Con la llegada del invierno y el descenso de las temperaturas, no solo la piel se resiente ante el cambio estacional: los ojos también se ven afectados por el frío y las condiciones ambientales propias de esta época del año. Aunque muchas personas asocian los problemas oculares únicamente con el sol del verano, el invierno puede provocar molestias que van desde la sequedad y la irritación hasta un aumento de la sensibilidad ocular.
Este fenómeno se debe, en gran medida, a los cambios bruscos de temperatura, al aire seco característico del clima frío, al uso de la calefacción en interiores o a la exposición continuada al viento, entre otras razones. Todos estos factores favorecen la evaporación de la lágrima y reducen la protección natural del ojo.
Para comprender por qué ocurre y qué señales debemos vigilar, es importante conocer los principales efectos que el frío tiene sobre nuestra salud visual. “Durante los meses más fríos, los ojos están sometidos a cambios ambientales muy bruscos que alteran su equilibrio natural.
El frío, el viento y los ambientes interiores excesivamente secos comprometen la estabilidad de la película lagrimal, lo que puede derivar en molestias que muchas veces pasan desapercibidas. Reconocer estos síntomas y adoptar medidas preventivas es esencial para mantener una buena salud visual durante el invierno”, afirma Ana Díaz, óptica y directora de Formación de Alain Afflelou.
Efectos del invierno
Cinco efectos del invierno que pueden afectar a tu salud ocular:
Aumento de la sequedad ocular
Las bajas temperaturas y la exposición al viento favorecen la evaporación de la película lagrimal, la capa que protege y lubrica la superficie del ojo. Cuando esta se altera, aparecen síntomas como sensación de arenilla, picor, fatiga visual o tirantez, especialmente durante actividades prolongadas en exteriores.
Irritación derivada de los cambios de temperatura
Alternar repetidamente entre el frío del exterior y el ambiente cálido generado por la calefacción en interiores provoca un estrés térmico en la superficie ocular. Este contraste contribuye a una mayor sequedad y puede desencadenar enrojecimiento, escozor o molestias persistentes.
Mayor sensibilidad a la luz
En invierno, la radiación solar puede resultar más incómoda para los ojos, en especial en días despejados o en zonas con nieve, donde la luz se refleja y aumenta su intensidad. Esta situación es especialmente relevante para quienes practican deportes de invierno como el esquí o el snowboard, ya que la exposición prolongada puede acentuar la fotofobia, generar deslumbramientos y provocar sensación de fatiga ocular.
Exposición al viento y agentes externos
El viento frío impacta directamente sobre el ojo, generando una pérdida más rápida de humedad y favoreciendo la entrada de partículas ambientales, como polvo o polen. Esta combinación puede irritar la superficie ocular y desencadenar lagrimeo reflejo o inflamación leve.
Impacto de la calefacción en espacios cerrados
Los sistemas de calefacción reducen significativamente la humedad ambiental, creando entornos secos que afectan a la estabilidad de la película lagrimal. Esta falta de humedad incrementa la sensación de sequedad y puede hacer más evidentes molestias como el escozor o la visión borrosa temporal.
Claves para minimizar los riesgos
Para minimizar estos efectos, existen una serie de hábitos sencillos que se pueden adoptar en el día a día:
Mantener una correcta hidratación ocular.
El uso de lágrimas artificiales ayuda a compensar la evaporación de la película lagrimal y a aliviar la sensación de sequedad. Esto es recomendable especialmente en ambientes o lugares secos o tras una exposición prolongada al frío y al viento.
Proteger los ojos
El uso de gafas homologadas no solo es importante en verano. En época de frío, ayudan a proteger los ojos del viento, frío y del deslumbramiento provocado por la radiación solar, especialmente en entornos con nieve o alta luminosidad.
Controlar la humedad en interiores
Mantener un correcto nivel de humedad en casa o en el lugar de trabajo mediante humidificadores o ventilador regular, contribuye a reducir la sequedad ambiental causada por la calefacción y a preservar la estabilidad de la lágrima.
Evitar la exposición directa a corrientes de aire
Evitar el aire directo de radiadores o aparatos de climatización sobre los ojos, ayuda a prevenir la irritación y el enrojecimiento ocular.
Realizar revisiones visuales periódicas
Es fundamental acudir a un profesional de la salud visual ante la aparición de molestias persistentes como sequedad, enrojecimiento o visión borrosa. Una revisión a tiempo permite detectar a tiempo posibles alteraciones, recibir recomendaciones personalizadas y prevenir problemas mayores.