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Dignidad y miedo

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Herbert Spencer, uno de los precursores de la sociología contemporánea observó la competencia y la violencia prevaleciente en la sociedad durante el siglo XIX y formuló la doctrina evolutiva conocida como la “supervivencia de los más aptos”. De acuerdo con Spencer era esencial tener un mercado libre de interferencia gubernamental para que los mejores y más brillantes tuvieran éxito. Spencer no creía en ayudar a los pobres porque esto traería como consecuencia una población débil.

Milton Friedman profesor de la Universidad de Chicago cien años después fue precursor de la teoría de una mínima intervención gubernamental en los asuntos de la sociedad. Sus teorías de cómo manejar la economía y la sociedad son controversiales, pero han sido aceptadas por muchos gobiernos entre ellos el de Reagan en los EUA y Pinochet en Chile y una larga lista de dictadores que usando ese modelo han explotado y controlado a los gobernados. Milton Friedman fue un firme creyente de la teoría donde “solamente una crisis, real o percibida produce cambios reales”. Y si no había crisis, había que crearla.

Los Rosello, Fortuño y Pierluisi (gobernadores puertorriqueños) han sido fervientes defensores de las teorías de Friedman en donde la crisis facilita la privatización y logra que el capital privado se apodere de las mejores fuentes de producción.

Ejecutivos de empresas puertorriqueñas, señalan que la crisis económica y financiera particularmente en Puerto Rico “se debe entre otros factores a la larga trayectoria de los gobiernos en el pasado de incurrir en gastos en exceso y utilizar financiamientos para pagar gastos que se han combinado para poner al gobierno en una situación crítica que requiere tomar medidas severas e inmediatas para enfrentar la situación”. Esa evaluación es correcta. Lo que esconden los causantes de la crisis es que ellos mismos son los beneficiados de lo que crearon.

¡MIEDO!

El miedo es una emoción que podría desconcertar o paralizar a un individuo o a una nación. Me atrevo a decir que tenemos que pensar y reconocer el papel del miedo en nuestras decisiones y actuar de acuerdo con lo que nos dicte la lógica y el buen sentido común. Nuestra conducta, nuestra manera de pensar es producto de nuestras experiencias, de lo que aprendemos en la medida en que crecemos y nos relacionamos con nuestro medio ambiente.

El temor es un factor que dicta en forma alarmante la conducta de nuestra población. ¿Cuántos esclavos rehusaron la libertad o se quedaban con los amos, por ese miedo transmitido y aprendido por generaciones? ¿Cuántas personas abusadas aceptan el maltrato y hasta justifican esa conducta, culpándose por la aberración cometida en contra de su persona?

Nuestra historia, nuestros valores, lo que somos son definidos por el medio ambiente en que nos desarrollamos y quien nos “educa” en esos primeros años de nuestra existencia. Los valores definen el bien y el mal, lo que es democrático o lo antidemocrático, lo que es justo y lo que es injusto.

El proceso de domesticarnos comienza desde temprana edad. La educación formal es un instrumento para lograr ese objetivo. Los sistemas noticiosos se convierten en cómplices en el adoctrinamiento de esa sociedad. Nos enseñan a pensar como los gobernantes quieren que pensemos, a temer a lo que ellos quieren que temamos.

Un sistema donde no se enseña a pensar, donde se inculca el temor, donde no se cuestiona lo que se enseña es uno que produce inevitablemente unos babiecas intelectuales o zánganos serviles. Una nación que estimula falsos valores, donde la verdad es tergiversada y pisoteada, donde la dignidad de los pueblos es cínicamente burlada, no es una de grandes esperanzas. Ese pueblo lleno de falsos e imaginarios temores está impedido a expresarse libremente. El yugo físico existe, pero peor es el que está arraigado en nuestra mente… el temor a ser libres.

DIGNIDAD

La palabra dignidad tiene un impacto en el mundo en que vivimos muy difícil de medir. Las voces que se escuchan, las palabras que se leen, las escenas que se ven no limitan para nada a esta solitaria palabra, al contrario, sus definiciones son fortalecidas por sus detractores y por sus defensores. Por supuesto que es por diferentes razones.

El continuo bombardeo de provocantes conferencias de prensa, comentarios de los que no se indignan, de los corruptos de mente y espíritu, obligan a uno a responder con toda la fuerza en defensa de los que sí se indignan. Razones hay de sobra para hacerlo. Nada más pensar en lo repugnante que resultaría vivir enjaulado en la mentalidad de los trogloditas y canallas que defienden los atropellos y abusos a la humanidad, no deja otra alternativa que la defensa de lo que es digno.

No nos indignamos cuando escuchamos con apurada brevedad como el hambre y las enfermedades consumen a cientos de miles de seres humanos. No nos indigna cuando le roban una educación adecuada a nuestros niños o los servicios de salud a las grandes mayorías de nuestra población.

No nos indignamos cuando escuchamos a esos charlatanes que con falsa retórica destruyen el balance ecológico de la Madre Tierra, por la codiciosa finalidad de llenarse los bolsillos con unas mugrosas monedas de plata. No nos indigna que los mercaderes del mundo en contubernio con los gobiernos impongan las más severas exigencias económicas a la cansada y explotada población mientras ellos disfrutan de los privilegios que el sudor de los menos afortunados les ha provisto.

No nos indignamos porque aturdidos hemos perdido el norte del verdadero sentido de la vida. Nos hemos deshumanizado, acobardados por un vil materialismo que nos arropa. Vivimos la contradicción de buscar en el fanatismo de las religiones la solución de nuestros problemas, pero en desprecio y menoscabo de los más elementales valores humanos y cristianos.

¡Yo me indigno! Me indigna tanta mentira, ante el abuso continuo de los pocos con los más. Me indigno porque estoy harto de la retórica inservible, de diálogos inútiles y del menosprecio que expresan los llamados líderes, como si vivieran en otro mundo que no es el mío.

¡Todos tenemos derecho a indignarnos! No hacerlo es negarnos que existimos, que pensamos, que sentimos. Nos indignamos porque amamos.

Indignarse es tener dignidad. ¡Indígnate!

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LA CARICATURA DE REINALDO

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