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Cultivando el dominio propio

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Es probable que ante un maltrato o una respuesta hostil sientas ganas de devolver la ofensa. Innumerables historias relatan situaciones en las que la iracunda naturaleza humana ha provocado desgracias.

Una noche, cuando todos dormíamos en casa, nos despertó intempestivamente el sonido del timbre. Mi esposo aún adormilado, abrió la puerta y se encontró con un vecino furioso que lo amedrentaba con un arma de fuego. Una gotera en el techo fue la chispa que encendió la ira de este sujeto de oficio policía. Habitualmente trata con antisociales y fuera de su jurisdicción manifiesta el mismo trastorno de personalidad, al intimidar a la gente con groserías e infundir miedo con su arma de reglamento.

Si mi esposo no hubiera desarrollado dominio propio es muy probable que el incidente hubiera terminado en una fatalidad. Los débiles se dejan dirigir por sus emociones. La persona más fuerte es la que ha aprendido a autocontrolarse. El autocontrol necesita del diálogo sereno para evitar que la confrontación derive en situaciones de violencia emocional o física.

En el libro de la sabiduría, Salomón enseña que la respuesta blanda calma la ira, mas la áspera hace subir el furor (Prov. 15:1). Y dice que “como ciudad sin defensa y sin murallas es quien no sabe dominarse” (Prov. 25:28 NVI). Dios compara a una persona sin dominio propio con una ciudad que está a merced de sus enemigos. Son numerosos los enemigos del alma, incluyendo nuestras propias emociones que pueden llegar (si se lo permitimos) a dominarnos como marionetas.

Necesitamos aprender a obedecer la Palabra de Dios para no ser dominados por nuestras emociones. El dominio propio es el fruto de la presencia del Espíritu Santo en la vida de un creyente. La Biblia dice que Dios da Su Espíritu a quienes creen en Jesucristo (Lc. 11:13; Jn. 3:34). Uno de los principales propósitos del Espíritu Santo es conformarnos a la imagen de Cristo.

Debemos vigilar nuestros pensamientos, porque si nos concentramos en ideas destructivas y negativas, indudablemente actuaremos de manera insensata. Pero si meditamos en la Palabra de Dios, “en todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable…” (Fil. 4:8) nos conduciremos con templanza y mansedumbre.

Los creyentes hemos sido separados para ser luz del mundo y sal de la tierra. Es preciso que demos buen testimonio ante los incrédulos. No debemos eclipsar la Palabra de Dios cuando queremos hacer las cosas a nuestra manera, porque de ese modo, negamos a Cristo.

Si eres creyente debes dar un buen testimonio en tu hogar, trabajo y comunidad, sin importar las inesperadas situaciones que se te presenten. No deberías ir por ahí pregonando que eres cristiano y conduciéndote como un hijo de Satanás (Jn. 8:44). Imita el carácter de Cristo. Toma Su yugo y aprende de Él, que es manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para tu alma (Mt.11:29).

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