Estamos cursando los primeros días del quinto mes del presente año; y ya se tiene a la mano la estimación adelantada por parte de la Oficina de Análisis Económico (BEA), con respecto al crecimiento del primer trimestre (1T); que es el objeto que no ocupa en esta edición en la que procuramos analizar y sintetizar los pormenores que han contribuido a este moderado crecimiento del Producto Interior Bruto de Estados Unidos (PIB), así como sus implicancias. Acompáñenos en esta travesía a través de las líneas que prosiguen.
Es valioso señalar que la economía estadounidense, en el primer trimestre del 2026 ha dejado en evidencia una capacidad de resistencia superior a la prevista meses atrás; alcanzando un crecimiento del 2% en términos anuales. Este dato representa una recuperación significativa frente a un débil 0,5% registrado en el cuarto trimestre del año pasado. Aunque quedó tenuemente por debajo de las proyecciones del mercado, que apuntaban a un crecimiento cercano al 2,2% ó 2,3%.
El motor fundamental para este crecimiento moderado recae en la inversión privada, específicamente la que se encuentra vinculada al sector tecnológico y al desarrollo de infraestructura para inteligencia artificial. Las inversiones en equipos han aumentado más de 17%, mientras que el gasto en software y procesamiento de datos mostró un crecimiento de gran magnitud. El incremento en el gasto del gobierno también ha contribuido al rebote económico, tras el impacto negativo que produjo el cierre parcial del gobierno federal a finales de 2025; el gasto público mostró una recuperación superior al 4% lo que ha coadyuvado a dinamizar la demanda agregada. A ello se sumaron exportaciones más sólidas y un consumo privado que, aunque desacelerado, todavía continúa siendo un soporte importante de la economía nacional.
Dicho resultado hemos de interpretar con prudencia; porque este 2% difícilmente califica como un dato espectacular para una economía que históricamente ha crecido a tasas superiores en periodos de expansión. Peor aun cuando el motor de dicho crecimiento proviene de sectores de alta concentración, como son las grandes tecnológicas y las inversiones asociadas a inteligencia artificial, mientras otros segmentos muestran señales de agotamiento o desaceleración. Por citar, por ejemplo; el consumo de los hogares que representa más de dos tercios de la economía estadounidense perdió fuerza y creció apenas 1,6%. La inflación continúa dinamitando la capacidad adquisitiva de millones de familias, especialmente por el incremento de los precios de la energía derivado de las tensiones geopolíticas en Medio Oriente. El índice de inflación PCE, seguido de cerca por la Reserva Federal al mes de marzo se aceleró al 3,5% alejándose del objetivo oficial de 2%. Presenta además una desaceleración del consumo y los elevados costos financieros mantiene viva la preocupación sobre la sostenibilidad del crecimiento durante el resto del año.
Este 2% también nos lleva a una conclusión política y económica importante: la economía estadounidense continúa evidenciando una notable resiliencia: que ni la gigantesca deuda pública que ya supera los 39 billones de dólares, ni el elevado déficit fiscal, ni los conflictos bélicos internacionales han logrado paralizar completamente su aparato productivo. Dicha resiliencia no significa inmunidad. El incremento permanente de la deuda, el creciente costo de los intereses, la dependencia del gasto militar y las fracturas sociales internas representan riesgos estructurales de largo plazo. Hoy, el crecimiento económico estadounidense depende cada vez más de estímulos financieros, endeudamiento y burbujas tecnológicas, mientras la economía real muestra síntomas de desaceleración.
El primer trimestre de 2026 confirma que Estados Unidos sigue siendo una potencia económica capaz de sostener crecimiento aun en escenarios complejos; pero también evidencia que dicho crecimiento es cada vez más desigual, más dependiente de sectores específicos y más vulnerable a shocks externos.