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“Me destaparon la presa sin aviso y estoy avergonzado”

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Consulta

Tía Julia,

  Después de pensarlo no dos veces, sino que cinco, me atrevo a molestarla para consultarle acerca de un problema que me ha afectado el amor propio y como decía un pastor, “la” autoestima. Soy un muchacho de 37 abriles del pueblo de Patillas donde todavía celebramos las novenas de San Juan Desesperado y hacemos unas procesiones dedicadas la Virgen de Peñuelas.

  Como muchos jóvenes de mi generación decidí salir de la Isla, “loco de contento con mi cargamento hacia la ciudad, ¡Ay!, hacia la ciudad,” y me vine para acá pa’ afuera para probar suerte, estudiar, trabajar, comprarme un departamento y ¿porque no? casarme con una gringuita para que me enseñara el inglés en el matre.

  Con esfuerzos y un préstamo de estudios, me gradué con honores de barbero/peluquero/ y maquillador de cadáveres y experto en peinados a la moda para hombres y mujeres, sea con el pelo bueno o el pelo malo. Tengo un buen seguro médico al cual no molesté por dieciséis años porque como usted sabe por su edad y experiencia, aquí las compañías ganan de todos modos. También tengo part-time en funerarias para hermosear a los que se fueron a otra dimensión.

  Hace pocas semanas los médicos me encontraron una complicación con unos tejidos de hemorroides (como los que sufre Trump) y unos cosos llamados pólipos que les llamaron su atención. Para ponerse el parche antes de la herida, me mandaron pa’seguida a hacerme una biopsia, unos MRI (el ataúd con ruidos) y unas cosas que creo se llaman Catscán.

  Como primero me enviaron a emergencia, desde allí me mudaron a otros pisos donde una vez que se dieron cuenta, después de meterme los palillos en las narices que no di positivo a la jodienda, me asignaron un cuarto donde tuve que vestirme con un traje ridículo que llaman el Johnny, abierto por detrás y dejando expuesta las nalgas. Como todavía tengo vergüenza, me puse otro como capa para que tapara el tercer ojo y parecía supermán.

  Luego, me acostaron en un lecho que parecía una hamaca sobadora donde me hundí sintiéndome más incómodo que una siesta en un matre mojado. Allí estaba aprendiendo estas malas experiencias cuando repentinamente se abrió la puerta y entraron de un modo sigiloso dos enfermeras gringas jóvenes con máscara que me dijeron en inglés que como me habían cambiado de piso tenían que revisarme el cuerpo.

  Antes de que pudiera defenderme y diciendo “excuse me,” me metieron las manos en el paquete y me desnudaron la presa a la que algunos llaman la anaconda tuerta y por allí siguieron. Antes de que yo pudiera reaccionar ya que recuerde que estaba hundido en la hamaca con ruedas y rejas, me dieron vuelta y me toquetearon las nalgas y la puerta posterior de entrada a las entrañas.

  Ya más recuperado les pregunté ofendido acerca de que examen era ese y me respondieron que como venía de otro piso tenían que estar segura de que no traía heridas en las partes íntimas. “A mi nadie me ha violado,” dije con encono infinito, pero las tipas se fueron pa’rapido después de hacerme firmar un papel amarillo donde yo acreditaba que no me habían hecho daño.

  Al día siguiente me dijeron que me trasladarían a otro piso porque no tenia el Covis y allí tía, ¡otra vez! llegó la invasión con otras tres gringas flacas que de nuevo me dejaron más tocado que pandereta de aleluya.

  El problema tía es que yo soy muy peludo y mi presa no es del tamaño de lo de los tipos de las películas porno, sino que más bien chiquita. El tamaño yo lo compenso con técnicas efectivas tales como “el Trencito triqui traque,” “el Mambo número 9,” y el “Hula, Hula con impulso en reversa.”

  Tía, me he sentido ultrajado y no quiero que si algún día voy al DD de la avenida Washington me encuentre con las manoseadoras y se rían de mí. ¿Piensa usted que tengo material para una demanda con una abogado del patio por acoso sexual con premeditación, alevosía e intenciones voluptuosas?

  Le agradeceré me responda pronto porque deberé hacerme más exámenes y ya no quiero que me sigan tocando, me trajinen las entrañas, ni me saquen fotos de la presa y del tercer ojo.

Carlitos

Respuesta

  Muchacho te sacaste el premiado y tu carta me impresionó mucho demasiado porque sufriste un ataque inesperado aprovechando que tenías el fatídico traje llamado Johnny que expone la parte más vulnerables del soma de pacientes hombres o mujeres. Las circunstancias de la invasión son curiosas y consulté con un amigo que trabaja limpiando los quirófanos y me dijo que ya había recibido reclamos por estos exámenes imprevistos y a veces tortuosos. Dice que consultó con su novia que trabaja en la recepción de emergencia y esta le dijo de un modo confidencial que eso es una rutina hospitalaria para asegurarse que el enfermo no tenga otra condición médica aun no detectada.

  Sin embargo, otra conocida de mi amigo que también le trabaja con el mapo limpiando plasma derramado, dijo que cuando te admiten en el hospital especialmente en la unidad de emergencia, te hacen firmar un papel donde autorizas toqueteos, manipulaciones abdominales, clavadas para sacarte sangre, y en el caso que estés más malito, un aparato que permite que desagües a través de una manguerita adherida a la cabeza inferior y me han dicho que todo eso duele.

  Dudo que las gringuitas que te manipularon allí lo hubiesen hecho con intenciones perversas o perniciosas. Por lo demás estaban con la mascarita así es que es mejor que te resignes a los toqueteos porque es por tu bien.

  Pero escucha esto. Según otra amiga que trabaja de ayudante de enfermera en el tercer turno, ha habido casos de gente que se dañan a sí mismas y después demandan. A mi no me consta porque esto es un tema de abogados del patio que cogen todo tipo de casos.

  Carlitos, por tu edad deberás acostumbrarte a ciertos exámenes que se hacen por tu bien. Eso duele y ofende, pero para examinar la próstata perderás la virginidad, al igual que otros procedimientos. Estos exámenes no excluyen a las féminas así es que mal de muchos, consuelo de víctimas.

  De todas maneras, déjame decirte que las compañías de seguro y los mismos hospitales proveen si es que lo necesitas un consejero del paciente o como decía Shakespeare en la gran obra Hamlet donde este jovencito estaba enamorado de la mamá, “Patient advocate” que sin costo alguno escuchará tus preocupaciones, desasosiegos y perturbaciones íntimas, y tratará de corregir problemas en el sistema hospitalario ya que cada ser humano es distinto.

  Comprenderás Carlitos que con esto de la llegada de un nuevo aparato a control remoto al planeta Marte donde Trump piensa vender parcelas, la lamentable muerte de más 500,000 víctimas del Covis-19, y el asalto al Congreso por parte de unos facinerosos sin trabajo conocido, hay situaciones como la tuya que no tienen la envergadura, magnitud ni trascendencia de tu experiencia hospitalaria y como le decía mi abuelo a mi abuelita, “Mija, no seapene.” Un señor sabido que es matemático nos decía que el número de victimas de la Pandemia en USA iguala a las perdidas humanas de este país en tres guerras y este es un problema. Ya vendrán los robots que te hagan los exámenes antes mencionados y por ahora, olvídate de la anestesia para pasar el mal rato.

  Suerte con tus exámenes médicos, tratamientos y paciencia que más se perdió en la guerra. Considera que la vacuna es el antebrazo y no en la nalga para que esto te sirva de consuelo.

Tía Julia

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