Escribía, no hace demasiado, sobre el peculiar papel de la Unión Europea en las relaciones internacionales. La UE es menos que un estado federal pero mucho más que una zona de libre comercio. Sus miembros aceptan ceder voluntariamente parte de su soberanía. A cambio, se benefician de un mercado interior enorme, estabilidad monetaria y prosperidad económica.
El problema, sin embargo, es que la Unión Europea tiene un poder de atracción enorme sobre sus vecinos, pero no tiene una política exterior o de defensa clara. Eso hace que muchos estados quieran ingresar en el club rompiendo viejas dependencias y alianzas, generando reacciones hostiles de sus antiguos aliados. Ucrania es el ejemplo más claro: una nación que ha mirado hacia el oeste, buscando entrar en la Unión, pero que ha caído víctima de la hostilidad de sus viejos amos de Moscú. Ante esta agresión, no obstante, la UE no ha sido capaz de responder militarmente.
Los europeos tienen entonces una enorme facilidad para hacer amigos, pero no la capacidad para defenderles. Son una isla de estabilidad, pero no pueden permitirse vivir rodeada por la propia inestabilidad que generan fuera de sus fronteras.
Si las virtudes de la Unión hacen que literalmente haya cola de países buscando desesperadamente ser miembros y aliados, la Unión también debe ser capaz de proteger a estos potenciales amigos de ataques de terceros de manera creíble. Por añadido, los europeos también se enfrentan a amenazas exteriores y a estados que quieren debilitarla. Ahora mismo, es muy dudoso que sus miembros pudieran ser capaces de responder a una agresión exterior sin ayuda de Estados Unidos.
La solución obvia, y que muchos observadores dentro de la misma Europa han señalado repetidamente, es que el viejo continente no puede seguir quedándose a medias. No hablamos (aunque personalmente esa sería mi preferencia) de convertir la UE en los Estados Unidos de Europa, solo que con mejor sanidad y transporte público. Pero sí de dotar a la Unión de las herramientas, presupuesto, autoridad y coordinación necesarias para tener no solo una política exterior común y sólida, sino incluso un Ejército europeo con su propia disuasión nuclear.
Dar este paso, por supuesto, es extraordinariamente difícil. Los estados europeos tienen siglos de guerras unos contra otros detrás. Pedir a los franceses que cedan el control de su arsenal nuclear a alemanes (tres invasiones entre 1870 y 1945) o españoles (la guerra más reciente, en 1823, pero decenas de conflictos hasta entonces) ya es difícil, pero esencialmente cualquier pareja de estados vecinos fueron a las manos en repetidas ocasiones antes de la Segunda Guerra Mundial.
La existencia misma de la Unión demuestra que la lógica geoestratégica es más fuerte que la historia, pero los problemas van más allá. Sus Estados miembros, por mucho que sean aliados, tienen siglos de política exterior y alianzas por separado. España, por ejemplo, tiene una larga tradición y afinidad con América Latina, así que lleva durante años intentando convencer a sus socios para firmar un tratado comercial con Mercosur, el área de libre comercio compuesta por Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay. Los franceses nunca han tenido una presencia o contacto pronunciado con estos países y perciben un acuerdo con este bloque como una amenaza para sus agricultores. La UE ha acabado firmando un tratado, venciendo más de una década de resistencia gala.
Alinear estas preferencias es complicado. Lo es más aún cuando alguno de esos miembros sigue voluntariosamente aliado o bajo la influencia de estados abiertamente hostiles al proyecto europeo. Este es el caso de Hungría, un país gobernado con ciertas dosis de autoritarismo por Fidesz, un partido político abiertamente prorruso. No ayudó en absoluto que Moscú esté apoyando, directa o indirectamente, a muchos partidos furibundamente antieuropeístas, con una clara intención de sabotear una potencial política exterior común.
Y por descontado, tenemos el oportunismo de muchos partidos de extrema derecha en todo el continente. Echar la culpa a la UE de todos los males del país es un argumento recurrente del populismo europeo, cargando contra las élites globalistas de Bruselas en un lenguaje que nos debería sonar familiar.
En realidad, la UE no puede permitirse seguir quedándose a medio camino. De hacerlo, lo único que conseguirán es quedarse atrás.