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Señor, enséñanos a orar

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“No sé orar; ¿existe un patrón o guía de oración?”, me preguntó con mucha preocupación una mujer. Creo que todos los creyentes en nuestro caminar cristiano hemos pensado que nuestras oraciones no llegan a los oídos de Dios.
Los discípulos de Jesucristo también tuvieron esta inquietud. En una ocasión, “aconteció que estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó también a sus discípulos” (Lc.11.1). Y Jesús les enseñó la oración del Padre Nuestro.
Desde niños hemos recitado esta oración. Sin embargo, tenemos que tomar en cuenta la advertencia de Jesús en el sermón del monte: “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos” (Mt. 6:7).
La palabra vana significa vacío e inútil; por lo tanto, si repetimos como loros una oración, pero no hay en nosotros una verdadera adoración a Dios, nuestras plegarias serán vanas e improductivas. Jesús le dijo a la mujer samaritana: “Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad” (Jn 4:24).
Los creyentes tenemos el inmenso privilegio de acercarnos a Dios por medio de la oración. Esta práctica era imposible antes del sacrificio de Jesús, porque el ser humano estaba separado de Dios por el pecado (Isa. 59:1-2). Solo el sumo sacerdote tenía permitido pasar tras el velo del templo una vez al año para entrar ante la presencia de Dios y hacer expiación por los pecados del pueblo (Éx. 30:10).
Hoy, gracias a la sangre que Cristo derramó en la cruz, los creyentes tenemos entrada libre al trono de gracia para recibir la ayuda oportuna. Con su muerte, Jesús rasgó el velo entre Dios y los hombres y ahora podemos acercarnos a Él confiadamente (Heb. 4:14-16).
¿Cómo debemos orar?
La Biblia dice: “Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios” (Fil 4.6).
Orar es hablar con Dios. Es abrir nuestros corazones en adoración recordando quien es Dios y lo que hizo por nosotros a través de Jesucristo. Orar es agradecer a Dios por su infinita misericordia, por el perdón de nuestros pecados y por la salvación de nuestras almas. 
Jesús enseñó a sus discípulos a orar en lo íntimo. “Cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6:6).
El Señor también enseñó a orar con plena confianza en Dios y de acuerdo con su voluntad. Los santos, aquellos que hemos nacido del Espíritu, tenemos la seguridad absoluta de que Dios oye y responde nuestras peticiones porque oramos conforme a su voluntad (1 Jn. 5:14-15).
Orar de acuerdo con la voluntad de Dios es deleitarse de tal manera en Cristo que llegamos a desear con todo el corazón que se cumpla lo que Dios quiere, no lo que queremos nosotros. Una oración contestada produce un gozo inmenso. Este privilegio se debe a la obediencia a Dios y a la renuncia diaria al pecado. El salmista exclamo: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Sal. 66:18).
Jesús enseñó que Dios sabe de qué cosas tenemos necesidad antes de que se las pidamos (Mt. 6.8). Sin embargo, necesitamos orar para que Dios responda nuestras súplicas. Aunque no podamos comprender este misterio, es así como Dios lo estableció.
¿Por qué cosas debemos orar?
Una de las promesas más consoladoras del Señor es que podemos llevar toda necesidad y carga sus pies. “Echa sobre el Señor tu carga, y Él te sustentará; Él nunca permitirá que el justo sea sacudido” (Sal. 55:2).
Debemos orar para alcanzar misericordia. La carga más pesada del ser humano es su pecado. El libro de proverbios enseña: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Pr.28:13).
Debemos orar por los que no conocen a Dios. Interceder por nuestros familiares, vecinos y amigos que están muertos en sus delitos y pecados para que alcancen vida eterna (Ef.2.1). Jesús lo hizo. Alzando los ojos al cielo, Él oró: “Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que el Hijo te glorifique a ti, por cuanto le diste autoridad sobre todo ser humano para que dé vida eterna a todos los que tú le has dado. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:1-3).
Debemos orar para perseverar en la fe. Jesús oró para que Pedro se mantuviera firme en su fe en el tiempo de prueba.  “Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti para que tu fe no falle” (Lc. 22.31).
Debemos orar para no caer en tentación. Jesús les dijo a sus discípulos: “Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Mr. 14:32).
Debemos orar por guía y protección. Antes de entrar en su gloria, Jesús intercedió por sus discípulos diciendo: “Padre, (…) yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno (Jn. 17:14-15).
La oración es un hábito y una disciplina espiritual. Orar es una prioridad en la vida del creyente. Un cristiano que no ora es una contradicción. Un genuino hijo de Dios busca al Padre no para que le resuelva todos sus problemas, sino porque le ama con todo el corazón y se deleita día tras día en su presencia.

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