August 11, 2022 11:42 pm

¿Te piensas divorciar? ¡Piénsalo otra vez!

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Se presentan ante el juez una pareja con sus respectivos abogados, ya que están en trámites de divorcio.

El abogado de la mujer reclama para ella el 50% de la venta de la casa, propiedad de los dos cónyuges, así como una pensión mensual de por vida de 500 dólares que, según enumera, será para cubrir los gastos de electricidad, agua, gas, teléfono y una pequeña lista de gastos mensuales de la mujer en el futuro.

El abogado del hombre protesta, alegando que su cliente no tiene ninguna obligación hacia su mujer, ya que los hijos son mayores de edad y están casados, y que ella bien puede buscar trabajo y mantenerse por sí misma y que nunca contribuyó a la manutención de la casa, ni aportó ningún dinero para la compra de la misma.

El juez escucha ambas partes y se queda indeciso, por un momento, leyendo los documentos aportados. De pronto, se escucha a la mujer llorando y el juez le dice:

– ¿Qué le pasa señora?

– Señor Juez, yo creo que es cierto. Así que voy a aceptar la sentencia de divorcio sin ninguna obligación de parte de mi marido hacia mi persona. Después de todo, yo bien pudiera ser una mujer profesional e independiente.

El juez le pregunta:

– ¿Y por qué usted no se convirtió en una mujer profesional e independiente? ¿Hay alguna razón que se lo impidiera?

– Realmente, señor Juez, no había ninguna, fueron decisiones tomadas por mí voluntariamente.

– ¿Pudiera ser más explícita y enumerarme las razones esas que alega?

– Bueno, cuando me casé, yo acababa de graduarme de secundaria. Mi intención había sido estudiar enfermería, pero no había dinero para pagar los gastos de dos personas estudiando, así que yo le dije a mi esposo que estudiara él y posteriormente estudiaría yo…

– Bien ¿y qué pasó que cuando él se graduó de ingeniero, ¿por qué usted no estudió?

– Pues, verá, él me pidió que tuviéramos nuestro primer hijo, ya que llevábamos cinco años casados y aún no lo habíamos tenido.

– ¿Y qué pasó después?

– Nada, el niño nació; él no quería que el niño fuese cuidado por personas extrañas, y yo entendí que tenía razón, que con lo que él ganaba nos podíamos apañar ya que ganaba un muy buen sueldo. Así que decidí quedarme en casa cuidando a nuestro hijo.

– ¿Y qué sucedió luego, cuando el niño creció? ¿Por qué no fue a estudiar?

– Nada, que para entonces tenía dos hijos más.

– ¿Dos más?

– Sí, es que… verá, cuando tuvimos el primer hijo, mi esposo me dijo que debíamos tener un segundo para que el niño no se quedara sin hermanos, así que tuvimos el segundo tres años después, pero era otro varón…

– Y… ¿qué tenía eso que ver?

– No, no había ningún problema, éramos muy felices, pero mi esposo me dijo que para que la felicidad fuera completa, debíamos tratar de tener una niña.

– ¿Y.…?

– Pues cuando el segundo hijo tenía ya 4 años, quedé embarazada de nuevo y tuve a la niña.

– ¿Y entonces por qué no estudió cuando ella creció?

– Porque no había quién llevara al mayor a su entreno de fútbol, ni los llevara a la escuela, pues el autobús los dejaba muy lejos de casa. Temiendo por su seguridad, mi esposo y yo decidimos que yo en persona los llevaría a la escuela y les recogería. Así que, dejaba al mayor en su colegio de secundaria, seguidamente dejaba al segundo en su escuela primaria y regresaba a casa a cuidar a la niña y a limpiar, cocinar y prepararlo todo para la tarde y la noche. Cuando les recogía, dejaba al mayor en su entreno de fútbol, salía con la niña para llevarla a sus clases de ballet y me llevaba al mediano a casa…

– Entonces, siguió usted posponiendo su educación…

– Sí, señor Juez, lo hice por propia voluntad.

– Y cuando sus tres hijos se fueron independizando, ¿por qué no regresó a la Universidad?

– Para entonces la madre de mi esposo había enviudado, enfermó y necesitaba de alguien que la cuidara, así que, hablamos del asunto y llegamos a la conclusión que no podíamos llevarla a ninguna residencia de ancianos, si no, que la traeríamos a vivir con nosotros, ya que los hijos estaban fuera.

