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La Voz de Conneticut

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Primer Aniversario de la Muerte de mi Madre

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Parece que fue ayer, parece que fue tan sólo unos momentos que estuve con mi madre y aún abrigo el recuerdo de mi última conversación con ella. La realidad es que el 1ro de Abril del 2009 se cumple su primer año de estar en la presencia de nuestro Señor. Muchos de mis lectores me han solicitado que les publique nuevamente la bella reflección de mi muy colaborador y amigo Francisco-Manuel Nácher López, quien muy gentilmente me ha autorizado a compartir con todos ustedes ese caudal de conocimiento y profundidad espiritual.

La pérdida de una madre es algo imposible de describir o explicar. Toda suerte de pensamientos, recuerdos y sentimientos se unen a una para producir en uno una especie de sentimiento nuevo, algo jamás experimentado en el pasado y difícil de reproducirse durante el curso de la vida.

Ayer murió mi madre. Hoy me siento muy diferente. Es la sensación de estar incompleto, la sensación de que algo falta, un vacío inexplicable. El amor, apoyo y cariños recibidos de tantas personas que lo estiman a uno y que respetan el dolor y el sufrimiento producen alivio y paz la cual a su vez dilatan el cierre de esta herida tan profunda.

Espero que al leer estas líneas escritas por Francisco-Manuel Nácher López puedas identificarte con una parte con el dolor y sufrimiento de aquellos que como yo hemos perdido al ser que nos dio la vida, al ser que nos traja a este mundo, a nuestra madre.

Ayer murió mi madre. ¡Qué frase tan breve! ¡Y qué fácil de pronunciar! Sólo cuatro palabras. Pero, ¡cuántas cosas significa y contiene, y cuántas cosas clausura! ¡Qué cúmulo de pensamientos y de emociones se amontonan en mi memoria y pugnan en estos instantes por ocupar mi mente y mi corazón!

¡Cuántas escenas vividas, cuántas situaciones, cuantos acontecimientos, cuántos sacrificios, cuántos sobresaltos, cuántos sinsabores, cuántas incertidumbres en los malos tiempos, y cuántas alegrías y cuántas satisfacciones y cuántas risas en los buenos!

Mi madre siempre vivió ajena al mundo, a todo lo que no fuera su hogar, los suyos. Jamás le importó lo que sucediera al otro lado de la frontera familiar. Sólo cuando fue preciso introducirse en esa maraña, para ella inextricable y agresiva, que es la sociedad, se lanzó a hacer gestiones, a conseguir entrevistas, a pedir favores y a mendigar ayudas para salvar la vida de su marido y para dar de comer a los suyos. Luego, una vez logrado, volvió a encerrarse en su familia... hasta ayer. Y ha muerto como vivió: Sin hacer ruido, sin molestar, sin estridencias, sin llamar la atención más allá del círculo familiar.

Al margen de sentimentalismos, sé, puedo afirmar con orgullo, que mi madre ha cumplido. Ha cumplido como hija, ha cumplido como esposa y ha cumplido como madre y aún como abuela y como bisabuela. Su vida ha sido dilatada y, como los patriarcas de la Escritura, ha podido conocer su descendencia hasta la tercera generación.

Es impresionante pensar que, entre todas las madres posibles, fue ella la que prestó oídos a mi deseo de nacer, y me ofreció su seno y su sangre y su amor para toda una vida, y yo surgí de ella y fui causa de sus ilusiones y sus miedos, de sus alegrías y sus tristezas, vivencias que nunca pude ni podré recordar porque se pierden en ese tiempo sin memoria que es la infancia. Esos años y esas vivencias eran patrimonio exclusivo suyo y se los ha llevado consigo.

Curiosamente, a los padres sólo se les llega a comprender, a valorar y a estimar con justicia cuando se es padre. ¿Y yo? ¿Hice lo posible por hacerla feliz? ¿Le creé problemas, le suscité preocupaciones? ¿Le proporcioné alegrías y satisfacciones? ¿La dejé participar de mis momentos felices? ¿La ayudé y asistí siempre que me necesitó? ¿Supe valorar y agradecer lo que, como madre, me brindó siempre, sin esperar compensación?

Ahora ya es tarde para hacer lo que no hicimos y para deshacer lo hecho. Ya no podemos modificar nada. Ni explicar nada. Ni justificar nada. Pero sí podemos agradecer, recordar, elevar el corazón, sentir su contacto, oír el eco de su voz y revivir sus consejos...

Ayer murió mi madre. Y con ella murió una parte importante de mí mismo. ¡Qué terrible sentimiento el de la orfandad! Porque, aunque anciana, gastada, ajada y afeada por los años, seguía siendo ella y a mí aún me parecía hermosa y llena de vida... y estaba ahí, al alcance de mi mano.

Ayer aún tenía madre. Ella seguirá ahora su camino. Se habrá reunido con mi padre, tíos y otros familiares que, con toda seguridad, habrán acudido a recibirla, lo mismo que sus padres, a los que tanto quiso y tanto la quisieron. Y emprenderá una nueva etapa con la satisfacción del deber cumplido. El fardo de la vida quedará atrás, y sentirá su alma ligera, libre, sin limitaciones, y nos enviará sus recuerdos y su amor y recibirá nuestros pensamientos cariñosos que acariciarán su rostro...

¡Adiós madre! ¡Adiós mamá!

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