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Una vuelta al colegio desigual

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Por Roger Senserrich/ Communications Director Working Families Party, Connecticut

Estos días muchas familias en Connecticut nos estamos preparando para el ritual que marca el verdadero final del verano, la vuelta al colegio. Este curso, gracias a las vacunas, llevaremos a nuestros hijos e hijas a clase con menos dudas, con la esperanza que guardamos todos los padres de que gracias a la educación tendrán acceso a un futuro mejor.

Como acostumbra a suceder en Connecticut, sin embargo, la promesa de una educación universal, pública y gratuita que garantice la libertad de oportunidades es algo en que nos quedamos a medias. Todos los niños y adolescentes en edad escolar pueden ir a la escuela, la educación que reciben no es la misma en todas partes.

Connecticut tiene, sobre el papel, uno de los mejores sistemas educativos de Estados Unidos. Somos terceros en gasto por alumno, con $19,953 al año comparado con los $12,612 de media nacional; en los exámenes, los estudiantes del estado están siempre entre los mejores del país. Sin embargo, en nuestro estado uno no puede fiarse de las medias.

Empecemos por el gasto por alumno. En Connecticut, la diferencia entre ir a la escuela en una ciudad como New Haven y un suburbio rico como Branford o Milford es inmensa. En el curso 2019-2020, New Haven gastaba $16,929 por alumno, una cifra considerablemente inferior a la media estatal. Branford, mientras tanto, gastaba $20,467, mientras que Milford dedicada $20,957 por estudiante. New Haven no es ni siquiera uno de los distritos con menos gasto; Bridgeport, Waterbury o Danbury está considerablemente por debajo. En el otro lado de la escala, hay algunos suburbios especialmente prósperos en el oeste del estado que andan por encima de los $22,000.

Esto tiene efectos directos en los resultados académicos de los estudiantes, por supuesto. Connecticut es uno de los estados con una mayor distancia entre las notas en exámenes estandarizados por nivel de renta, lugar de residencia y raza. Porque (huelga decirlo) la mayoría de los estudiantes latinos y afroamericanos viven en estas ciudades pobres, no en los suburbios ricos.

Estas diferencias son, además, aún mayores de lo que parecen a simple vista. En una ciudad como New Haven, donde hay muchísimos más estudiantes bilingües, más alumnos en situaciones de inestabilidad y muchas más familias con problemas para llegar a final de mes, los colegios tienen un trabajo mucho más difícil. La pobreza infantil es una de las principales causas de fracaso escolar, así que, si tuviéramos un sistema remotamente racional para financiar las escuelas, New Haven tendría más recursos por estudiante que Branford para compensar este hecho. Sin embargo, sucede lo contrario.

Para empeorar las cosas, Connecticut financia sus escuelas principalmente con impuestos sobre la propiedad locales. Dado que las casas en un sitio como Milford son mucho más caras que en New Haven, los suburbios pueden establecer un tipo impositivo más bajo y recaudar más dinero. En nuestro estado, cuanto más rico es un municipio menor es su mill rate, casi invariablemente, y además financia un sistema educativo mejor.

La educación es universal y gratuita, ciertamente. Pero si vives en una ciudad pobre, tus hijos irán a una escuela con menos recursos y además estarás pagando más impuestos por ese privilegio.

El problema de la educación en Hartford, New Haven o Bridgeport es estructural, no de método.  No es que los maestros sean flojos, o que no sean innovadores, o que no usen técnicas modernas, canciones motivadoras, o algún truco secreto y especial. Las promesas de escuelas concertadas (charters) con nuevos métodos y uniformes más bonitos siempre son seductoras, pero se basan en un diagnóstico erróneo de los males que aquejan a nuestras escuelas. La prueba es que estas soluciones “mágicas” de media sacan resultados casi idénticos a los colegios públicos tradicionales.

El problema de nuestras escuelas es que tenemos un sistema educativo que no destina recursos suficientes a aquellos que más los necesitan. Esto tiene arreglo, en forma de mayor gasto estatal y un reparto más equitativo de fondos, y una reforma del sistema de impuestos de propiedad locales.

La cuestión es ganar estos cambios legales en el capitolio en Hartford – y escoger líderes dispuestos a hacerlo.

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