Escribo estas líneas poco después de que se anunciara el alto el fuego entre Irán, Israel y Estados Unidos, poniendo fin a varias semanas de guerra abierta en Oriente Medio. Como tal, y sabiendo lo deprisa que pueden cambiar las cosas, es posible que parte de lo que diga esté parcialmente invalidado cuando lean esta columna. Aun así, creo que hay algunos detalles que seguirán siendo relevantes independientemente de si el alto el fuego se mantiene o no.
Habrá tiempo de desmenuzar en detalle las condiciones finales de un potencial acuerdo. Lo que tenemos por ahora parece ser una propuesta de 10 puntos que es, en sus líneas básicas, tremendamente favorable a Irán. La República Islámica mantendrá el control del estrecho de Ormuz y cobrará de facto un peaje a todo buque que quiera atravesarlo. Irán no renuncia a su programa nuclear y podrá liberarse de alguna de las sanciones económicas. De mantenerse estas condiciones, el pacto representaría un revés estratégico sin precedentes para Estados Unidos.
Pero esto claramente es un acuerdo preliminar, así que es posible que en estas dos semanas de alto el fuego las condiciones vayan a cambiar. Veremos cuál es el resultado final.
El problema para Estados Unidos es que, incluso si somos capaces de negociar un armisticio que no huela a derrota, el coste real de la guerra para el país es casi incalculable. No hablo de la potencial crisis económica que el bloqueo del estrecho de Ormuz y el desbarajuste generalizado de las cadenas de suministro de medio planeta puedan generar. Me refiero al enorme coste político y reputacional que este conflicto va a tener en la posición de América en el mundo durante las próximas décadas.
Empecemos por lo básico: esta es una guerra que fue iniciada por Estados Unidos. No hubo un ataque inicial iraní, no había evidencia alguna de amenaza inminente y no hubo explicación alguna por parte de la administración sobre los motivos por los que lanzaba el ataque. Estados Unidos escogió meterse en esta guerra, y lo hizo sin consultar con ningún aliado, más allá de Israel.
Y cuando se metieron en el conflicto, quedó inmediatamente muy claro que no habían dedicado ni siquiera cinco minutos a estudiar las posibles consecuencias.
Durante los últimos 47 años, ningún presidente de los Estados Unidos había tomado la decisión de ir a la guerra con Irán por un motivo muy sencillo: el país podía cerrar el estrecho de Ormuz sin apenas dificultad. Si hay un conflicto que representa una amenaza existencial para los iraníes, su respuesta más lógica y racional es bloquear la exportación de crudo de toda la región y enviar a todos sus vecinos a una crisis económica dolorosa y al resto del planeta a otra crisis del petróleo. Esta realidad siempre ha dado a la República Islámica una libertad de acción considerable. También ha hecho inevitable que la política exterior americana fuera una de contención, no de confrontación.
La administración Trump, sea por delirios de grandeza, sea por inconsciencia, ha decidido ignorar esta realidad. Lo que ha venido después ha sido el cierre del estrecho, una crisis económica y el Gobierno de Teherán haciendo explícita su capacidad de chantaje. Es decir, ha sucedido lo que todo el mundo sabía que sucedería, lo que todos los aliados de Estados Unidos dentro y fuera de la región daban por hecho que nunca iba a pasar, porque entendían que nadie en Washington sería lo suficientemente estúpido para intentarlo.
Excepto, claro está, que eso es exactamente lo que decidieron hacer.
Así que, para empezar, la imagen de EEUU en el exterior se ha visto tremendamente dañada por meterse en un conflicto así sin entender lo que hacían. Trump no hizo más que empeorarlo todavía más cuando, viéndose atrapado en una guerra sin salida honrosa, se dedicó a exigir a todo aquel que le criticara que solucionar el bloqueo de Ormuz era su problema, no el de Estados Unidos. Y ahora que todo el mundo tendrá que pagar peaje para cruzarlo, nuestra reputación se va a resentir todavía más.
Este conflicto no solo ha causado daños económicos tremendos y miles de muertes insensatas. En su colosal irresponsabilidad, también puede haber destruido el prestigio de Estados Unidos para siempre.