– ¿Y cuánto duró esta etapa?

– Bueno, unos seis años. Ella tenía Alzheimer y como la cuidábamos tan bien, su decadencia no fue rápida, se alargó bastante. De hecho, murió de un ataque al corazón, después de que llegamos de un paseo que todas las mañanas dábamos por el barrio. Sabe, a ella le encantaba darle de comer a las palomas en el parque.

– Y mientras tanto, quiero decir, durante todos esos años, ¿había alguien que le ayudara?

– ¿Ayudarme? ¿A qué…?

– Pues a limpiar la casa, a cocinar…; quiero decir, con las labores normales de un hogar.

– No, como he dicho, mi esposo ganaba un buen sueldo, pero figúrese, eran tres hijos que criar, educar… pero el coste de la vida cada vez subía más, y yo trataba de ahorrar, pero…

– ¿Y cómo ahorraba?

– Pues, en lugar de llevar la ropa a la lavandería, la lavaba yo misma en casa, planchaba la ropa de mi esposo y la de los hijos, arreglaba el jardín; esto era lo que me costaba más esfuerzo, pues tengo problemas de columna, pero siempre una hace un pequeño esfuerzo, y le aseguro que nuestro jardín no tenía nada que envidiarle al de nadie en nuestra calle.

– ¿Y quién cocinaba? ¿también usted?

– Por supuesto, mi esposo odiaba la comida de los restaurantes, como él tenía que almorzar fuera con sus clientes tantas veces, decía que no había nada mejor que la comida que yo le preparaba.

– Y por supuesto, usted no iba a esas comidas…

– ¿A qué comidas?

– A las de su esposo con sus clientes.

– No, no tenía tiempo ni nunca fui invitada. Precisamente, fue en una de esas comidas que conoció a Sofía.

– ¿Sofía? ¿Quién es Sofía?

– Su novia, la joven con quien se va a casar cuando terminemos con este divorcio.

– ¿Y cómo sabe usted que se va a casar con ella?

– Porque me encontré con ellos en casa de unos amigos comunes el día que estaban dando la noticia de su compromiso.

El juez se quedó mirando a la mujer y al ex esposo. Se levantó, cogió las carpetas con todos los papeles y se retiró. Todos se quedaron mirándose unos a otros, alguno encogió los hombros y se sentaron a esperar que regresara. Al poco rato el juez regresó. Se sentó y se ajustó las gafas. Entonces, cerró las carpetas, los puso a un lado y dijo:

– Señora, he revisado cuidadosamente estas demandas. Y he llegado a las siguientes conclusiones:

– Primero: El divorcio se le adjudica con fecha efectiva a partir de hoy.

– Segundo: Su esposo NO tiene que pasarle ninguna pensión.

Al oír estas dos decisiones, el abogado del marido y su cliente se miraron con visible regocijo. Pero el juez prosiguió…

– Tercero: Usted se queda dueña absoluta de la casa, el Mercedes Benz propiedad de su ex-esposo, las cuentas corrientes y de ahorros, las cuales se pondrán a su nombre inmediatamente y de las cuales él no puede tocar un centavo o lo tendrá que devolver con intereses; así como la declaro beneficiaria absoluta de sus seguros de vida, de sus planes de pensiones, así como es obligación de su esposo seguir pagando por su seguro médico hasta que usted fallezca.

– Mi decisión se basa sumando los sueldos como gobernanta, cocinera, chofer, enfermera, servicios de lavandería y de jardinería, etc., que usted prestó a su esposo, hijos y suegra. Esta decisión será apenas una retribución parcial de salarios retenidos por los veintiséis años de servicios ininterrumpidos que ha prestado. Como hay que ser objetivos, sabemos que su esposo no podría cumplir con esta deuda, de ahí que pague lo que, si bien no es suficiente, será relativamente justo. En adición, él pagará por sus gastos de matrícula, transporte, libros y material si decide regresar a la universidad a estudiar la carrera que usted escoja.

Tomado de AQUORA. (Caso de la vida real. Enero /2003) Corte de la familia Sídney, Australia

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Las opiniones vertidas por Waldemar Gracia no reflejan la posición de la Voz Hispana. Nombres, lugares y circunstancias han sido alterados para proteger la identidad de los personajes citados en la historia.

Nota: Si has encontrado esta columna útil o interesante, o si tienes alguna pregunta, puedes comunicarte con el autor por correo electrónico a: wallygracia@yahoo.com

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