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¿Cómo puedo saber si soy salvo?

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Todos los creyentes hemos batallado con esta pregunta en algún momento de nuestro caminar cristiano. Especialmente por las reveladoras palabras de Jesucristo en el Sermón del Monte: “Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?». Y entonces les declararé: «Jamás os conocí; apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad»” (Mt. 7:22-23).

Jesús se está refiriendo en este pasaje al día del juicio final, cuando cada ser humano compadecerá ante el tribunal divino. “Porque Dios traerá toda obra a juicio, junto con todo lo oculto, sea bueno o sea malo” (Ecl. 12:14).

Es importante que nos demos cuenta de que Jesús corre la cortina y nos deja ver lo que sucederá el glorioso día cuando Él vuelva para juzgar a vivos y a muertos. Dice que “muchas” personas querrán entrar al cielo por las obras que hicieron en la tierra. Sin embargo, cuando sus obras sean expuestas y juzgadas, Cristo mismo los echará de su presencia y no los dejará entrar al cielo.

“Así será en el fin del mundo; los ángeles saldrán, y sacarán a los malos de entre los justos, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes” (Mt. 13:49-50).

Una vida religiosa fundada en obras no salva a nadie. Solo los creyentes que se arrepienten genuinamente de sus pecados y se apartan del mal para obedecer con fidelidad la Palabra de Dios, son verdaderamente salvos. Por lo tanto, “Sed hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos” (Stg. 1:22).

Numerosas personas se engañan a sí mismas; creen que han alcanzado la salvación porque se desgastan haciendo toda clase de obras. El real problema de estas personas no es el servicio que prestan, sino su motivación.

Dios conoce el corazón humano y prueba sus pensamientos. Podemos jugar a ser cristianos y engañarnos a nosotros mismos, pero nadie puede engañar a Dios. “Yo, el Señor, escudriño el corazón, pruebo los pensamientos, para dar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus obras (Jer. 17:10).

Jesús condenó la actitud hipócrita de los fariseos que hacían obras de caridad, daban ofrendas y hacían largas oraciones para ser vistos y alabados por la gente. “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt.6:1).

Toda obra, por muy buena que esta sea, pierde valor ante los ojos de Dios si se realiza con motivos egoístas. Por eso, los creyentes debemos examinar muestras motivaciones. Corremos el peligro de caer en la hipocresía y autoengañarnos.

La verdadera fe produce frutos de arrepentimiento. El creyente salvo vive contrito y humillado (Sal. 51:17). Sabe que no puede hacer nada por sí mismo para alcanzar la salvación de su alma. Cuando medita en el sufrimiento inmerecido de Cristo para pagar con Su sangre el precio por sus pecados, siente profundo dolor y se aparta del mal.

El verdadero creyente lucha con su naturaleza pecaminosa. Se esfuerza día tras día para no pecar, pero cuando falla acude a Jesucristo, su abogado defensor (1 Jn. 2). La obra intercesora de Cristo a favor de los Suyos es una garantía de la salvación. 

El creyente verdadero obedece a Dios. Aquel que desea saber si realmente es salvo, pregúntese si obedece los mandamientos del Señor. “Y en esto sabemos que hemos llegado a conocerle: si guardamos sus mandamientos”. (1 Jn. 2:3).

El creyente verdadero espera ansiosamente el regreso de Cristo. Los salvos guardan en su corazón la bendita esperanza del evangelio, la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús. (Tit. 2:13).

Los que han nacido de Dios, aman a su prójimo (Mt. 22:39), aman a sus hermanos en la fe (1 Jn. 4:21), aman y oran por sus enemigos (Mt. 5:44). El amor abnegado es la cualidad que distingue a los creyentes verdaderos. Jesús declaró: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn. 13: 35).

El camino del creyente es angosto, muchas veces espinoso. No es fácil entrar por la puerta estrecha. Por eso, Jesucristo les pidió a sus discípulos que calcularan el costo de seguirlo. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mt. 16:24).

El pastor John MacArthur dice que “la salvación es por la gracia sola, pero no es sencillo alcanzarla. Se necesita el conocimiento de la verdad, arrepentimiento, sumisión a Cristo como Señor, y el deseo de obedecer su voluntad y su Palabra”.

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