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Caminando en sumisión diaria

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¿Conoces la historia del joven rico y Jesús? Supongamos que el pasaje bíblico ocurre en nuestros días. Un joven vestido al estilo de Armani, baja de su Ferrari, saca un fino pañuelo de su bolsillo y limpia un insignificante sucio de la carrocería. Al ver a Jesús, le pregunta:

“Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le responde: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios. Tú sabes los mandamientos: «NO COMETAS ADULTERIO, NO MATES, NO HURTES, NO DES FALSO TESTIMONIO, HONRA A TU PADRE Y A TU MADRE». Y él dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. Cuando Jesús oyó esto, le dijo: Te falta todavía una cosa; vende todo lo que tienes y reparte entre los pobres, y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sígueme” (Lc. 18:18- 22).

Después de escuchar la respuesta de Jesús, el joven miró su reloj de diamantes, su resplandeciente automóvil, la rubia que lo acompañaba y se afligió mucho, porque no estaba dispuesto a perder su exuberante fortuna para seguir a Cristo.

Jesús no pretendía convencer al joven de que se volviera filántropo para que heredara la vida eterna, más bien buscaba revelarle lo que había en su corazón: un apego desmedido hacia el dinero y los bienes materiales que le impedía ver el estado agónico de su alma, arrepentirse de sus pecados y seguir al Único que podría darle salvación.

Hay personas que piensan que como no han matado, no han robado, no han cometido adulterio y de vez en cuando ayudan al pobre, irán al cielo (lo mismo que creía el joven rico). El asunto es que los que piensan de ese modo no han entendido que la justificación no es por obras, sino por la sola gracia de Dios.

La salvación es un regalo inmerecido. Costó la santísima sangre de Jesucristo. Ningún creyente debe jactarse por haber alcanzado misericordia. Al contrario, la salvación de nuestras almas debe humillarnos, porque si no fuera por la gracia del Señor estaríamos destinados a la ira de Dios (Rom. 2:5).

La reflexión aquí queda hermosamente expresada en las icónicas palabras del salmista: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Sal. 51:17). Dios ama al humilde, al que reconoce sus pecados, renunciamos a su vieja manera de vivir y busca día tras día la gracia de Dios para obedecer Sus decretos.

Jesús enseñó que el camino al cielo es angosto y la puerta estrecha. El creyente debe vivir en humildad y sumisión diaria a la Palabra de Dios. Esto es más que todos los holocaustos y los sacrificios (Mr. 12:33).

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