Bastaría con señalar un dato para comprender la esencia del presente análisis: “de los 250 años de independencia de Estados Unidos, aproximadamente 228 han estado marcados por su participación directa o indirecta en conflictos bélicos”. Este hecho, por sí solo, permite anticipar una conclusión contundente como lo es el título bajo el cual escribo en esta ocasión.
Sostengo esta afirmación a partir de tres elementos clave. Primero, la constante histórica de su intervención militar. Segundo, la reciente publicación de el documento “Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos” (noviembre de 2025), que define con claridad su postura frente al escenario global. Tercero, el conflicto actual con Irán, que al momento de escribir estas líneas atraviesa una breve tregua de negociación por unos 15 días.
Desde su independencia en 1776, Estados Unidos ha vivido apenas unas dos décadas de paz total (22 años). Esto implica que más del 90% de su existencia como nación soberana ha estado vinculado a escenarios de conflicto. Esta recurrencia no es casual: forma parte de una lógica estructural que conecta poder militar, influencia geopolítica y desarrollo económico. El documento estratégico de 2025 se publica en un contexto de creciente rivalidad con China y tensiones persistentes con Rusia. En él se subraya la necesidad de mantener una “ventaja militar decisiva”, fortalecer alianzas y garantizar la supremacía tecnológica. Asimismo, se reconoce que la competencia entre grandes potencias será el eje definitorio del siglo XXI. Esta estrategia prioriza áreas como armas hipersónicas, inteligencia artificial aplicada a la defensa, ciberseguridad y modernización nuclear. Cada uno de estos avances implica inversiones millonarias y una estrecha colaboración entre el Estado y el sector privado. Empresas tecnológicas, especialmente en Silicon Valley, participan activamente en proyectos vinculados al Pentágono, desde sistemas de vigilancia hasta plataformas autónomas. En este contexto, la línea entre economía civil y economía de guerra se vuelve cada vez más difusa. El conflicto con Irán ilustra cómo esta lógica se mantiene vigente: intervenciones a gran distancia geográfica, con motivaciones que trascienden la defensa directa del territorio, y que más bien se ventila por estar involucrado en los “archivos Epstein” y estaría siendo objeto de chantaje por el MOSSAD.
Aquí las claves que sustentan lo dicho. El presupuesto de defensa estadounidense continúa siendo el mayor del mundo, superando ampliamente al de cualquier otra nación. Un gasto que no sólo financia tropas y armamento, sino que sostiene una vasta red de contratistas privados, empresas tecnológicas y centros de investigación. El llamado “complejo militar-industrial”, término popularizado por el presidente Dwight D. Eisenhower en 1961, se ha consolidado como uno de los pilares de la economía estadounidense. Gigantes de la industria armamentística dependen de contratos federales multimillonarios, mientras que estados enteros basan su empleo y crecimiento en bases militares y fábricas de defensa.
Históricamente, los grandes saltos económicos de Estados Unidos han estado ligados a periodos bélicos. La Segunda Guerra Mundial no sólo consolidó su liderazgo militar, sino que impulsó una expansión industrial sin precedentes. La Guerra Fría sostuvo durante décadas una economía movilizada en torno a la carrera armamentista y la competencia espacial. Incluso las guerras posteriores al 11 de septiembre de 2001 generaron un aumento significativo del gasto público en seguridad y defensa, con efectos directos en sectores como la construcción, la logística y la tecnología.
Sin embargo, el costo humano y social de esta economía de guerra es difícil de cuantificar. Miles de soldados estadounidenses han muerto en conflictos lejanos, mientras que millones de civiles en otros países han sufrido las consecuencias de intervenciones militares. A nivel interno, el gasto militar compite con inversiones en salud, educación e infraestructura. Los críticos sostienen que la priorización constante de la seguridad nacional perpetúa un estado de alerta permanente que condiciona la política exterior y limita el debate sobre alternativas diplomáticas.
A 250 años de su independencia, Estados Unidos enfrenta una paradoja: su poder económico ha estado estrechamente vinculado a su capacidad bélica, pero esa misma dependencia plantea interrogantes sobre su sostenibilidad a largo plazo ¿Puede una nación mantener su liderazgo sin recurrir de manera constante a la lógica del conflicto? ¿Es posible transitar hacia un modelo donde la innovación tecnológica y la competitividad industrial no estén subordinadas a la defensa?
En nuestra próxima edición haremos el esfuerzo de plasmar cifras tanto económicas como el costo humano de este accionar para nada sensato, como otros aspectos que incumben al tema.