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Estoy bien, estoy bien, con mi Dios, por Liliana González de Benítez

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Las personas que están interesadas en su comodidad y placer se hunden en la desesperanza cuando son sorprendidas por el sufrimiento. Solo quienes están cimentados en la verdad eterna de la Palabra de Dios pueden resistir las tormentas de la vida.

Jesús narró en el sermón del monte una historia que nos ayuda a entender esto. Dos hombres decidieron construir sus casas. Uno la edificó sobre la arena y el otro sobre la roca. Exteriormente ambas casas eran iguales. Sin embargo, cuando el viento sopló y el río se desbordó la casa que fue construida sobre la arena quedó destruida, no obstante, la que estaba fundada sobre la roca resistió.

“Cualquiera que oye estas palabras mías y las pone en práctica, será semejante a un hombre sabio que edificó su casa sobre la roca” (Mt.7:24).

Una persona que tiene el conocimiento de Dios y pone en práctica Su Palabra será como el hombre que edificó su casa sobre la roca, cuando lleguen los problemas y las aflicciones se mantendrá firme y confiado en Dios.

Jesucristo no dijo que aquellos que creyeran en Él tendrían una vida libre de sufrimiento. Él aseguró que afrontarían dolor y pérdida, pero al mismo tiempo hizo un llamado a confiar en Él (Jn 16:33).

Esa es la razón por la que los hijos de Dios asumimos una actitud ante el sufrimiento muy diferente a la que muestran las personas que no creen en Jesús. Los cristianos alabamos a Dios en medio de las calamidades, le agradecemos por lo bueno y por lo malo, y rogamos por fortaleza y consuelo para nuestras almas.

Nosotros sabemos cuanto amor nos tiene Dios, por eso resistimos las angustias con los ojos fijos en la cruz. Allí, Dios mostró su gran amor por los que habrían de creer en Él. La cruz es la evidencia de la gracia de Dios. Si su gracia no fuese mayor que nuestros pecados estaríamos perdidos y sin esperanzas.

El peor de los sufrimientos es la ira de Dios. Y Jesucristo bebió la copa de ira por nosotros. Esa es la mayor manifestación de su gracia e infinita misericordia. Este conocimiento es el ancla que sostiene al creyente en cualquier situación dolorosa.

“Estoy bien, estoy bien, con mi Dios” es un himno compuesto por Horacio Spafford. Un abogado estadounidense y devoto siervo del Señor. Horacio contrajo nupcias con la noruega Anna Larssen. El primer hijo de la pareja, un niño varón, enfermó gravemente y murió. Esa dolorosa experiencia probó la fe de Horacio y Anna de una manera intensa.

Meses más tarde, los Spaffords perdieron todas sus posesiones materiales en “el gran incendio de Chicago” (1871). Años después, Horacio embarcó a Anna y a sus cuatro hijas en un navío que iba hacia Inglaterra. El barco colisionó con otro y se hundió. Las cuatro niñas se ahogaron, solo Anna sobrevivió.

Cuando Horacio iba camino a Inglaterra para encontrarse con su esposa compuso el famoso himno: “Estoy bien, estoy bien, con mi Dios”. La primera estrofa de este canto dice: “De paz inundada mi senda ya esté, o cúbrala un mar de aflicción, cualquiera que sea mi suerte diré: Estoy bien, estoy bien, con mi Dios”.

¿Por qué este hombre perseveró en su fe? ¿Qué lo llevó a escribir en medio de su agonía un himno de adoración a Dios?

Respuesta: El amor de Dios por él.

Horacio jamás dejó de mirar la cruz. Dios también perdió un hijo; lo entregó voluntariamente. “Ya venga la prueba o me tiente satán, no mengua mi fe ni mi amor. Pues Cristo comprende mis luchas, mi afán, y su sangre obrará en mi favor”, dice la segunda estrofa de este hermoso himno.

Si hoy estás en angustia, mira la cruz. Si se han multiplicado tus problemas, mira la cruz. Si piensas que nadie te ama, mira la cruz. Si todos te rechazan, mira la cruz. Si tienes deseos de pecar, mira la cruz.

Horacio Spafford alabó a Dios en medio de su más profunda agonía diciendo: “Feliz yo me siento al saber que Jesús me libró del yugo opresor, quitó mi pecado, lo clavó en la cruz, gloria demos al buen Salvador”.

El gozo del creyente no depende de las circunstancias, su gozo está en Cristo.


Ora la Palabra

Amado Padre celestial, te damos gracias por el perdón de nuestros pecados y por regalarnos vida eterna. Te alabamos y bendecimos porque este regalo inmerecido costó la sangre de tu santísimo Hijo Jesucristo. Ayúdanos a no olvidar jamás que Jesús llevó sobre sí mismo nuestras maldades; Él soportó el castigo y bebió la copa de sufrimiento que nosotros merecíamos. Danos fortaleza en la aflicción; ayúdanos a resistir las penas con los ojos fijos en Cristo. Inunda nuestras almas de paz y danos el gozo de tu Santo Espíritu. De ahora en adelante cualquiera sea mi suerte, yo cantaré: “Estoy bien, estoy bien, con mi Dios”.


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