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¿Cómo puedo compartir el evangelio?

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Se necesita valentía para compartir el evangelio. Tengo una amiga a la que le transpiran las manos y se le acelera el ritmo cardíaco cuando intenta compartir su fe. A muchas de nosotras nos pasa lo mismo. Pienso, sin temor a equivocarme, que las rodillas nos tiemblan porque estamos más concentradas en nosotras mismas que en alcanzar a los perdidos. Malgastamos mucho tiempo meditando en que no tenemos suficiente conocimiento del evangelio o en la posibilidad de ser rechazadas por proclamar la gloriosa Palabra de Dios.

El apóstol Pablo sabía por propia experiencia que algunas personas se ofenden al escuchar las buenas nuevas de salvación y que su hostilidad puede llegar a paralizar al creyente más devoto. Por eso le dijo a Timoteo, quien luchaba con el temor a proclamar el evangelio: “No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero Suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios” (2 Tim. 1:7-8).

Ciertamente, vamos a padecer por dar testimonio de Cristo, pero no debemos amedrentarnos. Recordemos que nuestro Señor nos llamó a negarnos a nosotras mismas, a tomar nuestra cruz y seguirlo (Mt. 16:24). Además, todo lo que necesitamos para cumplir la gran comisión ya Dios nos lo ha concedido. Del Espíritu Santo recibimos continuamente poder para servir, amor para ayudar, y dominio propio para controlar el miedo que intenta paralizarnos.

Cada vez que me siento tentada a eludir las oportunidades que Dios me ofrece para compartir mi fe, me acuerdo de que no es mi elocuencia ni mis conocimientos bíblicos lo que harán que otros se acerquen a Cristo, es el poder de Su Espíritu el que convence de pecado, de justicia y de juicio (Jn. 16:8).

Pablo dijo a los creyentes corintios: “Mi mensaje y mi predicación no fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que la fe de ustedes no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Cor. 2:4-5).

¡Qué mensaje tan liberador! Con esto en mente, vayamos y anunciemos las buenas noticias de salvación a quienes no conocen a Dios. Dejemos de preocuparnos por los “no puedo” o los “no sé”. Nosotras tenemos familiares, amigos, compañeros de trabajo y conocidos que están espiritualmente muertos y es nuestra responsabilidad anunciarles el evangelio (Rom. 10:14).

Dios no solamente nos reconcilió con Él cuando creímos en Cristo, sino que nos llamó a participar de Su plan de salvación. ¿¡No te parece extraordinario!? El Señor aún sigue regenerando corazones y nos encargó a ti y a mí, cual vasos de barro, llevar a cabo Su ministerio de reconciliación.

He aquí tres pasos prácticos para compartir el evangelio.

1) Prepárate para dar testimonio de Cristo. Estudia diligentemente la Palabra de Dios para que la puedas comunicar con exactitud (2 Tim. 2:15). Aprende sobre: Quién es Jesucristo, cuál es el estado espiritual en el que se encuentra una persona que no conoce a Dios, qué consumó Cristo en la cruz, qué nos ofrece, y cuál es el llamado de Dios a los pecadores.

2) Ora para que Dios te dé valentía a la hora de anunciar las buenas nuevas. Pídele que te libere del temor al hombre. Pablo rogó a sus amigos: “Oren también por mí, para que cuando hable me sea dado el don de la palabra y dé a conocer sin temor el misterio del evangelio, del cual soy embajador en cadenas. Oren para que lo proclame sin ningún temor, que es como debo hacerlo” (Ef. 6:19-21 RCV).

3) Anuncia el evangelio usando correctamente la Palabra de Dios. La Biblia dice que hay un solo Dios, santo y perfecto, que nos hizo a Su imagen y semejanza para alabanza de Su gloria (Gén. 1:26–28; Isa. 43:7). Pero todos pecamos y estamos bajo la condenación justa de Dios (Gén. 3; Ro. 3:23). La buena noticia es que Dios nos amó tanto que envió a Su único Hijo al mundo a morir en nuestro lugar. Jesús tomó sobre sí mismo el castigo que nosotras merecíamos (Jn. 3:16; Rom. 5:8). Al tercer día se levantó de la tumba y hoy está sentado a la diestra de Dios (Hch. 10:40; Rom. 8:34). Dios llama a todos las personas en todo el mundo a arrepentirse de sus pecados y a confiar en Cristo para que puedan alcanzar salvación y vida eterna (1 Jn. 5:11; Rom. 10:9-10).

«¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!».

Romanos 10:15

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