Escribo, de vez en cuando, en medios de comunicación españoles. Aunque llevo tiempo fuera del país, sigo teniendo una relación cordial con muchos editores y periodistas, en no poca medida fruto del interés que despierta Estados Unidos en el resto del mundo. Así que, cuando me lo piden, publico o respondo a preguntas de corresponsal, según lo necesiten.
En condiciones normales, suelo atender un par de llamadas al mes a lo sumo, casi siempre en algo relacionado con España de forma más o menos directa. No suelo decir que no a casi nadie; me gusta escribir.
Desde que empezó el año, sin embargo, es raro el día que no recibo una o dos llamadas de editores desde España. He hecho múltiples entrevistas en prensa, radio y televisión; tengo varios artículos pendientes y, por primera vez, he tenido que dar largas a algunos medios, porque no tengo tiempo de contestar a todos.
El motivo es simple: Venezuela. En España, por muchos motivos, siempre ha habido una profunda fascinación con el chavismo, y el debate en torno a ese país siempre ha estado tremendamente politizado. La terrible y persistente crisis económica provocada por el gobierno de Maduro ha hecho que casi 700.000 venezolanos hayan acabado emigrando a la península (el chiste es que Madrid es la tercera o cuarta ciudad más grande de Venezuela en población), así que el interés está más que justificado.
Pero las preguntas que recibo desde Europa no son sobre Venezuela o el chavismo, sino sobre qué viene después. Sobre si Trump está hablando en serio sobre Cuba, México o Colombia. Si realmente quiere gobernar Venezuela como un protectorado. Si está hablando en serio sobre tomar Groenlandia por la fuerza.
Groenlandia forma parte de Dinamarca, un miembro de la OTAN y la Unión Europea. Tanto los medios como la opinión pública están realmente preocupados sobre si Estados Unidos de veras se plantea invadir la isla. El gobierno español ha asistido a múltiples reuniones con dirigentes del viejo continente intentando buscar una respuesta.
La preocupación, huelga decirlo, está más que justificada: Donald Trump es un político que miente a menudo sobre los hechos, pero no suele mentir sobre sus intenciones. Nadie se lo tomó demasiado en serio cuando hablaba de “tomar el control” en Venezuela ofreciendo toda clase de pretextos injustificables o absurdos, pero ahí le tienen. Tampoco le creyeron demasiado cuando prometió deportaciones en masa o que iba a gobernar de forma autoritaria, y así estamos.
Si dice que quiere invadir Groenlandia, hay que hacerle caso. Por muy absurda, alocada y potencialmente catastrófica que sea la idea.
Es perfectamente posible que la administración dé marcha atrás en sus intentos por anexionar la isla de un gobierno aliado. Trump suele retroceder cuando se encuentra resistencia decidida, y los europeos están planteándose hacer cosas impensables hasta hace unos meses, como estacionar tropas en el territorio.
El problema, sin embargo, va más allá: para la gran parte de la opinión pública española y europea, cualquier atisbo de confianza respecto a Estados Unidos se ha desvanecido casi por completo. Cuando un teórico aliado habla en serio sobre invadir parte de un país amigo con el único argumento de “seguridad colectiva” e inventándose flotas chinas y rusas presuntamente al acecho, es imposible aceptar nada de lo que digan, defiendan o propongan como algo remotamente válido u honesto. Para el resto del mundo, la administración Trump no es de fiar, y no la ven como un potencial amigo, sino como alguien frente al que deben buscar una alternativa o contrapeso.
Esto es increíblemente peligroso. Estados Unidos es rico y próspero, pero su economía apenas llega al 15 % del PIB global en términos reales. Por muy poderoso y opulento que sea el país, nuestra fortaleza siempre se ha basado en nuestras alianzas, en estar en el centro de una enorme coalición de países ricos y democráticos que están dispuestos a apoyarnos y comerciar con nosotros. Esta administración, con sus aranceles y astracanadas constantes, está consiguiendo que estas alianzas sean cada vez más débiles — y, si siguen por este camino, dejen de existir.
Durante décadas, el mundo veía a Estados Unidos como un guía. Ahora nos miran con preocupación. Las consecuencias a largo plazo de este cambio pueden ser desastrosas.