Publicidad

Columnistas

La Sala 2

Share on print
Print
Share on email
Email
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on whatsapp
WhatsApp

Por Argemino Barro. Nueva York

Sala 2: El reino del Partido Único Mediático de Estados Unidos

El ecosistema mediático de EEUU se ha convertido en una burbuja cada vez más cerrada y endogámica que ha terminado viviendo en una habitación lujosa pero aislada: la Sala 1

El demonio fue vencido y los Estados Unidos bellos y prósperos, educados, multiculturales, progresistas, elocuentes, solidarios, modernos, compasivos y sensibles, que solo son los Estados Unidos demócratas, pudieron recuperar la presidencia y el Senado. Con apoyo del oligopolio californiano de las redes sociales, su mensaje se expande ahora por los cuatro costados del país: la tierra prometida resplandece más que nunca. El fascismo ha perdido. La vida es una fiesta… O esa es la idea que transmite la televisión.

“Lo que más odia la derecha de los demócratas es que los demócratas tienen la cultura”, dijo Joy Reid, presentadora estrella de MSNBC, poco después de que Joe Biden jurase la presidencia. “Tienen la cultura de Hollywood, la cultura glamurosa. Y la derecha lo odia. Sienten que la cultura es demasiado ‘woke’, demasiado multicultural, ya no hay un John Wayne… ¡Y lo odian! Pero también lo envidian. Desearían tenerla”.

Estados Unidos goza del sector periodístico más potente del mundo; pocos, o nadie, llegan a su nivel técnico y deontológico. Sus periódicos son la punta de lanza global: lo que nace en ellos, como los departamentos de verificación, el periodismo de datos, las ‘newsletter’ o esas historias que el reportero tarda seis meses en escribir, se imita luego (en la medida de lo posible) en las redacciones de otros países. Tal es el testimonio de su espíritu pionero y, por ahora, relativamente acaudalado.

Al mismo tiempo, sin embargo, esta variada industria ha ido tomando un color ideológico uniforme. Se ha ido convirtiendo en una burbuja cada vez más cerrada y endogámica; una estructura que se calcifica de tanto oírse su propia voz, y que ha terminado, en gran parte, viviendo en una habitación lujosa pero aislada: la Sala 1.

El proceso por el que virtualmente todos los grandes periódicos de Estados Unidos, salvo el moderado conservador ‘The Wall Street Journal’ y todos los grandes canales de televisión, salvo Fox News, tienden a la izquierda empieza en las universidades. Los campus de EEUU se han convertido en monocultivos progresistas.

Según los datos del Higher Education Research Institute, en 2014 había seis profesores de izquierdas por cada docente conservador. Una proporción mucho mayor en Humanidades y Ciencias Sociales (17 contra uno en Psicología en 2017) y aún más en las selectas universidades de Nueva Inglaterra, nido de las élites de la Costa Este. Aquí la proporción, dicen los números de 2014, es de 28 contra uno. Una vez más: 28 docentes progresistas por cada docente conservador.

Encontrar a un profesor universitario de derechas es como ver a un oso polar dándose un paseo por La Habana o Santo Domingo. Y aquellos que, reuniendo un poco de valentía, salen del armario y ponen algún que otro pero a las doctrinas identitarias que se van extendiendo por las ramas de la sociología o la ciencia política pueden acabar acosados, golpeados o sin trabajo. Aquí una lista.

Lo que pasa en las universidades se reproduce cinco años después, suele decirse, en el resto de la sociedad: al menos en sus altas instancias. De ahí que, en los últimos dos años, los escraches o las campañas “antirracistas” que se habían convertido en moneda habitual en el campus hayan dado el salto a las fundaciones, las empresas, otras universidades y por supuesto las redacciones de los medios de comunicación.

