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Una inmigrante mexicana lucha por sobrevivir en Las Vegas

Norma Flores carga bolsas con alimentos a su pequeña casa en Henderson, Nevada, el martes 10 de noviembre de 2020. Flores es una inmigrante mexicana que pasó dos décadas trabajando como mesera en el hotel Fiesta antes de que llegara la pandemia de COVID-19 y perdiera su trabajo. En este momento, su imperio es una casa de bloques de hormigón en la que viven seis nietos, la mayoría de ellos tomando clases en línea. Teme cuando escucha a un maestro preguntar qué tienen los estudiantes para sus almuerzos y refrigerios. Rara vez tiene suficiente comida. (AP Foto/Wong Maye-E)
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LAS VEGAS (AP) — Durante décadas, los vecindarios de clase trabajadora de Las Vegas atrajeron a los inmigrantes. Acogidos por una ciudad en constante crecimiento con un apetito aparentemente interminable por trabajadores, vinieron de Etiopía, India y Filipinas, pero sobre todo de América Latina, especialmente de México.

Estos trabajadores cambiaron Las Vegas, pero la economía de la ciudad quedó destrozada por la pandemia. En un Estados Unidos batallando con el impacto económico del coronavirus, ejércitos de amas de casa y camareras desempleadas están luchando contra el desempleo.

El casino donde trabajaba Norma Flores ha estado cerrado desde hace meses. Las habitaciones del hotel están vacías. En la fachada, el letrero de tres pisos de alto que alguna vez atraía a los jugadores con margaritas de 1,99 dólares ahora anuncia un banco de alimentos en el estacionamiento todos los jueves.

“8 a.m. hasta que se distribuya toda la comida”, dice el letrero en el hotel Fiesta de Henderson, en Nevada.

No se suponía que las cosas fueran así en Estados Unidos.

“Vine aquí para conquistar Estados Unidos, para decir ‘este es el lugar donde quiero estar, donde construiré mi imperio’”, dice Flores, una inmigrante mexicana que pasó dos décadas trabajando como mesera en el Fiesta antes de que llegara la pandemia de COVID-19 y perdiera su trabajo.

En este momento, su imperio es una casa de bloques de hormigón en la que viven seis nietos, la mayoría de ellos tomando clases en línea. Teme cuando escucha a un maestro preguntar qué tienen los estudiantes para sus almuerzos y refrigerios. Rara vez tiene suficiente comida.

Ser un inmigrante en Las Vegas es ver la economía del coronavirus en su peor momento.

Los visitantes se desplomaron en más del 90% en medio de los cierres por coronavirus en Estados Unidos. El desempleo del estado se disparó al 28%, el peor de toda la nación.

En todo Estados Unidos los trabajadores inmigrantes sufrieron desproporcionadamente más después de la llegada del COVID-19. Pero su enorme presencia en la industria hotelera de Las Vegas, donde forman la columna vertebral de la clase trabajadora de innumerables hoteles, casinos y restaurantes, significó un tipo especial de devastación.

Flores dice que a menudo se queda despierta por la noche, preocupada por no tener dinero para la comida, el alquiler y la gasolina. Al igual que millones de personas en Estados Unidos, las prestaciones que recibe del gobierno por desempleo se agotarán el día después de Navidad. Está aterrorizada de que su familia pueda terminar sin hogar.

“Tengo miedo de despertarme mañana y no comer nada”, dice sentada fuera de su casita.

A una cuadra de distancia, el tráfico pasaba retumbando por la carretera de seis carriles que atraviesa la ciudad. “Tengo miedo de estar allí”.

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Tres periodistas de The Associated Press — un reportero, un fotógrafo y un videorreportero — fuimos al Oeste en una travesía por el país, que nos ha llevado a una decena de estados, donde hemos hablado con personas afectadas por las mismas sacudidas de 2020.

Una oración en un periódico nos trajo aquí: Más de la mitad de los miembros del poderoso Sindicato de Trabajadores Culinarios en Las Vegas siguen desempleados más de ocho meses después del inicio de la pandemia. La mayoría de sus miembros son inmigrantes o minorías raciales.

