Todos los gobiernos del mundo, sin excepción, se endeudan. Ricos y pobres, dictaduras y democracias, de derechas o de izquierdas, la deuda pública es una constante en todas las naciones, y una necesidad para gobernar cualquier estado moderno.
Aunque a algunos políticos y comentaristas les gusta hacer el símil entre el presupuesto de un gobierno y uno familiar, la realidad es que son cosas completamente distintas. Una familia no puede imprimir moneda para pagar sus deudas u obligar a sus contribuyentes a pagar más impuestos para recaudar más. Un gobierno, además, tiene obligaciones que no tendrá nunca nadie fuera de una administración, desde gestionar hospitales a vigilar fronteras.
Los gobiernos suelen endeudarse por varios motivos. El más habitual es para invertir en proyectos que cuestan dinero ahora, pero que generan beneficios sociales futuros. Cosas como construir un puente o una red de carreteras, por ejemplo, pero también servicios más abstractos como la educación o la salud. Es justo y razonable que los contribuyentes actuales no paguen impuestos ahora y difieran parte de ese coste a contribuyentes futuros, que serán los que saldrán más beneficiados.
Muchos de estos servicios, además, generan crecimiento económico a largo plazo – y si el crecimiento de la economía es más rápido que el déficit público, la carga de deuda del gobierno disminuye con el tiempo. Así que endeudarse tiene sentido si se hace de forma responsable.
La otra razón para emitir deuda es cuando toca responder a una emergencia. Si hay una crisis económica grave, un desastre natural o una guerra, tiene poco sentido esperar pacientemente a recaudar el dinero para poder ayudar a los necesitados o comprar más tanques; los necesitas ahora. Así que los gobiernos suelen responder a infortunios como pandemias, inundaciones y demás gastando ahora y recaudando después, con toda la razón del mundo.
Lo habitual y recomendable es que los gobernantes intenten ahorrar dinero en tiempos de bonanza, reduciendo la deuda total (aunque sigan invirtiendo en proyectos de futuro) para tener margen para responder a emergencias. Cuando vienen mal dadas y nos pilla una recesión o algo peor, es entonces cuando los estados deben sacar la tarjeta de crédito y estar dispuestos a endeudarse, no antes. Esto es lo que los economistas llaman una política fiscal contracíclica, que busca un equilibrio fiscal a largo plazo, no de un año a otro.
Los gobiernos de los países ricos gastaron con entusiasmo durante la pandemia (no era para menos), pero en años posteriores ha sucedido algo curioso: la mayoría de ellos nunca dejaron de gastar. Los economistas suelen ver con alarma cuando un país se pasa unos cuantos años por encima del 3%. En Estados Unidos, el déficit del gobierno federal (el desfase entre ingresos y gastos en un año) se disparó hasta el 14,6% del PIB en 2020. Tras una rápida reducción, se ha mantenido a un nivel considerablemente más alto que el nivel prepandemia, y el año pasado superó el 6,2% del PIB.
Aunque con cifras algo menos extremas, esta clase de déficits se repiten en Francia, Reino Unido, Japón o Italia; incluso los muy disciplinados alemanes están emitiendo deuda a un buen ritmo. El único país europeo que se mueve en dirección contraria es España.
¿Por qué está sucediendo esto? Con la excepción británica (por el Brexit), no es debido a un flojo crecimiento económico. Los políticos en estos países no parecen ser capaces de controlar el gasto o subir impuestos, empujando los niveles totales de deuda pública (todo lo que se debe) por encima (o muy por encima, en el caso de Japón) del 100% del PIB.
Esto puede ser un problema a medio plazo. Primero, porque si tuviéramos una recesión, no hay mucho margen para gastar más sin que los prestamistas empiecen a pedir intereses más altos, algo que ya está empezando a suceder. Segundo, porque toda esta deuda pública tiende a desplazar a la inversión privada, y con ello, reduce el empleo total. Tercero, si cada vez gastamos más en pagar intereses de la deuda, eso deja menos para servicios – y las inversiones que necesitamos a largo plazo.
De los motivos de esta acumulación de números rojos, me temo, hablaremos en otra columna. Pero los déficits enormes son un problema al que deberíamos prestar atención.