En el camino de la fe, la frontera entre la firmeza profética y la interpretación de la agresividad suele ser difusa para quien observa desde la comodidad de la norma. Recientemente, se ha señalado mi forma de comunicar como “agresiva” o “crítica”. Ante esto, es imperativo realizar una reflexión profunda sobre la naturaleza de nuestra misión como bautizados y la verdadera esencia de la conversión de San Pablo.
El Ministerio de la Profecía
El bautismo nos inviste con un ministerio de profecía. El profeta no es aquel que habla para agradar al oído, sino aquel que, impulsado por el Espíritu, señala la distancia entre nuestra realidad y el Reino. Si mi palabra se percibe con fuerza, no es por un atributo de bondad personal —del cual carezco—, sino por la urgencia de una Iglesia que no puede ser mediocre. No es crítica ociosa; es el ejercicio de una responsabilidad eclesial que nace de la Comunión Eucarística. La Eucaristía no es un acto de pasividad, sino el alimento que nos debe movilizar a transformar las estructuras que nos alejan de Dios.
La Lección de Pablo: El Fin del Individualismo
Se me ha sugerido hablar en “primera persona”, bajo la premisa de que la conversión es un proceso individual de “yo me convierto”. Sin embargo, San Pablo nos enseña lo contrario. Su encuentro en el camino a Damasco no fue una introspección psicológica ni un ejercicio de autoayuda; fue una irrupción de Cristo que lo tiró del caballo de su propia justicia.
Pablo no se centró en contar su “historia de éxito personal” en la fe. Él entendió que la conversión es un descentramiento. Si las generaciones actuales no encuentran eco en nuestro mensaje, es precisamente porque nos hemos obsesionado con el “yo”: mi testimonio, mi proceso, mi santidad. Ese enfoque individualista es el que no convence.
Del “Tú” al “Nosotros”
La verdadera conversión de la que hablo —y la que intento vivir— es la que reconoce un Tú (Cristo) para que pueda existir un Nosotros (Comunidad). San Pablo deja de ser el protagonista de su vida para que Cristo sea el centro.
Cuando hablo con vehemencia, lo hago desde la experiencia de quien sabe que la fe no es un refugio para la ociosidad, sino un campo de batalla por la paz y la justicia. Si mi tono incomoda, quizás no es por falta de caridad, sino porque la Palabra de Dios es “espada de doble filo”.
No busco hablar de mí, busco que hablemos de Él. Porque solo cuando dejamos de decir “yo soy bueno” y empezamos a decir “Tú me has alcanzado”, es cuando la Iglesia recupera su fuerza evangelizadora para las nuevas generaciones. La meta no es la autocomplacencia, sino la comunión real que nace de ser derribados de nuestros propios pedestales.