedia cuando tomaba clases de artes plásticas con Mr. Cookie.

Una vez reforzado el interior de la mascareta con otra tela aterciopelada y ya pintada la sonrisa, se atrevió a entrenarla el pasado domingo cuando la luz del sol y los 65 grados empujaban a dar una caminata al parque.Antes de dar este atrevido paso, se mira al espejo y se asombró de su propio talento recordando lo que decía el siquiatra prusiano Carl Laughing Von Shultz, “una sonrisa ocasiona mas sonrisas” y nota en su cautelosa caminata que su invento llamaba la atención de muchos gringos y gringas enmascarados claramente agobiados por la experiencia del corralito, y agravados por el aumento de peso sentados en el sofá mirando películas de Tarzán o del Llanero Solitario.

De esta manera, Marcus preparo otras máscaras y un día en que tuvo que usar la de la “frustración,” semejante a la desilusión de los asesores de Trump cuando este abre la boca para recomendar curas como la del cloro para atacar el virus; una jeva se le acerca y a seis pies de distancia le pregunta donde había comprado la invención. Pa’ seguida Marcus le ofreció una de las seis opciones y eso le decidió a crear un pequeño negocio con la esperanza de que el gobierno le otorgase un préstamo para adquirir otras maquinas de coser, telas y más pintura inaugurando el taller “Mr. Mascara, LLC.”

Su invención también paso a incluir un morral sanitizado para portar las seis opciones de sentimientos y utilizar cualquiera de ellas cuando fuese necesario. La otra buena noticia es que Marcus ya no vive solo y que, con una socia también pícnica quien es una profesional de la costura, se desenmascaran frecuentemente en el encierro para solazarse y yacer durante esta extendida plaga.Ambos postularon al préstamo federal de Trump para iniciar pequeños negocios, pero les ha defraudado la presencia entre los postulantes a la dadiva los tiburones de siempre socios de Jared y del presidente. Así son las cosas.

Para encargar mascaritas comuníquese con el portal  www.mrmascara@com

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