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Las generaciones Alfa y Gen Z, sus peculiaridades y el tema de la incomunicación con quienes les procrearon y preceden

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Juan D. Brito

  Mencionar lo que sociólogos y demógrafos han descrito como generaciones identificadas con símbolos de letras, Gen. Z, Gen.Y, distintivos misteriosos como Alfa o palabras como “Milenios”), adquiere suma importancia cuando se habla de los tema de las difíciles relaciones entre padres e hijos, la creciente criminalidad y violencia entre los jóvenes, y el frustrante fracaso de las formas de comunicación entre abuelos y padres de la llamada generación boomer (actualmente entre los 54 y 72 años y que significa en español “niños de las posguerra.”

  Mi generación llega al mundo en los años posteriores al fin de la segunda guerra mundial, pero recordamos la guerra de Corea y la así llamada “guerra fría” entre la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y los Estados Unidos además de sus aliados europeos. Éramos por naturaleza ansiosos escuchando los boletines radiales informando de los avances del comunismo, la posible guerra nuclear y anuncios de acabos de mundo.

  Comparando notas, éramos una generación por lo general obedientes porque nuestros padres y abuelos creían en las técnicas de no permitir que el arbolito se desviara, la fatídica fórmula de “la letra con sangre entra” y el castigo físico aceptado tanto en los hogares como en las escuelas hasta avanzada la década de los años 80’ y 90.;

  De acuerdo a estudios del Pew Research Center publicados en el 2018, nuestra generación era más amistosa, nuestras actividades infantiles y juveniles se desarrollaban en el barrio, en los grupos juveniles de las iglesias, y muchas llevadas a cabo al aire libre. Nuestros juegos eran primordialmente colectivos y de contacto cara a cara, pero sin aceptar relaciones físicas ni noviazgos con frutos.

  No existía en aquellos tiempos la nueva tecnología y dependíamos de la radio y los periódicos cultivando nuestra imaginación leyendo o escuchando las historias de los mayores. Nuestras ventajas en muchos casos era ayudar en tareas físicas en el hogar y los padres y abuelos se daban cuenta de que podíamos escribir mejor y nos pedían ayudas para enviar cartas. Teníamos una capacidad de concentración mayor, leíamos en libros y textos, usualmente éramos de una sola etnia y aprendíamos en grupos, o círculos de estudio. Nuestra meta era estudiar, trabajar y progresar.

  Un nombre para los que ahora tienen entre 22 y 27 años han sido bautizados como los del “milenio,” que ya son padres de familia y tenemos ya nuestras diferencias de crianza.

  Los hijos de nuestra generación se extienden en lo que se denomina la generación Alfa, que incluye a nacidos en el siglo 21 y aquí comienza el problema.

  De acuerdo a quienes clasifican las generaciones, nos hablan de la generación Z nacidos entre 1996 y el 2009 y describen sus características de la siguiente manera. Son individuos con poca capacidad para mantener o desarrollar relaciones con otros. Se creen los sabios de la tecnología y por esos se sienten dominantes comparado con sus abuelos o padres. Su capacidad de atención ha disminuido y son rudos. Son una generación que por lo general vive dentro de sus casas o departamento pegados al celular o al Internet, sus etnias son diversas ya que se ha producido una mezcla entre razas, como es el caso de puertorriqueños y afroamericanos. Viven y dependen de la comunicación celular o del Internet, son menos religiosos y espirituales, y prefieren una enseñanza personalizada. No confían en padres o abuelos y sus metas son vivir independientes y no formalizar matrimonio.

  El fenómeno de la Pandemia agudizó los problemas de comunicación en el hogar y permitió a la que denominaremos la nueva generación entre los 13 y 23 años a sentirse más cómodos estudiando desde su hogar (cuando contaron con acceso al sistema de estudios remotos), y manteniendo primordialmente su comunicación a través del celular, el sistema Facebook, Youtube y el What’s App.

  En la comunidad puertorriqueña si bien en la década de los años 70,’ 80’ y 90’ los nacidos fue la época de familias recién llegadas desde Puerto Rico que aun mantenían una relación más estrecha comunicativa con los niños y jóvenes los cuales colaboraban con sus padres traduciendo en la escuela, cuando las madres o abuelas iban a los hospitales o en situaciones de emergencia. Pero este no es el caso de los llamados niños del milenio cuyas edades se extendieron entre los años 1996 y 2009 y criados en los Estados Unidos.

  El asunto es que estos análisis de edades cronológicas y agrupaciones tales como la generación X, generación Z, generación Alfa no nos dicen mucho salvo que conozcamos y entendamos la forma de comportamiento de los que llamaremos la “nueva generación” de 13 a 23 años.

  Hubo un cambio que se notó primeramente en las escuelas públicas con un creciente problema de conducta y dificultad de aprendizaje y asimilación cultural.

  En Hartford, New Haven y Bridgeport entraron en crisis los programas bilingües y biculturales y los jóvenes pasaron por un proceso creciente de desculturización porque se ajustaron al estilo anglosajón o afroamericano.

  ¿Cómo se aplica esto al problema de la creciente delincuencia, criminalidad tecnológica e incapacidad de padres o abuelos de entender y controlar a sus hijos?

  El aumento de crímenes perpetrados por menores de edad cuyas edades se extienden entre los 13 y 23 años que roban automóviles, llevan cabo actos de vandalismo, hieren o asesinan a terceros, desobedecen a sus padres, pastores, maestros y consejeros, parece un problema insoluble porque las leyes parecieran poco severas para castigar de algún modo que satisfaga a nosotros los adultos, a niños y jóvenes que no pueden ser encarcelados por más de seis horas y son entregados nuevamente a sus padres que no pueden solucionar esta tareas.

  Existe la impresión de que vivimos además el caso creciente de hogares mal constituidos con la ausencia del padre y con madres agobiadas por los problemas de conducta y la desobediencia de sus hijos.

  La representante estatal Minnie González se ha referido a la existencia de un sistema que castiga a los jóvenes, pero a los que no se les proveen oportunidades recreativas sanas y supervisadas.

  Mi impresión es que Hartford nunca ha lidiado de un modo serio con el tema de la violencia, salvo encuentros de profesionales de agencias y de la ciudad en iniciativas de la Universidad de Connecticut allá por la década de los 80,’ y 90’ cuando se agudizaron los problemas intergeneracionales y las pandillas hacían de las suyas en los vecindarios.

  ¿La solución?

  La decisión de lo que quedan de agencias en la comunidad puertorriqueña y afroamericana para reunirnos cara a cara y que el Concilio Hispano de la Salud, las universidades Saint Joseph, la de Connecticut y colegios de la región aporten trabajos de investigación y de organización de la comunidad para lidiar con un problema tan grave como este fenómeno social y político.      

VEA MAS CLASIFICADOS

LA CARICATURA DE REINALDO

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