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Un silencio indigno

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Las noticias que nos inundan en el diminuto mundo en que vivimos parecen ser acompañadas de un ensordecedor silencio. Nuestras lastimosas condiciones de vida se disuelven en la nada. Existe una clara negación a la acentuada polarización que vivimos los seres humanos en nuestro planeta. Esa brecha entre los que tienen y los que no poseen, cada día es más profunda. Se repiten, una y otra vez, las practicas educativas obsoletas y retrogradas que impiden que el ser humano desarrolle su inteligencia al máximo. Esos impostores dedicados a confundir, idólatras del oscurantismo, cultivadores de limitantes ideas siguen una frenética búsqueda de lo material, olvidando los más elementales fundamentos de justicia, creando un ambiente de duda y de miedo dándole paso a una gradual deshumanización y a una peligrosa violencia.

Existe la necesidad de crearnos conciencia de que hay relación entre los problemas que tenemos y la historia del mundo en que vivimos. Hay muchas razones para preocuparnos pues tenemos que responder a las generaciones venideras y a aquellos con quien compartimos el único planeta que tenemos.

Y no nos indignamos.

Y guardamos silencio.

Esa ambición desmedida a costa de los que están en posiciones más vulnerables y el abuso de poder (siempre oculto en tentadora y fraudulenta envoltura) son algunos factores que desde tiempos inmemoriales nos han afectado. Es cierto que el ser humano se ha acostumbrado a ser abusado y que la educación y los medios noticiosos son y han sido instrumentos para mantener a los pueblos en un estado de bochornosa ignorancia y sumisión extrema.

Y no nos indignamos.

Y guardamos silencio.

Todos buscamos soluciones a la presente crisis. Nos preguntamos unos a otros las razones por las cuales ocurre el desangre de nuestros valores. Nos escondemos en bochornosa actitud cuando reconocemos la injusticia. Quizás porque nos da vergüenza.

Nos preguntamos porque los servicios de salud y educación son tan deficientes para muchos y peores para otros. Nos preguntamos por qué muchos no tienen un techo seguro y por qué existen esos elevados niveles de violencia. Nos preguntamos el porqué del hambre. Nos preguntamos, mil veces, el porqué de nuestra indiferencia ante el dolor de nuestros hermanos y hermanas.

Y no nos indignamos.

Y guardamos silencio.

Estas reflexiones no son para que el lector se bañe en un valle de lágrimas. Tampoco se trata de dejar unas monedas cuando pasen la canastilla para justificar su silencio.

No es enterrar la cabeza en la tierra ignorando lo que ocurre a nuestro derredor.

Se trata de ir más allá que eso… hay que crear conciencia. Hay que defender las causas justas, aunque no aparenten ser nuestras.

Se trata de esa continua y pesada búsqueda señalando lo injusto y luchando por la verdad.

Hay que señalar las mentiras y exigir responsabilidades.

Tenemos que defender los derechos del vecino y los del necesitado.

Tenemos que cuestionar el por qué hay deambulantes y adictos.

Tenemos que denunciar la mentira que engaña y decepciona.

Hay que crear alternativas válidas para todos para que se nos devuelva la dignidad, los valores y el respeto que todos nos merecemos.

Tenemos mucho que hacer.

Tenemos que indignarnos y no guardar silencio.

Tenemos que recordar que los gobiernos fueron creados por la gente para servirle a los pueblos, no para que los pueblos les rinda pleitesía a los que gobiernan. Es tener compasión, ser recto y divorciarnos de lo trivial y lo plástico. Tenemos que hacer de este mundo uno nuestro, sin distinciones de raza, de credo, de género o de nacionalidad. Tenemos que cuidarlo con celo porque después de todo no tenemos otro más. Tenemos que ser responsables con el presente para que en el futuro los que nos hereden tengan un mundo mejor.

¿Es que no nos indignan esas asfixiantes conferencias de prensa, esos comentarios absurdos o mentiras descaradas? ¿Por qué no rompemos el silencio ante los atropellos y abusos a la humanidad?

¿Por qué tenemos que callar ante los burdos engaños que insultan la inteligencia de los pueblos? ¿Por qué permitimos que le roben a nuestra juventud la esperanza de un mundo mejor?  

Aturdidos hemos perdido el norte del verdadero sentido de la vida. Nos hemos deshumanizado, acobardados por un vil materialismo que nos arropa. Buscamos en el fanatismo religioso la solución de nuestros problemas, pero guardamos silencio ante las mentiras y el acoso a que se somete a nuestro pueblo. Estoy harto de las charlatanerías, de la retórica inservible, de diálogos inútiles como si vivieran en otro mundo que no es el nuestro.

Y no nos indignamos.

Y guardamos silencio.

Hacerlo es negarnos que existimos, que pensamos, que sentimos. Nos indignamos porque amamos. Indignarse es tener dignidad. Romper con el silencio es estar vivo.

¡Indígnate! No guardes silencio.

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LA CARICATURA DE REINALDO

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