En la entrega anterior se argumentó por qué Estados Unidos puede ser definido como una economía de guerra. No se trata de una afirmación retórica: a lo largo de su historia como nación soberana, el país ha estado involucrado en conflictos armados durante más del 90% de su existencia. Esa constante no sólo ha moldeado su política exterior, sino también su estructura económica. Hoy abordamos las dos dimensiones más contundentes de esa realidad: el costo financiero y el costo humano.
El presupuesto militar estadounidense no es un rubro más: es el eje central del gasto federal discrecional; que se asigna al “Departamento de Guerra”, cuyo cambio de nombre ha sido dada por la actual gestión del presidente Trump, al que antes se le conoció como “Departamento de Defensa”. Este presupuesto financia a las cinco ramas de sus fuerzas armadas: Ejército, Armada, Fuerza Aérea, Cuerpo de Marines y Fuerza Espacial. Los recursos cubren desde salarios, entrenamiento y atención médica hasta mantenimiento de armamento, infraestructura, operaciones en el extranjero e investigación y desarrollo de nuevas tecnologías militares.
Las cifras son alarmantes. Estados Unidos destina más recursos a defensa que China, India, Rusia, Arabia Saudita, Francia, Alemania, Reino Unido, Japón, Corea del Sur y Brasil juntos; que son las 10 potencias militares. Su gasto militar supera en más de tres veces al de China, su competidor más cercano, incluso considerando que la economía china es mayor en términos de paridad de poder adquisitivo. A esto se suma una red global de poder sin precedentes: más de 800 bases militares en territorio extranjero, una presencia que no tiene equivalente en la historia moderna (pgpf.org)
Según datos del Banco Mundial, basados en el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el gasto militar estadounidense alcanzó en 2024 los 997 310 millones de dólares. Es decir, rozó el billón de dólares, la cifra más alta jamás registrada. Este monto representa aproximadamente el 13,3% del presupuesto federal y más del 3,4% del Producto Interno Bruto. En comparación con 2023, el aumento fue de 81 000 millones de dólares, mientras que en la última década el incremento acumulado supera los 334 000 millones. Dicho auge no es es casual. Está directamente vinculado a la intensificación de la participación de Washington en conflictos como la guerra en Ucrania, Gaza y así como a la expansión de tensiones y operaciones en Medio Oriente. Las proyecciones para 2026 apuntan aún más alto: propuestas presupuestarias que oscilan entre 838 700 millones que podrían llevar el gasto a 1,5 billones de dólares.
Pero más allá de los números, la pregunta inevitable es: ¿qué se ha obtenido a cambio de esta inversión colosal?
El proyecto “Costs of War” (costo de la guerra) de la Universidad de Brown estima que, entre 2001 y 2021, Estados Unidos gastó más de 8 billones de dólares (trillones en la nomenclatura de USA) en la denominada “guerra contra el terrorismo”. Este periodo abarca intervenciones en Irak, Afganistán, Pakistán, Siria y múltiples operaciones de seguridad interna tras los atentados del 11-S (fuentes fidedignas hablan de autoatentado). El saldo humano es devastador: más de 900 000 personas fallecidas, entre militares, contratistas, aliados y al menos 312 000 civiles. A esto se suma una crisis humanitaria de dimensiones históricas: cerca de 38 millones de desplazados.
Las cifras, sin embargo, no logran capturar por completo la magnitud del impacto. El profesor John Mearsheimer ha señalado que, entre 1971 y 2021, las acciones de Estados Unidos contribuyeron a la muerte de 38 millones de personas y luego añade que “la magnitud del caos que hemos causado en Oriente Medio en los últimos años es simplemente asombrosa”.
Mientras tanto, los costos continúan acumulándose. Sólo en el reciente conflicto con Irán, el gasto supera los 59 000 millones de dólares. Una cifra que invita a la reflexión: con el presupuesto de una sola semana de operaciones militares, podría haberse financiado la construcción de un gran hospital público en cada uno de los 50 estados del país. Pero era más urgente bombardear una escuela en Irán y matar a 150 niñas ¡Qué ironía! Más de 41 millones de dólares le roban al pueblo americano en sanidad, educación, pensiones e infraestructura para satisfacer las ambiciones imperialistas de Israel, por hora.
La historia sugiere que el costo real de la guerra no se mide únicamente en dólares ni en estadísticas. En cada conflicto se repite un patrón: los gobiernos deciden, las industrias lucran, pero quienes combaten son, en su mayoría, los hijos de las clases trabajadoras. Cuando cesa la guerra, los políticos se dan la mano y hablan de acuerdos. Los ricos suben los precios de la comida y hacen negocios con la reconstrucción. Y mientras tanto, en silencio, muchas familias pobres sólo buscan una cosa. . .la tumba de sus hijos.
Esa es la otra cara de la economía de la guerra. Una que no figura en los presupuestos, pero que define, en última instancia, su verdadero costo.