Durante décadas, los barrios de clase trabajadora que rodean Las Vegas han atraído a los extranjeros. Su arribo cambió Las Vegas y Nevada. Uno de cada cinco de los residentes del estado es inmigrante.

Ahora, esos barrios de trabajadores inmigrantes son el hogar de ejércitos de camareros y mucamas desempleados.

Hay un peluquero filipino despedido por su salón de belleza y desesperado por conseguir medicina para la diabetes. Está un camboyano que tuvo que cerrar su pequeño restaurante.

Y tiene a Norma Flores.

Flores, de 54 años, no ha trabajado desde marzo, cuando cerraron los casinos de Nevada. Recibe 322 dólares semanales por desempleo, pero está ayudando a mantener a un hijo, una hija y seis nietos que se mudaron con ella al desplomarse la economía del estado.

Su vida se ha vuelto una batalla con las matemáticas de las finanzas personales ¿Hay suficiente dinero para pagar los 831 dólares de alquiler? ¿Cuánta comida queda en el refrigerador?

Ella calcula hasta por un dólar cuánto dinero le queda hasta el arribo del próximo cheque, pero a veces es el corazón el que hace los cálculos.

Una mañana en el otoño, cuando Flores estaba junto a la caja de un supermercado, la cajera la preguntó si quería donar para un banco de alimentos local.

“Hoy no puedo”, dijo Flores.

Mete la mano en el bolso y cuenta cuidadosamente 17 dólares por sus provisiones. Entonces mira lo que le queda y le entrega un dólar al cajero para el banco de alimentos.

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Las Vegas se promociona con sueños de riqueza, lujo y sexo, pero en realidad los apostadores llevan jeans y shorts, no trajes.

Un reportero con la ropa arrugada no se distingue especialmente.

”¡Los tragamonedas más fáciles de Las Vegas!”, dice un anuncio en un casino. “20% de descuento para los locales”, dice una valla anunciadora de una tienda de marihuana.

Sin embargo, este mundo poco glamoroso permitió hasta hace apenas unos meses que decenas de miles de personas llegaran a la clase media, especialmente aquellas con un empleo sindicalizado.

El miembro promedio del Sindicato Culinario gana 25 dólares la hora, con todo y prestaciones.

Por un tiempo, esa vida de clase media estaba al alcance de Flores.

Hace 30 años, ella dejó un trabajo en una fábrica en México para seguir a su entonces esposo a Estados Unidos. Encontró trabajo en el casino Henderson, primero como camarera en un café y más tarde en un restaurante de buffet. Luego tuvieron seis hijos.

El matrimonio se desplomó. Ella compró una casa, pero la perdió cuando no pudo pagar la hipoteca.

En marzo, con el estallido de la pandemia, fue dejada de licencia sin sueldo. En mayo fue despedida.

El complejo donde ella trabajaba está apenas a unos minutos de su casa, pero eso ya no importa.

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Las cosas están mejorando un poco en Las Vegas ahora. Los casinos fueron autorizados a reabrir en junio. E número de visitantes llegó a casi 1,9 millones en octubre, mucho más que en abril, pero aun así es 49% de un año atrás.

Sin embargo, la tasa local de desempleo en septiembre seguía en 14,8%, casi el doble del promedio nacional.

Para un novicio, los casinos se ven llenos, pero para el conocedor, la ciudad está calada.

Las Vegas vive de las muchedumbres, con la gente caminando hombro con hombro por las aceras hacia los casinos.

Ahora, las habitaciones de hotel que usualmente cuestan 300 dólares la noche pueden alquilarse por 90.

Esos descuentos son una mala señal para personas como Flores. Aunque ella no siente un amor especial por los turistas —“no creo que sepan lo duro que trabajamos”— añora su regreso.

“Si no vienen a jugar”, añade, “nosotros no tenemos dinero”.

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LA CARICATURA DE REINALDO

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