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Principios bíblicos para resistir las aflicciones

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Una de las grandes lecciones que nos enseña la pandemia que estamos soportando es que la vida cambia de repente. Nada es seguro en este mundo. Un día, disfrutamos de paz y prosperidad, y al siguiente, llega la adversidad. Por lo tanto, debemos aprender a lidiar con el sufrimiento.

Te daré seis principios bíblicos para afrontar la pena y el dolor.

1. No te sorprendas. El apóstol Pedro, bajo la inspiración del Espíritu Santo, les dijo a los cristianos que estaban enfrentando calamidades y persecuciones por causa del testimonio de Cristo: “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os estuviera aconteciendo” (1 Ped. 4:12).

Lo primero que debemos tener claro es que vamos a afrontar aflicciones. Un cristiano no está exento del dolor. Necesitamos comprender que las circunstancias dolorosas por las que atravesamos son parte del plan de Dios para sus hijos. El Señor permite la tribulación para purgar nuestra fe y enseñarnos a confiar plenamente en Él.

Jesucristo aseguró: “En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33).

2. Confía en Dios. El Señor hace un llamado a confiar en Él en medio de los padecimientos. Cuando quitamos los ojos de nuestro dolor y los fijamos en los martirios de Cristo, podremos resistir con paz la aflicción que Dios permite en nuestra vida.

Jesucristo, el santísimo Hijo de Dios, enfrentó el sufrimiento más injusto (el que tú y yo merecíamos) para lavar con su sangre nuestros horrendos pecados y darnos vida y salvación. Cuando meditamos en el dolor que Cristo enfrentó sin merecerlo, por amor a nosotros, solo nos queda una cosa por hacer: alabar a Dios.

3. Alba a Dios. Gracias a la muerte vicaria de Jesucristo, los creyentes viviremos eternamente con Dios en el cielo. Esta es la hermosa realidad en la que nos regocijamos mientras sufrimos enfermedades, dificultades y duelos aquí en la tierra.

“Mediante la fe ustedes son protegidos por el poder de Dios, para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo. En lo cual ustedes se regocijan grandemente, aunque ahora, por un poco de tiempo si es necesario, sean afligidos con diversas pruebas, para que la prueba de la fe de ustedes, más preciosa que el oro que perece, aunque probado por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo” (1 Ped. 1:5-8).

Nada de lo que nos acontece en esta vida es un accidente. Dios es soberano. Él tiene control absoluto sobre todo lo que ocurre en el universo (Sal.135:6). Por lo tanto, si eres creyente y estás afrontando problemas y aflicciones, no temas. Reconoce que tu fe está siendo probada del mismo modo que el fuego purifica el oro. Esto quiere decir que, si resistes la aflicción confiado en que Dios, comprobarás que tu fe es auténtica y esto redundará en tu beneficio y dará gloria a Dios.

4. Pon tu vista en lo eterno. Por lo general, tendemos a desesperarnos cuando llegan las temporadas de sufrimiento. Todo es tan oscuro y misterioso. Pensamos que nunca dejaremos de padecer. Sin embargo, la Escritura afirma que nuestros dolores en este mundo son ligeros y pasajeros si lo comparamos con la gloria eterna que disfrutaremos en el cielo.

“Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación, al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Cor. 4:17-18).

Cuando padecemos con los ojos fijos en Cristo y sus promesas, glorificamos a Dios. El Señor tiene propósitos buenos en medio del dolor (Rom. 8:28). Su voluntad es que aprendamos a sufrir con paciencia para que comprobemos su bondad e infinita misericordia. 

 “Mirad que tenemos por bienaventurados a los que sufrieron. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el resultado del proceder del Señor, que el Señor es muy compasivo, y misericordioso” (Stg. 5:11).

5. Ora. Dios no eximió a su propio Hijo del sufrimiento para que nosotros pudiéramos sufrir aferrados a Él. Cristo es varón de dolores. Experimentado en quebrantos y aflicciones. Él entiende nuestro sufrimiento. Si tus rodillas no pueden sostenerte y tus fuerzas físicas se han agotado, clama a Dios.

“El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con Él todas las cosas?” (Rom. 8:32).

6. Dios te ama. Por más terribles que sean las circunstancias que enfrentes, no dudes del amor de Dios. “Nada podrá separarte del amor de Jesucristo. Nada ni nadie. Ni los problemas, ni los sufrimientos, ni las dificultades. Tampoco podrán hacerlo el hambre ni el frío, ni los peligros ni la muerte” (Rom. 8:32;35).

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