La ONU cumplió en el 2025 sus primeros 80 años. Y decimos sus primeros porque pese a ciertas apariencias y aunque el poder esté más fragmentado y los desafíos sean más complejos, la ONU seguirá siendo un instrumento vital, no solo, como se puede pensar, para dirimir conflictos, sino por el papel de gran utilidad que desempeña en áreas tan importantes como las de ofrecer alimentos, salud y protección a millones de personas que en el mundo no tienen la suerte de vivir en entornos de paz.
Así, las Naciones Unidas (ONU) siguen presentes en el nuevo orden mundial, que ya no es dominado por una única superpotencia y en el que la ONU ofrece un espacio en el que casi todos los países, grandes o pequeños, tienen voz, aunque casi nunca esa voz tenga mayor influencia, a menos que se exprese colectivamente, a través de mecanismos grupales como los No Alineados.
La tentación es grande la de sublimar la Guerra Fría, donde solo había dos adversarios, ambos armados hasta los dientes, pero al mismo tiempo extremadamente cuidadosos en solo “enseñar los dientes”, y teniendo cuidado de no poner nervioso al otro lado.
Hoy, los mismos Estados poderosos, pese a su poder, no descartan buscar la aprobación de la ONU porque les proporciona legitimidad internacional. Ya se sabe que, aun en el nuevo “orden” mundial, la legitimidad que proporciona la ONU sigue siendo importante.
Pero pese a su perceptible debilidad, la existencia de la ONU es y seguirá siendo pertinente. Si bien su espacio de autoridad en los temas propiamente políticos se reduce, en función de nuevas e inesperadas variables, lo que es propio de los comienzos de siglo (aunque muchos pensábamos que la gran crisis del COVID, había cumplido ese inevitable presagio), hay muchas otras necesidades humanas, para las cuales la organización tiene respuestas, por pobres que puedan ser en algunos casos.
En ese orden, las mayores contribuciones que hace la ONU son en nombre de los estados que la componen. No se debe olvidar que en la ONU están representados todos los estados del mundo y que la misma existe gracias a los aportes que hacen sus miembros. De manera que, cuando la ONU dice presente en una situación de crisis humanitaria, es gracias y generalmente no en contra de la voluntad de ninguno de sus estados miembros, excepto cuando se trata de un conflicto armado que les puede involucrar.
Cuando se producen crisis que afectan a grupos humanos, ya sean guerras, epidemias, desastres naturales (huracanes, inundaciones, muy frecuentes en nuestros días), la ONU asume la responsabilidad de coordinar la asistencia humanitaria a través de sus organismos especializados como la OMS (salud), UNICEF (niñez) y el Programa Mundial de Alimentos.
Ningún país por sí solo, ni siquiera las mayores potencias económicas del mundo, puede lograr este tipo de asistencia global, porque, entre otras razones, cada país tiene sus prioridades. La ONU tiene prioridades en función de la gravedad de una crisis, no de cuales fuerzas, humanas o naturales, la provocan o intervienen. Esa es una diferencia mayor.
A la par de su activismo humanitario frente a imprevisibles, la ONU también se ocupa de ayudar a quienes se supone que más la necesitan, mediante los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), instrumento dirigido a los países en desarrollo y que tienen como propósito concentrarse en reducir la pobreza, fortalecer los programas locales de educación, crear mecanismos locales de participación en la lucha por controlar los efectos del clima y, muy importante en nuestros días de concientización ciudadana, promover los obvios beneficios de la igualdad de género.
Las tareas son inmensas e interminables y todas y cada una de ellas cumplen cometidos específicos para los cuales se requiere lo que se podría llamar niveles mínimos de estabilidad global. Con ese propósito, en la ONU existen mecanismos tendentes a garantizar un mínimo de paz y seguridad, aunque su Consejo de Seguridad, máximo exponente de ese recurso, se encuentra sufriendo de una fuerte crisis de desconfianza entre sus principales miembros.
Si durante la Guerra Fría, existían efectivamente peligros extraordinarios, los propios mecanismos de control, prevenían ocurrencias devastadoras, particularmente porque había realmente mecanismos de control. Los conflictos se localizaban bien lejos geográficamente de los grandes centros del poder.
En nuestros días, una vez que desapareció el equilibrio de antaño, aunque inevitablemente siguen activos viejos conflictos que no parecen despertar particulares preocupaciones, en Sudan, Somalia, el Congo o Gaza, surge uno que otro nuevo, afectando incluso a la vieja Europa que, aunque siendo el terreno de las terribles 2 guerras mundiales, había logrado altos niveles de coexistencia. La guerra de Rusia contra Ucrania rompe ese cuadro.
Claro, podría ser peor, en el Medio Oriente, África o Europa. Y para al menos tratar de coadyuvar a evitar peores consecuencias ya que escapa a las posibilidades de la organización, controlar la voluntad de algunos países o grupos, la ONU, mediante misiones de mantenimiento de la paz, mediación y prevención de conflictos, intenta contener las guerras y proteger a los civiles.
No es una tarea siempre exitosa, pero, aunque imperfectas, las operaciones de paz de la ONU han ayudado a estabilizar regiones en posconflicto y a reducir la violencia en lugares donde la acción unilateral de terceros, podría echarlo todo a perder.
La ONU no es pues claramente perfecta y en un universo de seres humanos, no tendría sentido esperar tal cosa. Gracias no obstante a sus instrumentos de promoción de la paz, la seguridad y, de manera práctica, ayudando a solventar situaciones humanitarias, la organización merece el puesto que ya ocupa en la larga historia del mundo. De todas maneras, por su extrema utilidad, de ya no existir, habría que crearla.