Existen encuentros que no están diseñados para durar toda la vida, sino para transformarla. A menudo, nos empeñamos en forzar que dos líneas paralelas se crucen, sin entender que su mayor belleza radica en haber caminado juntas, compartiendo el mismo horizonte, aunque sus naturalezas les impidan fundirse en una sola.
Hoy, tras cerrar el telón de una etapa de profundo aprendizaje, me detengo a observar el mapa de lo que fuimos. Entiendo ahora que el amor no es solo la intensidad del incendio, sino la sabiduría de reconocer cuándo el fuego ha cumplido su propósito: el de iluminar nuestras sombras y templar nuestro carácter.
Reconozco mis propios pasos en falso. En mi afán por construir un refugio, a veces olvidé que cada alma tiene sus propios tiempos y sus propios silencios. Sé que mi ímpetu pudo ser, en ocasiones, un estruendo para quien buscaba la calma de la discreción. Acepto mi parte en este desencuentro: la de quien amó con la fuerza de un narrador que quería escribir un final feliz, sin notar que el guion ya nos pedía una tregua.
A ti, que fuiste mi espejo y mi desafío, solo puedo decirte: gracias. Gracias por ser la mujer que transformó a un soñador en un hombre pragmático. Gracias por enseñarme que la lealtad tiene formas silenciosas y que el valor de un hombre también se mide por su capacidad de retirarse en paz. Entiendo tus heridas, las comprendo tan de cerca que me duelen como propias, y es precisamente ese entendimiento el que me dicta que el mayor acto de respeto que puedo ofrecerte hoy es mi ausencia.
No nos separamos porque falte afecto, sino porque hemos comprendido que nuestras formas de habitar el mundo necesitan espacios distintos. Nos despedimos en este silencio compartido, un silencio que no es vacío, sino que está lleno de todo lo que no necesitamos decirnos porque ya está escrito en el alma.
Me llevo conmigo la versión más luminosa de nosotros. Me quedo con la gratitud de haber coincidido y con la certeza de que, aunque nuestros caminos se separen hoy, una parte de tu fuerza se queda en mi estructura, y una parte de mi luz se queda cuidando tus pasos.
El amor sano no siempre es el que se queda; a veces, el amor más puro es el que tiene la gallardía de decir: “Te honro, te agradezco y te dejo ir, para que ambos podamos encontrar la paz que nuestra cercanía no supo darnos”.
Que el camino te sea leve, y que la paz sea siempre tu alianza más sólida.