La jornada de ayer en San Lázaro no solo quedará marcada por el rechazo a la reforma constitucional en materia electoral, sino por el resquebrajamiento de la disciplina granítica que Morena presumía tener sobre sus aliados y sus propias filas. Lo que se perfilaba como un trámite para la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum, terminó siendo un desplante político que obliga a la activación de un “Plan B” nacido de la urgencia y no del consenso.
El Desmarque de los Satélites
El dato más estruendoso fue la postura del PVEM y el PT. Al “reventar” el dictamen, estos partidos enviaron un mensaje claro: su supervivencia política no es negociable. La eliminación de las transferencias de votos y la modificación del sistema de representación proporcional tocaban fibras sensibles que sus dirigencias no estuvieron dispuestas a ceder. La mayoría calificada, ese número mágico que el oficialismo necesita para moldear la Constitución a su antojo, se esfumó en el momento en que sus socios priorizaron sus propios logotipos por encima del proyecto del Ejecutivo.
Fracturas en el “Corazón Guinda”
Si la traición de los aliados fue un golpe, el fuego amigo dentro de Morena fue una estocada a la autoridad de su coordinador, Ricardo Monreal. A pesar de las promesas de unidad, el tablero marcó ausencias y votos disidentes que no pueden pasar desapercibidos:
- Las Disidentes: Giselle Arellano, Alejandra Chedraui y Santy Montemayor marcaron una distancia crítica al no apoyar el dictamen, rompiendo la narrativa de una bancada monolítica.
- Las Ausencias Estratégicas: El “asunto de salud” de Manuel Espino y las inasistencias de figuras de peso como Olga Sánchez Cordero, Jesús Jiménez e Iván Peña, sugieren que dentro de Morena hay quienes prefieren el costo de la ausencia al costo histórico de aprobar una reforma que muchos consideran un retroceso democrático.
El “Plan B”: El Consuelo de la Mayoría Simple
Ante la derrota constitucional, Morena ha activado de inmediato el Plan B. Sin embargo, este camino es, por definición, limitado. Al no poder tocar la Constitución, el oficialismo se verá obligado a realizar ajustes operativos en leyes secundarias que seguramente terminarán siendo impugnados ante la Suprema Corte de Justicia.
Conclusión
La derrota del dictamen electoral en San Lázaro es un recordatorio de que el poder absoluto tiene fisuras. La resistencia de la oposición, sumada al cálculo político de los aliados y las dudas internas de los propios, ha salvado —por ahora— la estructura fundamental del sistema electoral. El “Plan B” podrá modificar reglamentos, pero el mensaje político es irreversible: el bloque oficialista ha perdido la brújula de la unanimidad.