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Desde hacía seis años, Eugenia Rivera Vázquez no había visitado a su familia en Puerto Rico. El tema de la nueva Pandemia Covis-20 continuaba azotando a las naciones y lo de las máscaras y el distanciamiento social y a veces sexual eran los únicos métodos probados que evitaban los contagios. Cada Estado se había convertido en una nación independiente que exigía a quienes iban de Connecticut a Nueva York o viceversa, un certificado sanitario que costaba 35 dólares y firmado por notario atestiguando que la interesada o interesado no mostraban en los exámenes especializados estar contagiados o contagiadas por virus tales como Ébola, Covis-19, Covis-20 o Covis-21, Viruela, Peste Cristal, Influenza ChicaGus, SARS, Lepra, Cólera, o Peste Bubónica, entre otras larga lista de plagas.
Eugenia había vivido dos años en cuarentena, trabajando desde su hogar acompañada por su gato Cheyne y una amiga con la que compartían los gastos de un departamento de dos dormitorios. No recibían visitas y ambas se habían jurado no tener contactos profundos ni haber yacido con hombres o mujeres y si hubiese sucedido, la involucrada en relaciones sin máscaras, debía buscarse otro sitio sin reclamar.
La moda en esta época de pandemias era que las parejas, aunque jóvenes, comenzaran a vivir juntos o juntas y los padres y familias entendían que el ser humano tenía necesidades profundas de procreación y compañía.
Era una sociedad extraña en la que los ciudadanos se habían acostumbrado a utilizar el mensaje por señas y lo que ahora se denominaba EyesLink que había expandido la posibilidad de comunicarse con otros a través del movimiento de los macos. No estamos hablando del popular cierre de un ojo para transmitir simpatía, ni el alzamiento de cejas para significar sorpresa o arrugar el entrecejo para demostrar incomodidad, no.
Existían treinta y siete formas de códigos para establecer contactos, expresar sentimientos sin tener que abrir la con lengua, usualmente llamada la boca. Cada ciudadano contaba además con al menos seis máscaras de distintos colores que también expresaban temas tales como “vengo a depositar o retirar fondos,” “hoy día no estoy para nadie,” “estoy absolutamente frustrado o frustrada,” “muéstreme el menú,” “estoy con atraso,” entre otros mensajes.
Ahora Eugenia experimentaría lo que era viajar en avión y recordaba con nostalgia cuando subirse a un avión Delta o American era como abordar un taxi. Después del 2020 se habían impuestos procedimientos engorrosos que a su regreso de la Isla describiría en su diario de vida que algún día pensaba publicar bajo el título de “La Jodienda” para trasmitir a las nuevas generaciones lo que ella relataba en el primer capítulo llamado “El Enzorramiento.”
La recomendación era arribar al aeropuerto Bradley que ahora tenía el nombre de Gobernador Ned Lamont Aeropuerto Internacional Gobernador Ned Lamont, cinco horas antes del inicio del vuelo.Este tiempo permitía el chequeo computarizado AntiVir de maletas con rayos infrarrojos y de los otros que detectaban bacterias y virus. El pasajero o pasajera debía someterse a un examen físico que implicaba un estudio de la sangre, rayos X, y el historial notarizado de enfermedades. Además del chequeo para detectar metales, bombas y dispositivos de gases tóxicos, los pasajeros debían despojarse de los zapatos, calcetines, jeans, camisa o blusa, ropa interior y así calatos permanecer en un camarín mientras que su vestimenta pasaba por otra revisión viral.
Después de unas dos horas de trajines, a los pasajeros se les aplicaba una prueba psicológica para descartar la posibilidad de que estuviesen afectado por ansiedad a la altura, intenciones suicidas u homicidas, claustrofobia o ataques epilépticos. Todo esto se hacía a través de una tableta desinfectada que los pasajeros ya exhaustos después de tanto traqueteo usaban y entregaban a un robot enano llamado Perkins que retiraba los aparatitos.
Eugenia siguió todas las instrucciones y pasó todos los exámenes. Su documentación incluido el pasaporte de Connecticut fueron aceptados al igual que una declaración jurada asegurando que no trataría de abrir las ventanillas de la nave aérea. A través de un sistema de audífonos que proveía la compañía se ofrecía a los pasajeros contacto con un capellán o trabajadores sociales clínicos que medían el grado de ansiedad del pasajero en una escala de 1 y 10 siendo el número uno equivalente a que no había síntomas y que el pasajero era más tranquilo que una foto, las palpitaciones cardiacas estaban bajo control y la presión arterial un poco alta lo cual era comprensible por lo del viaje. Si el numerito alcanzaba a seis, se le ofrecía al pasajero dos opciones, una sesión de masaje virtual o la devolución del dinero del pasaje.
 Para Eugenia había llegado el momento de lo novedoso. En otro camarín desinfectado se le proveyó un buso color azul incluidos una protección plástica de los pies. Los zapatos y el resto de la ropa se le entregarían en el aeropuerto de San Juan donde podría tomar una ducha y vestirse.
 Además de los guantes, Eugenia se puso por primera vez una especie de casco transparente digital que le permitía respirar con comodidad y que debía usar duranta las dos horas y media de viaje en ese nuevo modelo de super nave B-234-Alfa supersónico. Finalmente, y sintiéndose como una astronauta, Eugenia subió a una cinta metálica que la llevó finalmente y sin esfuerzo a la entrada de la aeronave.Allí, el capitán Felipe Figueroa Sastre y las aeromozas Clara Luz Villafane y Juan González, vestidos con un buzo color verde, le dieron la bienvenida y a través del sistema audiovisual le indicaron el lugar de su asiento. Algunos pasajeros estaban autorizados para utilizar un fotuto color rojo adosado al casco transparente a través del cual podían tomar sus medicinas y el alimento liquido Joya con sabores a jugos, arroz con gandules, tostones, coco frío, mofongo y una variedad de mantecados.
Dentro de todo este proceso, Eugenia se alegró de no tener que cargar sus maletas desinfectadas ni instalarlas en las secciones que antes estaban localizadas en el lado superior de los asientos. Estos cómodos reclinatorios individuales estaban ubicados en seis líneas separadas por lo del distanciamiento.A ella le agradaba compartir y conversar con su compañero o compañera de asiento, pero por ahora podía distraerse comunicándose con su mai y sus hermanas a través del Digito COM que también le proveía documentales y películas relajantes las cuales reemplazaban afortunadamente cintas o videos tales como “La Noche en que se Fastidió el Planeta,” “Los discursos escogidos de Donald Trump,” “Zombis en los Servicios Higiénicos,” “El Patán de las Alcantarillas,” “Las infames noches de la Sultana,” “Tres patadas en el maxilar inferior,” “El Terrible Desembarco de Normandía,” “Las crudas imágenes de batallas en Siria,” o “Los Crímenes de Vladimir Putin.”
Ya acomodada y cuando el avión se elevaba por entre las nubes del amanecer dejando atrás la cinta serpenteante del rio Connecticut, Eugenia se dispuso a leer el “Manual para el Uso de Servicio Higiénico” que esperaba no tener que utilizar, aunque uno nunca sabe…


Nota del Editor. Esta colaboración es representativa del género literario conocido como Retro ficción.

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