September 27, 2022 4:19 am

De la importancia de las cloacas

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Cuenta la leyenda que tras la gran ventisca 1938, alguien le pregunto al entonces alcalde de Bridgeport, Jasper McLevy, qué iban a hacer para sacar toda esa nieve de las calles. McLevy tenía fama de tacaño, la clase de político que nunca gastaría un céntimo de dinero público a no ser que fuera estrictamente necesario. El alcalde miró fuera, a las 20 pulgadas de hielo que cubrían la ciudad, y respondió, lacónico: “Dios ha puesto la nieve ahí, y será Dios quien la saque”.

Lo curioso de esta historia (que es casi cierta, pero no del todo) es que McLevy era socialista. Elegido en 1933, tras años criticando y combatiendo la corrupción en el gobierno municipal de la ciudad, McLevy llegó al cargo prometiendo ante todo un gobierno austero, honesto, y responsable con el dinero de sus ciudadanos.

Durante sus mandatos, McLevy siempre hizo del buen gobierno su principal prioridad. Entre sus múltiples reformas se incluyen recuperar el contrato de recogida de basuras, hasta en entonces en manos de compañías privadas incompetentes conectadas con amigotes del alcalde. También profesionalizó policía y bomberos, haciendo que dejaran de ser una fuente de patronazgo y corrupción. McLevy eliminó la práctica de dar los contratos a dedo, prohibió que empleados municipales pudieran adjudicar obras a compañías de las que eran propietarios, y en general hizo limpieza a fondo de la corrupta, ineficiente, y torpe administración municipal.

Con todo ese dinero ahorrado, y la confianza ciudadana de su parte, la administración McLevy actuó con decisión para hacer que Bridgeport fuera una ciudad con buenas escuelas, trabajo parta todos, limpia y segura. En el cargo, siempre se centró en hacer primero que las cosas funcionaran de forma eficiente. McLevy era, sin duda, un ideólogo, y trabajó de forma incansable para ayudar a los trabajadores y que todo el mundo tuviera trabajo, pero era ante todo un hombre práctico.

Los votantes de Bridgeport respondieron: el tipo fue alcalde durante más de 20 años.

Esta combinación de ideología y pragmatismo de McLevy corresponde a una tradición política un tanto olvidada en la historia del país llamada “socialismo de cloacas”. El nombre proviene de un término peyorativo que los socialistas “puros” dedicaban a los alcaldes socialistas de Milwaukee, Wisconsin, que se pasaban la vida hablando sobre todo el dinero y esfuerzo que habían invertido en mejorar el sistema de aguas fecales de la ciudad. Los izquierdistas más ideológicos se mofaban de esta obsesión por cosas concretas y aburridas, como las cloacas, en vez de hablar de revolución, igualdad, y cosas de más altos vuelos.

Tanto McLevy como los “sewer socialists” de Wisconsin, sin embargo, respondían de la misma manera: el fervor ideológico está muy bien, pero mis votantes me han escogido para arreglar problemas y hacer que las cosas funcionen. Si eso implica arreglar las cloacas para que cada vez que llueva las calles no se me llenen de mierda, con perdón, eso es lo que tengo que hacer. Y desde luego, si quiero mejorar las condiciones materiales de la clase obrera, no tener aguas fecales inundando la ciudad no es un mal lugar donde empezar. La única manera de cambiar las cosas es con un gobierno práctico, responsable, y en el que los votantes confíen, y eso exige ser competente, gastar lo estrictamente necesario, y ser honesto.

Aunque esto puede parecer una obviedad, muchos en la izquierda parecen olvidar que están en política para arreglar los problemas de los ciudadanos. Esta gente la reconoceréis porque suele perderse en conceptos abstractos e ideas rebuscadas, grandes principios y jerga intelectual incluso cuando les preguntas algo simple, como qué van a hacer para mejorar el servicio de autobús. Para ellos, el pragmatismo es una palabra fea, de moderados y gente poco amante de la causa; lo que piden es ambición, no arreglar tuberías y aceras.

Esta postura, sin embargo, es un error. Las grandes ideas son, sin duda, necesarias, pero sólo si están al servicio de los ciudadanos, ayudándoles aquí y ahora a vivir mejor y ser más felices. El “socialismo de cloacas” de McLevy, con su modesta obsesión por lo concreto, por el buen gobierno y el gasto responsable no es que sea necesario; es imprescindible si queremos cambiar las cosas.

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