Por Aníbal Brea
Columnista especial para LaVoz Hispana de Connecticut
Cuando era niño, recuerdo que los 31 de diciembre, a las 12 de la noche, mi madre se lanzaba al centro de la calle con un florero lleno de agua, que estrellaba sobre el pavimento, al tiempo que decía. “que en el se ensuelva”, lo que quería decir, que todas las cosas malas se fueran con el florero roto y el nuevo año, solo trajera cosas positivas. Una versión menos radical. Es la de golpear calderos y palanganas, con el fin de hacer el mayor ruido posible, con el fin de “ayudar” a largarse a los malos espíritus del año que termina. Todas estas curiosidades tradicionales las traigo a cuento, al decidir mejor escribir al comenzar el año, sobre tradiciones que sobre las calamidades que afectan en estos días a demasiada gente alrededor del mundo.
Naturalmente, en mis tiempos, la otra costumbre muy expandida, pero a menudo difícil de lograr: tragar una uva con cada uno de los 12 campanazos que anunciaban el fin de un año y el comienzo de otro. Con mis 11 o 12 años, por supuesto que me atragantaba. A mi abuela nunca le pasaba, porque ¡ella masticaba rápidamente las uvas en lugar de tragarlas! Pequeña trampa que, en su opinión no era nada grave, porque el tema era de tragarse las uvas a como diera lugar. La idea era, además, de expresar un deseo por cada uva, lo que de todas maneras era demasiado al pretender alcanzar tantos deseos. La costumbre se dice que se originó en el siglo XIX en España, donde gracias a una excelente cosecha de uvas en Alicante, los agricultores decidieron venderlas en paquetes de a 12, diciendo a quien quisiera creerlo, que el tragárselas una a una con las campanadas de medianoche, traía buena suerte…
Según se cuenta, los boricuas, además de tragarse las famosas 12 uvas, también tiran cubos de agua por las ventanas para alejar los malos espíritus.
Son tradiciones de nuestro mundo hispano que aún se mantienen. Mi madre también se vestía de blanco para la ocasión, aunque en Brasil la costumbre es de ir a la playa vestidas de esa manera, a tirar flores al mar, seguramente expresando deseos o, lo que es posible en nuestras latitudes, saltando sobre las olas, lo que yo logré hacer algunas veces cuando los adultos de la familia se animaban a pasar la última noche frente al mar.
Hay numerosas y simpáticas otras costumbres, que evidencian que en cuanto a creer en las bonanzas de un año nuevo, realmente no hay fronteras. Así, en el sur de Estados Unidos, en Navidad es típico un plato llamado Hoppin’ John, que resulta ser bastante parecido al “moro de habichuelas” o “moro con cristianos” de nuestras regiones latinoamericanas. Eso indica que muchos pueblos, independientemente de sus valores culturales propios, asumen otros más universales, como los antes señalados.
Naturalmente, hay otras tradiciones que tienen más que ver con situaciones bien particulares. En Escocia, un signo de buena suerte al llegar la medianoche del último día del año, es que un hombre con pelo oscuro, sea el primero a entrar en cualquier casa. La tradición responde a las vicisitudes sufridas por los escoceses en la época en que los famosos bárbaros (suecos, daneses, etc.) descendían desde sus nórdicos territorios y bajaban en son de conquista hacia latitudes más al sur. Signos de los tiempos, en nuestros días la imagen de los nórdicos es de paz y tranquilidad y absolutamente nada de guerrerismo.
Y otras de esas tradiciones particulares, se originan en Asia, donde una de las más populares es la entrega de sobre rojos a los seres queridos. Los sobres contienen dinero y el color rojo se refiere a la amistad y la prosperidad. Pero cuidado con el dinero que se entrega, no deben ser billetes viejos y arrugados porque en ese caso se asocian más con el año que se deja atrás y no con el nuevo.
En muchos lugares de Europa, hay otra vieja costumbre, algo peligrosa cuando hay niños cerca, pero muy popular: la gente calienta pedazos de estaño hasta que se funden y los echan en agua fría para que adopten una forma cualquiera, preferiblemente la que la imaginación y los deseos determinan.
Por supuesto todas esas celebraciones no tienen un carácter único ligado a ninguna religión en particular. Ya vimos como en Asia se entregan los sobres rojos con dinero y entre los judíos, la Rosh Hashaná, que se corresponde con el Año Nuevo, se celebra generalmente a finales del verano, lo que no obsta para que todo el mundo se reúna el 31 de diciembre a celebrar el fin de un año, que a veces ha sido bueno y otras no, a esperar que el nuevo sea diferente si el anterior no fue grato.
Y a veces, como ocurre en algunos lugares, la celebración sirve para ajustar cuentas con figuras no muy apreciadas (generalmente políticos) o para celebrar a otras (generalmente artistas). La gente elabora efigies de esas personalidades y las queman a medianoche, símbolo de la purificación a través del fuego, en la víspera de Año Nuevo.
Sean cuales sean las costumbres, todas tienen un signo común, se hacen para esperar lo mejor y son, en definitiva, una expresión de positividad y de que siempre todo puede mejorar. ¡Feliz Año Nuevo, pues!.