Ahora en ‘The New York Times’, ‘The Washington Post’ o la CNN existen, aproximadamente, dos generaciones: la de los periodistas veteranos, que llegaron a formarse en el mundo analógico y del periodismo clásico, y la de los periodistas jóvenes que van saliendo de los nuevos monocultivos universitarios, y que tienden a mirar al universo por la lente de indentitarismo ‘woke’: más dispuestos a denunciar comportamientos sospechosos y a librar una guerra en Twitter. Un fenómeno que ya fue apreciado en 2018 y en 2019, y que durante las protestas contra el racismo y la violencia policial del verano pasado se ha hecho más que evidente.

Otro factor en este proceso de uniformización son las dificultades económicas de los medios. Según Pew Research Center, las redacciones de los periódicos en EEUU han perdido la mitad de sus empleados desde 2008. Una sangría especialmente salvaje en las pequeñas localidades y comunidades del interior, 1.200 de las cuales no tienen, dice un estudio de la Universidad de Carolina del Norte, ninguna cabecera propia. Un apagón informativo que ha ido dejándolos a merced de los grandes nacionales, cuyos contenidos, muchas veces, ni les van ni les vienen.

Una manera que tienen los periódicos de mantenerse a flote es adoptando las dinámicas virales de Twitter: guerreando, politizándose. “La escasez económica resultante, la competición frenética por dinero de la publicidad y la búsqueda ciega de clics han hecho que muchos medios den a los consumidores lo que los editores creen que las audiencias quieren, no lo que los ciudadanos educados necesitan”, escribe Judith Miller, experiodista del ‘New York Times’ y miembro del Manhattan Institute. “Las noticias políticas que refuerzan los sesgos de sus lectores generan más tráfico que aquellas que los desafían con hechos incómodos”.

Esta es una de las razones por las que se le declaró la guerra a Donald Trump, más allá de los defectos, escándalos y la actitud agresiva de este, desde el minuto uno, y por las que la Administración Biden sigue de aparente luna de miel con las grandes cabeceras. “En lugar de hacer preguntas duras acerca de Biden, rápidamente se convirtieron en sus mensajeros”, dice Miller. “Solo los medios conservadores han presionado a Biden sobre cómo gestionará los presuntos esfuerzos de su hijo, Hunter, para hacer dinero con la influencia de su padre, incluso después de que el joven Biden reconociera que está siendo investigado por transgresiones fiscales”.

¿Y cuáles son esos medios conservadores? Fox News es el más evidente, pero una parte de sus presentadores son desde hace años los grandes comerciantes de la indignación y el escándalo. Apelan a las audiencias que dejaron atrás los medios progresistas; esa parte del país que detesta ver a un urbanita presumiendo de ser dueño de la “cultura glamurosa” y que eligió a Trump, entre otros motivos, como venganza: para cerrarles la boca unos años a los paladines de la autocomplaciencia.

Luego hay una panoplia de pequeños medios extremadamente politizados, como ‘Townhall’, ‘Federalist’, y los canales Newsmax y OANN, que, entre otras cosas, dieron pábulo a la mentira del fraude electoral que a punto estuvo de costarle la vida a los congresistas, y cuyo daño a la convivencia es probablemente incalculable. Tenemos ‘The Wall Street Journal’ y ‘The National Review’, y algunos nombres independientes que van navegando como pueden este paisaje de estridencias.

Con Donald Trump y compañía fuera de la Casa Blanca y de Twitter, el acceso a la Sala 2 se ha vuelto un poco más difícil: es como si hubieran tapiado su entrada, obligándonos a mirar por algunas rendijas distorsionadas. En su lugar tenemos una especie de gran Partido Único del Progresismo; un monocultivo mediático más sólido que en 2016, cuando la victoria de Trump hizo prometer a los medios que saldrían de su zona de confort y volverían a conectar con el resto de EEUU.

No ha sucedido. Si acaso, el paisaje se ha vuelto más uniforme. Los puentes han sido quemados y los actores de mala fe, que diseminan teorías conspirativas en las redes sociales o en canales de YouTube, explotan ese vacío informativo que no es tan rentable, pero que resultaba vital para la convivencia y la cohesión sociopolítica

VEA MAS CLASIFICADOS

LA CARICATURA DE REINALDO

Te puede interesar Noticias Relacionadas

La Voz Hispana TV

Scroll to Top