En la víspera de fechas especiales, la duda asalta a miles de familias: ¿un smartphone de última generación o un set de construcción de madera? A simple vista, el celular parece la apuesta segura; garantiza horas de silencio y un niño absorto. Sin embargo, detrás de esa pantalla y de los juguetes didácticos se esconden dos mundos opuestos que definen el desarrollo cognitivo de la infancia.
La trampa de la atención pasiva
El celular tiene una capacidad magnética. Está diseñado para captar la atención mediante estímulos visuales y auditivos constantes. Pero es una atención “secuestrada”: el niño recibe información de forma pasiva, procesando lo que un algoritmo decidió mostrarle.
En este estado, el menor se convierte en un espectador. Aunque su cerebro parece estar trabajando, en realidad está en un modo de bajo esfuerzo creativo, donde la gratificación instantánea anula la capacidad de espera y de concentración profunda.
El despertar de la recreatividad
Frente al cristal líquido aparece el juguete didáctico. A diferencia del dispositivo móvil, este no suele brillar ni emitir sonidos estridentes de forma automática. Su magia reside en lo que le falta: requiere que el niño ponga la energía.
Como bien señalan los expertos en pedagogía, mientras el celular mantiene al niño pasivo, el juguete didáctico lo mantiene recreativo. No solo se trata de jugar, sino de “volver a crear”. Un rompecabezas, un juego de química o un set de bloques de construcción invitan a la imaginación a llenar los huecos. Aquí, el niño es el arquitecto, el narrador y el científico.
Los beneficios del “objeto físico”
La ciencia respalda esta distinción. El juego tangible fomenta:
- La motricidad fina: Crucial para el desarrollo de la escritura.
- La tolerancia a la frustración: Si una torre se cae, el niño debe buscar una solución lógica, algo que no sucede al presionar “reiniciar” en una app.
- El pensamiento simbólico: La capacidad de ver un trozo de madera y convertirlo en un cohete espacial.
Un equilibrio necesario
No se trata de demonizar la tecnología, que es una herramienta vital en el mundo actual, sino de entender que la pantalla no puede sustituir la experiencia táctil. Regalar un juguete didáctico es, en esencia, regalar tiempo de calidad y autonomía mental.
Si el objetivo es que un niño aprenda a mirar el mundo con curiosidad en lugar de simplemente mirar una pantalla, la elección es clara: menos píxeles y más madera, menos algoritmos y más imaginación.