La Cuaresma no es un curso de superación personal ni un gimnasio para la voluntad; es el reconocimiento humilde de una deficiencia total. El Evangelio nos sitúa frente a una realidad tajante: ante el tentador, nosotros ya hemos perdido. Como Adán y Eva, caemos a la primera porque intentamos luchar con nuestras propias manos. La única victoria posible es la de San Pablo: reconocer que ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Solo Él tiene la autoridad para vencer al mundo y sus seducciones.
Lo que se Arregla vs. Lo que se Entrega
Existe una distinción vital que debemos comprender en este camino hacia la Pascua: la diferencia entre lo que podemos “arreglar” y lo que debemos, obligatoriamente, “entregar”.
- El espíritu se puede renovar: Nuestras facultades, nuestro ánimo y nuestra disposición pueden fortalecerse con la gracia.
- El corazón se debe entregar: Aquí no sirven los parches, las cirugías estéticas espirituales o los “bypass” para salir del paso. El corazón humano, cuando se vuelve de piedra por el egoísmo y la soberbia, no tiene arreglo. Necesita un trasplante.
Dios no es un mecánico de nuestra vieja versión; es un Creador. Él promete arrancarnos ese órgano endurecido y darnos un corazón de carne, uno que realmente sienta y ame. Pero ese trasplante solo ocurre cuando dejamos de confiar en nuestro esfuerzo personal —ese que siempre sucumbe ante la seguridad del dinero, el brillo del éxito o la embriaguez del poder— y permitimos que sea Cristo quien libre la batalla desde nuestro interior.
Cuaresma: El Diagnóstico de nuestra Muerte
Para resucitar, la condición previa es innegociable: hay que estar muerto. No necesitamos morir en Cuaresma; necesitamos descubrir que ya estamos muertos. La parálisis para perdonar, la ceguera ante el sufrimiento ajeno y esa lepra del orgullo que nos aísla, son signos de una vida que se ha apagado.
Al igual que Lázaro, debemos aceptar que “olemos mal”, que nuestras propias fuerzas se han agotado y que estamos encerrados en la tumba de nuestra voluntad. Solo desde esa oscuridad absoluta podemos escuchar y valorar la voz de Aquel que nos ordena salir a la luz.
Conclusión: El Quiebre del Corazón
No debemos temer a nuestra propia precariedad ni asustarnos de ver nuestras manos vacías. Si caemos una y otra vez, que nuestra respuesta sea el retorno constante al perdón. La verdadera Pascua no llega por méritos, sino por saturación de amor: llegará el día en que el peso de tanta misericordia acumulada, de tanto perdón recibido sin merecerlo, logre que el corazón de piedra finalmente se quiebre. Y no se romperá por dolor, sino por el llanto dulce de quien se descubre amado por Dios sin condiciones, justo en medio de su miseria.