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Chismes, mentiras y calumnias, por la Lic. Liliana D. González

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Era domingo y subía con mi familia el cerro Ávila. El pulmón vegetal más importante de Caracas, Venezuela. El paseo es un verdadero placer para los sentidos. Se respira pureza y uno se embelesa con las flores de Galipán. Mi esposo y yo estábamos ensimismados con los riachuelos y con el canto de las aves. De pronto, frente a nuestros ojos, la montaña fue abrazada por el fuego. Las llamas se extendieron y en cuestión de minutos toda aquella virginidad natural fue reducida a cenizas. Pasarán años antes de que la inocente naturaleza recobre su ecosistema, quizás ciertas especies de su fauna y flora no logren recuperarse.
Del mismo modo en que un chispazo incendió la montaña, el chisme deforesta reputaciones, arruina amistades, extermina matrimonios, mancilla gobernantes y causa divisiones entre hermanos. El chisme lo fecunda la envidia y los celos. Quienes lo practican son hijos del diablo, el padre de la mentira, el malvado y falso acusador (Jn 8:44).
Ningún cristiano debe enredarse jamás en murmuraciones, calumnias o difamaciones. La Biblia es enfática cuando dice que Dios aborrece la lengua que miente (…), el falso testigo que esparce mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos (Pr. 6:17; 19 NVI).
Si no queremos ahuyentar al Espíritu Santo contemos hasta diez antes de expresar palabras que manchen la reputación de alguien. Aunque lo que sepamos sea verdad guardemos silencio, porque el supremo llamado del Altísimo es a que todos los que somos parte de Su cuerpo ejercitemos la compasión, el amor y la piedad.
Un cristiano genuino no pierde un minuto de su tiempo en el cotilleo ocioso y vano. Solo un corazón que sirve a Satanás hace tal cosa. El chisme causa pleitos en los hogares, en los sitios de trabajo, en las iglesias y entre vecinos. Las lenguas maledicentes se alegran con el fracaso de los otros y hacen leña del árbol caído. «Sin leña se apaga el fuego, y donde no hay chismoso, cesa la contienda» (Pr 26:20).
La Biblia relata las consecuencias de atribuirles a los demás falsos testimonios e intenciones deshonestas. José estuvo preso por varios años debido a las calumnias de la mujer de Potifar (Gn 39); la cabeza de Juan el Bautista fue a rodar a una bandeja por causa de las intrigas de Herodía, la cuñada y concubina de Herodes Atipas (Mt 14:8 NVI); el rey David sufrió el efecto traumático del chisme y en el Salmo 140 exclamó: «Oh Señor, líbrame de los impíos (…). Afilan su lengua cual lengua de serpiente; ¡veneno de víbora hay en sus labios!». Y expresó: «Que no eche raíces en la tierra la gente de lengua viperina» (Sal 140: 1-3; 11 NVI).
La persona chismosa no solo deshora a quien critica sino a sí misma y a quien la escucha. Es indigna y reprobada por Cristo. Si queremos agradar a Dios no prestemos atención ni indaguemos sobre asuntos que no nos conciernen. Evitemos juntarnos con personas chismosas. Si somos nosotros los que acostumbramos a murmurar debemos reconócelo como un pecado ante Dios y arrepentirnos.
Al igual que el cerro Ávila todos hemos sido desforestados por el chisme e igualmente hemos lanzado críticas con el fin de difamar a otros. La próxima vez que estemos tentados a oír y a cooperar con el chime busquemos un lugar apartado y oremos. De otra forma estaremos colaborando con el diablo. Los hijos e hijas de Dios tenemos un llamado al amor. Nuestras palabras deben consolar, enseñar, redargüir y exhortar en justicia.
De ahora en adelante pongamos un guarda en nuestra boca, vigilemos las palabras que salen de nuestros labios. Determinemos expresar palabras que contribuyan a la edificación y sean de bendición para quienes las escuchan (Ef 4:29).

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