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Discrimen y racismo

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El discrimen comúnmente se define cuando se atenta contra la igualdad entre los seres humanos o cuando existe una actitud y/o acción adversa hacia otros porque tienen una característica particular o diferente. El racismo es una creencia de que una raza es superior a otra, menospreciando o perjudicando a esta por el color de su piel o su origen étnico. El racismo es una de las formas discriminatorias más absurdas e injustas que el ser humano ha practicado por siglos.
Las definiciones son sencillas y claras, aunque demasiados todavía se niegan a aceptar que tan siquiera existen.
El médico puertorriqueño, José Celso Barbosa, político afrocaribeño de fines del Siglo XIX, considerado por muchos como el padre del anexionismo en Puerto Rico y graduado de medicina de la Universidad de Michigan en el 1880, aparentemente no sintió el racismo que permeaba en la sociedad estadounidense de esa época. Más de cien años después otro médico puertorriqueño, también anexionista, el Dr. Joxel García en un debate político en Hartford expuso que el racismo no existía en contra de la comunidad puertorriqueña y que éramos los puertorriqueños los responsables de sentirnos discriminados por nuestro complejo de inferioridad.
El Dr. Barbosa quizás impresionado por un entorno diferente no percibió que en esa nación apenas 20 años antes había sufrido una guerra civil para liberar a los negros de las cadenas de la esclavitud.
El Dr. Garcia me impresionó como uno que no conocía su comunidad y de una horrible ausencia de sensibilidad.
En estos días difíciles nadie se sorprende de la llamada “democracia” estadounidense con las múltiples caras de su racismo y de su discriminación. La violencia existente no es nueva ni diferente. La historia estadounidense está saturada de estos abusos y violaciones por siglos. Esos bien documentados e innegables hechos han sido alterados y manipulados para satisfacer la falsa imagen de una nación que cristianiza, pero “no persigue”, es dadivosa, pero “no discrimina, llevan la “democracia” por doquier, pero “no oprimen”. Crearon el mito de una nación gloriosa y admirable. Y la han vendido bien.
Las barbaridades y atropellos que nos informan los medios noticiosos diariamente y con una frecuencia alarmante no parecen tener sentido, pero tienen un profundo e inequívoco historial. El dolor de estos actos nos llena de vergüenza ajena.
En un pasado no muy lejano parecía que el racismo, era más sutil, aparentando gozar de una mayor comprensión de parte de la población blanca. Al ser electo Barack Obama presidente de los Estados Unidos parecía ser el momento que se iban a acelerar cambios fundamentales en un país dividido por las diferencias de clase. Contrario a las expectativas, Obama fue el agente catalizador que aceleró el racismo. Grupos claramente discriminatorios aprovecharon su presidencia para exacerbar los ánimos en una sociedad donde cada día la discriminación y el racismo se acentúan.
Contrario a lo esperado, el presidente negro de la nación más poderosa del mundo no aparento tener ninguna empatía con las minorías más abusadas de la nación. De un presidente ganador del Premio Nobel de la Paz a uno que participo en la mayor cantidad de intervenciones militares y de uno que prometió que iba a hacerle justicia a los inmigrantes, pero fue el que deporto a la mayor cantidad de estos. Fue el presidente que asesino la esperanza de los que pedían justicia.
Entonces le dio paso al presidente más vil que yo recuerde. Todo un personaje rescatado por hordas homofóbicas y xenófobas. acérrimos antifeministas, rodeado por guapetones de callejón, formaron un ejército de ignorantes que teniendo latente en su psiquis esa adormecida genética histórica de racismo y discriminación, despertaron, creando ese mundo envilecido en el que vivimos hoy.
Muchos años han transcurridos desde que una blanca y hermosa joven que estudiaba en una universidad en el noreste de los EEUUAA compartía conmigo frente a una taza de café. La joven natural de Carolina del Norte y con un acento sureño me hablaba de sus experiencias en la turbulenta Nueva Inglaterra. Mi curiosidad venció mi discreción y le pregunté si todavía existía en el sur de los EEUUAA algún tipo de racismo. La joven sin pestañear me contestó “We have no problems with blacks in the south, as long as they stay in their place”. Fue ahí que recogí el sentir de una cultura de racismo, impenetrable, lejana a las realidades de un mundo cambiante. Esto me ocurrió 50 años atrás. Esta semana pasada retrocedí al 1970, mi primera experiencia con alguien que tenía una visión “diferente” de un mundo que ya iba en retroceso.
Hoy, mientras la nación se derrumba, la credibilidad se desvanece en forma vertiginosa, se continúa discriminando contra los pobres, los hispanos, los afroamericanos y todo aquel que sea diferente por el color de su piel o su preferencia sexual. Los líderes locales y nacionales piden calma y paciencia. Invitan al diálogo, al cambio esperado por siglos que nunca llega.
Pero Cristo no sacó con rezos a los fariseos que violaban el templo. Ni Washington sacó a los ingleses de las colonias con flores. Ni Bolívar expulso a los españoles con calma y paciencia.
¡Cuidado! La historia tiende a repetirse cuando la paciencia se agota.
Para los puertorriqueños que están comenzando a reconocer la historia de nuestra nación, la discriminación no es nada nuevo especialmente cuando ha sido acompañada por más de 500 años de indignante colonialismo. Hoy el destino que aparenta acorralarnos, parece ser la llave que nos desencadenara de los opresivos grilletes existentes.

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LA CARICATURA DE REINALDO

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