Por Aníbal Brea
Especial para LaVoz Hispana de Connecticut
En nuestra civilización occidental, diciembre es el mes favorito para las fiestas. La Navidad es el pretexto universal, incluso para muchas personas que, sin ser cristianas, viven en la parte del mundo donde esos valores son predominantes. No todas esas personas llegan tan lejos como para adoptar la norteamericana costumbre de los iluminados y decorados arbolitos, pero sí la de los festejos, comilonas y, por supuesto, el intercambio de regalos porque, en fin de cuentas, “donde fueres, haz como vieres”.
Por eso, diciembre es tan popular en todas nuestras latitudes, como impopular es el mes de enero, pues es el periodo del ajuste cuentas, refiriéndose a la llegada de las facturas pagaderas porque, todo el festejo tiene un precio y enero es el mes del choque con la realidad, la vuelta a una rutina que, en muchos casos, perdurará por todo un año.
Al periodo se le conoce como “depresión post-Navidad” y al cuestionamiento de ¿Cómo es posible que haya comido y bebido tanto? Y claro, tratar de aceptar que la vida no es (solo) una fiesta y, que, de todas maneras, la ocasión sirvió además de reunir y disfrutar a la familia, (incluyendo a aquella parentela que solo es posible soportar por uno o dos días al año), para reactivar viejas y descuidadas amistades. Como si fuera poco, es igualmente el periodo para proponerse cambios que se supone sustanciales y tendentes a hacer la vida mas soportable.
El gran obstáculo a tales propósitos, es el monto de las facturas a pagar, la constancia de que las fiestas “fiestas son” y que la vida real tiene poco que ver con esos cortos y, en principio, gratos periodos. Según las estadísticas conocidas, la gente en este país y en Europa occidental gasta un promedio de hasta $1,500 dólares por persona durante las fiestas, lo que se agrega a los gastos corrientes habituales. Eso hay que enfrentarlo en enero, siendo precisamente el pasado lunes 19 de ese mes, popularmente conocido como el “Blue Monday” o, “el día más triste del año”.
Una de esas realidades es el cansancio físico y mental. No es poca cosa viajar, para quienes tienen que hacerlo, hacer las compras, preparar la decoración del periodo, envolver los obligados regalos, cocinar, comer y beber en demasía. Esa circunstancia nos lleva a contraer una deuda con nuestro organismo, una deuda de cansancio y de falta de sueño, complicada por la necesidad de ir al trabajo y tener que levantarse, no importa la hora, sino tener que levantarse con la perspectiva nada alentadora de cumplir un horario que, en enero, parece ser más largo que nunca y unos días más oscuros.
Como si eso fuera poco, mucho no se habla de las tensiones que florecen en esos días cuando las familias que no viven juntas se reúnen. Salen a relucir las diferencias de todo tipo, en nuestros días muy particularmente las políticas, incluso entre personas que ni son políticas, ni tienen esa actividad como oficio. Pero también las tensiones generadas por celos e incomprensiones, comparaciones ofensivas.
Naturalmente, todo este intríngulis se refiere a quienes, en las más variadas latitudes, disponen de recursos, espacios y vivir en paz para celebrar.
Pero hay otras muy numerosas personas, en igualmente muy variadas regiones del mundo, sea en Gaza, en Ucrania o en cualquiera de los 17 países africanos o la media docena de Asia o Medio oriente, que no pudieron celebrar, aunque quisieran, forzadas a estar más pendientes de encontrar qué comer, cómo y dónde dormir sin bombas o sin balas. Para esa humanidad, enero, abril o noviembre es lo mismo: bombas, muerte, desolación.
En fin, como “de todo hay en la viña del Señor”, todo sale a relucir en esos días de un mundo lleno de incertidumbres presentes y futuras, lo positivo y lo negativo. Y las esperanzas para algunos, quienes tienen la suerte de vivir tranquilamente, especialmente en el mundo desarrollado, de tener un futuro mes de enero con menos sobresaltos y para otros, de sobrevivir en medio del dolor, las tragedias y la incertidumbre.