Teóricamente, un arancel es un impuesto que un gobierno impone sobre los bienes que se importan o se exportan. Han existido desde hace siglos y todavía están vigentes en muchos países y regiones. Se dan en dos modalidades, de acuerdo a la finalidad que persigue el país bajo la gestión de turno que es quien los aplica; los aranceles fiscales tienen como función 100% recaudatoria, y los aranceles proteccionistas buscan encarecer los productos extranjeros para proteger la industria nacional.
La gestión del presidente Donald Trump en su segundo mandato ha estado marcada por una política arancelaria agresiva y expansiva. El 25 de marzo del año pasado entró en vigor un arancel global del 25% sobre productos de acero y aluminio. Posteriormente, el 2 de abril, fecha que denominó “día de la liberación”, anunció un arancel universal del 10% sobre todas las importaciones, acompañado de tarifas aún más elevadas para 60 países. En el caso de China, los aranceles se incrementaron progresivamente hasta alcanzar el 145%. En esta ocasión nos dedicamos a hablar del impacto de los mismos sobre la economía, después que su gestión recibiera un duro revés por parte de la Corte Suprema al anular la mayoría de sus aranceles. Por supuesto no nos ocupamos del tema jurídico, lo nuestro es lo económico y ahí vamos.
La pregunta central es clara: ¿ha sido un éxito o un fracaso la política arancelaria de la gestión Trump? En palabras del reconocido analista Dr. César Vidal, esta política “ha sido un fracaso”. Según su valoración, los objetivos anunciados eran reducir los precios, lograr que empresas estadounidenses regresaran al país, debilitar la competitividad china en el mercado internacional y trasladar el coste de los aranceles a los exportadores extranjeros. Sin embargo, sostiene que ha fracasado en todos estos frentes y que el costo ha recaído íntegramente sobre las empresas y consumidores estadounidenses.
Desde el punto de vista económico, los aranceles han operado como un “impuesto oculto”. Al encarecer los bienes importados, han incrementado los precios finales que pagan los consumidores. Esto ha reducido el poder adquisitivo de los hogares y ha afectado de manera desproporcionada a las familias de ingresos bajos y medios, que destinan una mayor proporción de su renta al consumo de bienes básicos. Entre enero y abril de 2025, el arancel medio efectivo pasó de aproximadamente 2,5% a un máximo cercano al 27%, el nivel más alto en un siglo. Posteriormente, se moderó hacia un rango de 16–17% tras negociaciones y ajustes, pero el impacto inicial ya había dejado huella.
El mercado laboral también sintió los efectos. Durante 2025 se crearon 584 000 puestos de trabajo, una cifra considerablemente inferior a los cerca de dos millones anuales registrados en los dos años previos. El empleo manufacturero, que se suponía sería uno de los grandes beneficiarios de la política proteccionista, cayó mes a mes durante gran parte del año. Esto sugiere que el encarecimiento de insumos importados pudo haber elevado los costos de producción, afectando la competitividad de las propias industrias nacionales.
A pesar de la incertidumbre generada, la economía estadounidense no entró en recesión. El Producto Interior Bruto (PIB) continuó creciendo durante el año pasado, con un repunte significativo en la segunda mitad. Además, la recaudación por derechos de importación aumentó de manera notable, casi triplicando la cifra registrada en 2024 y alcanzando aproximadamente 287 000 millones de dólares. Desde la óptica fiscal, el gobierno obtuvo ingresos adicionales importantes.
No obstante, los modelos de proyección a largo plazo ofrecen un panorama menos alentador. El modelo presupuestario de la Universidad de Pensilvania (PWBM) estima que, si la política arancelaria se mantuviera en el tiempo, el PIB de largo plazo podría reducirse entre 5% y 6%, mientras que los salarios caerían entre 4% y 5%. La explicación radica en una menor inversión y una disminución del stock de capital, factores que afectan directamente la productividad y el crecimiento potencial.
La política arancelaria hasta hoy puede calificarse como un instrumento de alto costo y eficacia limitada. Si bien incrementó la recaudación y no provocó una recesión inmediata, tampoco cumplió sus objetivos centrales: no redujo los precios, no revitalizó de forma sostenida la manufactura, no redujo el déficit comercial, no trasladó el costo a los países exportadores, no ha conseguido destruir la economía China, no los usó como instrumento de presión para detener las guerras; antes por el contrario cada vez vemos a esta gestión inmerso en más guerras (Ucrania, Gaza, Venezuela, Irán). En una economía profundamente integrada en cadenas globales de valor, pretender una victoria absoluta mediante barreras comerciales resulta, cuando menos, inverosímil. Hasta ahora, más que un canto de victoria, la experiencia arancelaria parece una promesa incumplida.