En una escena de “Luces de Bohemia”, la extraña, hipnótica obra de teatro de Ramón María del Valle-Inclán, el protagonista da con sus huesos en la cárcel. Max Estrella, “hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales” (Valle-Inclán sabía describir a sus personajes), se topa en su celda con Mateo, un obrero anarquista catalán detenido por haber organizado un motín en su fábrica en protesta de una guerra olvidada.
El poeta, ciego y borracho, charla con él un buen rato, entusiasmado con su fervor revolucionario. Mateo, sin embargo, es pesimista; sabe que le espera la muerte, “cuatro tiros por intento de fuga”. Su única esperanza es que sólo sea eso, y que los guardias no se diviertan dándole tormento. Antes de que Estrella pueda seguir con su indignación, el carcelero llega para llevarse al obrero. Se despiden rápidamente. Será la última vez que nadie sepa de Mateo.
“Luces de Bohemia” fue publicada en 1920, durante los últimos años de lo que en España se conoce como la Restauración borbónica. El país era formalmente una monarquía constitucional, aunque no especialmente democrática. En el Madrid de la obra (“absurdo, brillante y hambriento”) eran años de huelgas, agitación obrera y violencia política; era la época del “pistolerismo”, de terrorismo anarquista y matones a sueldo de los patrones asesinando sindicalistas.
De todas las leyes de la época, una de las más infames era la “ley de fugas”, precisamente a la que hace referencia Mateo. Las fuerzas del orden estaban “autorizadas” a hacer uso de la fuerza para evitar que presos que eran considerados peligrosos escaparan de la cárcel. No hay cifras exactas sobre cuántas personas murieron de esta forma (se habla de más de quinientos), porque nunca llegó a investigarse; en 1923, el régimen de la Restauración dio paso a la dictadura de Primo de Rivera, que borró cualquier rastro de esas prácticas en los archivos oficiales.
Hace unos días el New York Times publicaba un largo artículo en el que repasaban las historias de cuatro tiroteos en cuatro ciudades: San Bernardino, Chicago, Washington y Los Ángeles. En los cuatro eventos, la víctima era un civil, inmigrantes en algunos casos, ciudadanos en otros. En los cuatro casos, quienes abrieron fuego eran agentes de inmigración, ya fuera ICE o la patrulla migratoria.
En todos estos casos, las autoridades federales acusaron a las víctimas de haber cometido algún delito, intentando agredir o atacar a sus agentes de algún modo. Una vez llegaron a juicio, esas alegaciones resultaron ser siempre falsas. Los agentes de ICE y CBP eran quienes habían actuado de forma agresiva, liándose a tiros sin motivo aparente.
Según el periódico, hay doce casos más en los que agentes de inmigración han abierto fuego contra civiles desarmados. En casi todos ellos, las autoridades están acusando a las víctimas con relatos parecidos. En dos, sobre Alex Pretti y Renee Good, estas investigaciones continuaron a pesar de que ambos habían fallecido, cosidos a tiros por la migra.
Aquí tenemos 16 historias, conocidas porque acabaron a balazos. El sistema, sin embargo, está plagado de ellas. Hemos visto casos como el de Alberto Castañeda Mondragón, que fue llevado a rastras por ICE al hospital, según ello porque “se empotró aposta de cabeza contra una pared”. Los agentes en realidad le habían dado una paliza. Geraldo Lunas Campos murió en un centro de detención en Texas. ICE dijo que se suicidó. La autopsia reveló que fue estrangulado por los guardias.
Las autoridades, una y otra vez, parece que han decidido mentir sin pudor alguno.
Estos días, leyendo las noticias, no podía evitar recordar esa escena de Mateo y Max Estrella en la cárcel, de violencia y terrorismo de Estado. La España de los años veinte quizás cae muy lejos. Las historias de muertes “accidentales” a manos de agentes del orden, sin embargo, están mucho más cerca. Demasiado.
Los casos de Renee Good y Alex Pretti, las historias de todas estas víctimas de abusos y violencia injustificada, no pueden ser tomadas como algo anecdótico que se soluciona “entrenando mejor” a los agentes.
No son accidentes. No son anécdotas.
Debemos exigir la verdad. Debemos defender nuestras libertades. Y debemos exigir que, cuando esto pase, los responsables rindan cuentas de sus actos.