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Entrenando a nuestros hijos para padecer

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Ningún padre desea ver a su hijo sufrir. Con gusto soportaría sus dolores, curaría sus heridas, y si pudiera, haría desaparecer en un santiamén sus problemas. Pero esto es una ilusión. “El hombre nace para la aflicción, como las chispas vuelan hacia arriba” (Job 5:7).

Por mucho que procuremos proteger a nuestros hijos de las calamidades, ellos tendrán que cruzar el valle de sombra de muerte (Sal. 23:4). Alguien los traicionará, enfermarán, caerán en tentaciones, sepultarán a sus seres amados y sufrirán injusticias. “En el mundo tendrán tribulación…”, afirmó Jesús (Jn. 16:33). 

Nadie está libre de experimentar sufrimiento. Los padres sabios comprenden estas cosas y preparan a sus hijos con las verdades bíblicas que necesitan para enfrentar el sufrimiento. Así como los soldados de un gran ejercito son entrenados para la guerra, los niños y jóvenes deben ser adiestrados para sufrir penalidades con los ojos fijos en Cristo. Pues “Él es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos” (Heb. 7:25).

Hace algún tiempo, durante la fiesta de Navidad, mi sobrino de cuatros años me preguntó con los ojitos curiosos si el niño del pesebre era el mismo de la cruz. ¡Quedé perpleja! ¿Cómo una personita tan chiquita podía manifestar semejante inquietud? Esa fue una perfecta ocasión para explicarle por qué Cristo sufrió y por qué nosotros sufrimos.

Dios es bueno. Él creó un mundo perfecto. La Biblia declara: “Y vio Dios todo lo que había hecho (¡incluyendo al ser humano!), y he aquí que era bueno en gran manera” (Gén. 1.31). Desde el principio, el propósito de Dios es que vivamos eternamente con Él, por Él, y para Él, en un estado de perfecta paz y armonía (Rom. 11:36).

Cuando sufrimos pandemias, catástrofes naturales, accidentes, enfermedades y cualquier otro tipo de dolor, necesitamos recordar que eso no fue lo que Dios planeó para nosotros. Fue el pecado del ser humano lo que introdujo la muerte al mundo (Rom. 5:12). No obstante, Dios es tan rico en misericordia que, siendo aún pecadores, envió a Su Hijo al mundo para que por medio de su muerte y resurrección los seres humanos alzáramos salvación y vida eterna (Jn. 3:16).

Los padres cristianos necesitamos comprender y enseñar a nuestros hijos que una vida centrada en Cristo no los protegerá de experimentar sufrimientos. Esto es sumamente importante, porque en los tiempos de aflicción serán tentados a dudar del amor de Dios.

Aunque el anhelo más profundo de nuestro corazón es evitarles el dolor a nuestros hijos, sabemos que no es posible, y tampoco es bueno. Dios mismo no eximió a su Hijo del sufrimiento. El dolor lo rodeó y por medio de sus padecimientos aprendió obediencia. Una vez perfeccionado se convirtió en la fuente de ayuda para todos los que le obedecen (Heb. 2:18).

Los niños que son adiestrados para ver el sufrimiento como parte de la vida y a confiar en Dios en el proceso estarán preparados para superar las adversidades. La meta de los padres cristianos no es lograr que sus hijos sean felices en este mundo, sino que ellos encuentren supremo gozo en Dios.

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