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El porqué de las cosas…, por Jorge L. Limeres Gregory

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Sospecho que todo el mundo, aun en nuestra niñez nos hemos preguntado en algún momento el porqué de las cosas. En nuestros años infantiles aun con aparente insignificancia, hacíamos mil preguntas, respondiendo esto a la natural curiosidad que todo ser humano lleva dentro de sí. Lo observamos con nuestros hij@s y lo vemos con l@s niet@s, como es que a medida que van madurando nos someten a los interrogatorios más rigurosos, tratando de satisfacer ese legitimo interés. Los adultos despachamos esos inocentes cuestionamientos posiblemente con una negativa rotunda o con una aseveración poco ilustrativa o peor aún con una repuesta disparatada. Los que buscan una contestación a su pregunta, en la mayoría de los casos, no recibe el estímulo necesario para cultivar su intelecto o ampliar sus horizontes. Las preguntas y repuestas que recibe un@ niñ@ a temprana edad será determinante en el desarrollo de su capacidad, de su intensidad y su deseo de satisfacer la curiosidad y buscar el porqué de las cosas. Actitud fundamental para la búsqueda de la verdad. Para desgracia humana lo que debería ser el punto de partida para el crecimiento intelectual y emocional del hombre, es el momento donde comienza el largo y triste camino al miedo, a las desviaciones y al silencio del ser humano. Es donde se interrumpe en demasiadas ocasiones la natural curiosidad y el tan vital porqué de la vida.

Desde que tengo uso de razón recuerdo que mi padre repetía incesantemente que había que respetar a los que respetaran a uno. Aquella afirmación se convirtió en ley para mí y luego la repetía yo incansablemente a mis descendientes. Inicialmente en mi niñez lo acepte porque lo que decía mi padre era ley, pero en mis primeros años universitarios surgieron nuevas y viejas inquietudes, gracias a algunos profesores universitarios y la curiosidad y la búsqueda de la verdad resurgió nuevamente. Ya yo estaba “acostumbrado” a “respetar” todo. Sin cuestionamientos. Respetaba a mi madre, a mi padre, a mis abuel@s, a mis ti@s, a los prim@s mayores. A estos le añadimos l@s maestr@s, los curas, las monjas, el pastor, los policías, los mayores, los vecinos; en fin, casi todo lo que se moviera o respirara. Naturalmente, respetar significaba no cuestionar en ningún momento cualquier acción o palabra que emitiera ninguno de los anteriormente mencionados. Esto me dejaba en el limitado mundo de niños de mi edad o menores que yo. Respetar era sin duda alguna el equivalente a la ley de la mordaza, versión familiar.

Que quede claro que yo no tengo objeciones a que se respete, el problema con esto es que en la práctica se ha utilizado para limitar el derecho a diferir de planteamientos que uno no esté de acuerdo con ellos. Esta mordaza ha sido equivocadamente usada como uno de los instrumentos para “domesticar” y “docilitar” al ser humano. El control ejercido sobre la humanidad ha sido erróneamente usado a nombre del “respeto” que se merecen las instituciones, las tradiciones y el mal ejercido poder, aunque estos violenten la dignidad y la vida misma del ser humano.

Hoy ante el deterioro en que vivimos, culpamos nuestro creado colapso a las once mil excusas imaginables, todas aprendidas en el folclor de la calle o en los sistemas educativos o los medios noticiosos. Todas de cuestionable procedencia y de dudosas fuentes.

Son pocos los que se preguntan el porqué de las cosas y hacen esfuerzos mínimos de ir más allá de los límites que nos impusieron los tradicionales respetos o miedos sembrados en nuestra psiquis por siglos y siglos.

No se equivoquen cuando yo afirmo que el respeto es un valor defendible; lo que yo no justifico ni respeto es que continuemos con la deteriorante practica de la mentira y el engaño. Continuar “respetando” y por ende acatando la mediocridad y el fraude en cualquier parte del mundo es un crimen, permitirlo y tolerarlo en nuestro derredor, afectando a los millones de inocentes que nos rodean, destruyendo nuestros valores y burlándose de nuestra ignorancia o ingenuidad no es aceptable y mucho menos permisible. No importa quien diga lo contrario o que lo enmascare con una elocuencia hueca y descarada.

No respeto a los que envalentonados con el poder que ostentan nos traten como esclavos de sus estupideces y sordidez. No puedo respetar la vileza de esos payasos políticos que en sus elucubraciones inmorales envuelven a los puertorriqueños y pretenden que se les respete. En un cercano pasado fue la figura del sátrapa de Trump, antes que él, fueron múltiples los que han abusado de ese “respeto” que exigen. Hoy figuras como Biden y Blumenthal (el de Connecticut) se entrometen en las decisiones que solo les competen a los puertorriqueños. También tenemos en Puerto Rico una cantidad de aves de rapiña con una ausente columna vertebral que repiten como ignorantes fotutos la consigna de que la estadidad nos traerá igualdad y que tenemos derecho a ser estado. Esas estúpidas aseveraciones de los creyentes de la estadidad son insultos a la inteligencia de cualquier puertorriqueño que tenga dos dedos de frente. Esa continua intromisión de los poderes políticos y económicos en nuestra nación no son tolerables. Puerto Rico tiene el derecho inalienable a su propia determinación.

Busquemos el porqué de las cosas, busquemos con sabiduría la verdad del asunto. No hay cabida en el mundo en que vivimos de las insidiosas maquinaciones de los que pretenden ocultar la verdad o de los que excusan estos aborrecibles actos con evasivas superficiales.

Tenemos que romper con las cadenas que nos atan a la mediocridad.

Busquemos el porqué de la inequidad. Exijamos la verdad.

Entonces haremos justicia y comenzaremos a ser libres.

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LA CARICATURA DE REINALDO

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