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¿Por qué se deprimen nuestros hijos?, por Liliana González de Benítez

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Son innumerables las causas que pueden deprimir a un niño. Ellos están expuestos a numerosas trampas. Internet y las redes sociales son una de ellas. Hay datos estadísticos que indican que los adolescentes pasan nueve horas al día con los ojos pegados a sus pantallas. A partir de los trece años un chico puede crearse un perfil en Instagram y Facebook. Y algunos menores de trece tienen acceso a estas plataformas, con o sin la autorización de sus padres.

La mente de un niño es muy frágil. Puede ser herido o dañado fácilmente. Con solo deslizar su pulgar por su Smartphone será aguijoneado con falsos y ponzoñosos pensamientos: ¿Por qué no soy tan popular? ¿Por qué no tengo ese cabello? ¿Por qué no soy tan atlético? ¿Por qué no tengo treinta mil seguidores y mil “me gusta” en mis fotos?

La presión social a la que se ven sometidos nuestros hijos es abrumadora. Al ver las fotos de la aparente “vida perfecta” que postean sus amigos creen que sus vidas son miserables. Al compararse con el seudo mundo de Instagram donde a todos les va bien, visten a la moda, viajan a lugares paradisiacos, comen en los mejores restaurantes, se sienten desdichados porque no pueden alcanzar esos falsos parámetros de felicidad. 

La tecnología es un arma de doble filo. Por un lado, tiene enormes beneficios, pero también está llena de peligros. Un informe del “Journal of the American Medical Association”, (Revista de la Asociación Médica de EE. UU), indicó que en el 2017 el ritmo al que los jóvenes estadounidenses se quitaron la vida alcanzó una marca histórica. Entre la larga lista de causas que han contribuido al aumento de los suicidios juveniles, las investigaciones arrojaron altos índices de depresión y ansiedad por los niveles sin precedentes de uso de los medios sociales. 

¿Cómo podemos ayudarlos?

Oremos por nuestros hijos.  No podemos dejar a nuestros niños y adolescentes a merced de las trampas del mundo (Ef. 6:11). Oremos primeramente por la salvación de sus almas. Sin la obra salvadora de Cristo nuestros hijos están en completa oscuridad. Se hayan en un estado de depravación que los arrastra y esclaviza al pecado (Sal. 51:5; Prov. 5:22).

Acerquemos a nuestros hijos a Dios. Las madres cristianas tenemos el llamado a predicar el evangelio en nuestros hogares. Ningún otro servicio a Dios es más importante. Un niño que diligentemente es entrenado en “el camino en que debe andar” (Prov. 22:6) no estará libre de los peligros de este mundo, pero gracias a la preciosa semilla sembrada en su infancia tendrá los sentidos ejercitados para discernir entre el bien y el mal (Heb. 5:14).

Prediquemos con el ejemplo. Los niños aprenden por imitación. No basta con decirles lo que es correcto, hay que enseñarlos con el ejemplo. Los padres somos los primeros maestros de nuestros hijos. Debemos estar atentos a cómo nos comportamos frente a ellos: ¿Qué estamos haciendo en nuestros hogares cuando nuestros niños nos miran?  Si pasamos horas frente a la pantalla del móvil, ¿cómo podremos exigirles que limiten su tiempo en las redes sociales? Si no oramos ni leemos la Biblia con ellos, ¿cómo podrán confiar en Dios? En este mundo del selfie es vital que les enseñemos a los niños y jóvenes (¡con el ejemplo!) que su sed apremiante de satisfacción plena solo puede ser saciada en Cristo.

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