Si esta historia pasara hoy en nuestro barrio, la mujer del pozo ya sería tendencia en redes sociales por las razones equivocadas. La gente estaría murmurando: “¿Ya la viste? Va al pozo al mediodía para que nadie la vea, porque con cinco exes y el de ahora, ya te imaginarás…” Esa es la diferencia entre el juicio del mundo y la mirada de Dios: mientras nosotros nos quedamos pegados en el chisme, Jesús se sienta a esperar.
Un encuentro con “segundas intenciones”
Hay un detalle que no podemos pasar por alto: Jesús la estaba esperando en el pozo de Jacob. En el Antiguo Testamento, los pozos no eran solo para sacar agua; eran el lugar de los encuentros amorosos, donde se conocieron Isaac y Rebeca, o donde Moisés encontró a su esposa. El pozo era, por excelencia, el lugar donde se sellaban los matrimonios.
Jesús sabe perfectamente a dónde fue a sentarse. Él no busca un matrimonio convencional, pero sí busca desposar el alma de esa mujer (y la de cada uno de nosotros). Él es el Novio que sale al encuentro de su Iglesia. Al elegir ese lugar, Jesús le está diciendo: “Has buscado amor en muchos sitios, pero aquí estoy Yo, el único que puede darte el compromiso definitivo”.
Jesús no empezó con el regaño
Lo que más sorprende es que Jesús no la recibe con un dedo acusador. No le dice: “Oye, pecadora, endereza tu vida y luego hablamos”. ¡Al contrario! Él, siendo Dios, se pone en una postura humilde y le pide un favor: “Dame de beber”.
Esa es la gran enseñanza para quienes hoy queremos hablar de fe. Muchas veces alejamos a la gente porque queremos ser jueces antes que hermanos. Jesús nos enseña que la evangelización no es una lista de reproches, sino una invitación a una aventura. Primero la atrajo con su bondad, le mostró que había algo mejor que el agua estancada, y solo entonces, cuando ella ya confiaba, tocó el tema de su vida personal.
El “bloqueo” de los cinco maridos
Jesús le menciona lo de sus cinco maridos no para humillarla, sino para ayudarla a sanar. Ese patrón de buscar amor en un lugar y en otro, de coleccionar relaciones que no la llenaban, era su “bloqueo”. Ella tenía sed de Dios, pero intentaba calmarla con cosas pasajeras.
¿Cuántos de nosotros no tenemos nuestros propios “cinco maridos”? No siempre son personas; a veces son vicios, la ambición por el dinero, la obsesión con el qué dirán o el poder. Son cosas que nos dan un “trago” de felicidad rápida, pero que nos dejan el alma seca a los cinco minutos. Jesús le dice: “Ya deja de dar vueltas. El agua que yo te doy se convertirá en un manantial dentro de ti”.
Deja el cántaro y corre
La historia termina de forma maravillosa. La mujer, que llegó con miedo al juicio de los demás, termina dejando tirado su cántaro y corriendo al pueblo a contarle a todos que encontró a alguien que le leyó el alma sin condenarla.
Se convirtió en la mejor evangelizadora porque no habló de teorías, sino de su propia liberación. Dejó de ser “la mujer de los cinco maridos” para ser la mujer que encontró el Amor verdadero en el pozo de Jacob. Esta Cuaresma es para eso: para dejar de juzgar el pasado del vecino y acudir a la cita que Jesús tiene preparada para nosotros. Él sigue ahí sentado, esperando que lleguemos para transformarnos.